Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Diciembre #2
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Diciembre #2

Fergus se quedó mudo. No se esperaba en absoluto que la tarde tomara ese rumbo de whisky de contrabando e hijos allende los mares; bueno, eso quizá sí se lo habría esperado, pero ¿bares clandestinos?

Boquiabierto, levantó el vaso para que Hudson le sirviera más.

El antiguo mayordomo, encantado, le puso uno doble, pues el chico iba a necesitarlo.

—Pero, entonces, ¿hacen esto desde hace casi diez años? —dijo Fergus—. Y en la familia nadie era consciente.

—Bueno, su padre sabía que Ross utilizaba el alambique pequeño; sencillamente no estaba al tanto de para qué.

Y a Angus, desde luego, nunca le interesó gran cosa cuando le tocó hacerse cargo, de manera que MacTavish tenía las manos libres —le explicó con mirada clara y honesta—.

Pero entonces su padre decidió vender la destilería y tuvimos que tomar medidas, pues nos iban los ingresos en ello.

Usted llevaba razón: la destilería siempre ha sido la principal fuente de ingresos de la finca.

Fergus hizo una mueca y dio un trago largo.

—El primo del señor Hudson es abogado en Fort William y lo contratamos para que comprase la destilería en nuestro nombre —dijo ella.

—Pero ¿por qué mi padre nunca contrató a Ross para que elaborase este... —pregunto Fergus levantando el vaso—, en lugar del Plaid? ¡Le supliqué que sustituyese a MacTavish durante años!

—Para ser justos con su padre, hay que reconocer que nunca fue consciente del volumen de whisky que producía Ross. Se imaginaba que solo eran unas pocas cajas para el consumo personal de ellos tres.

—¿Qué tres?

—Lady Elspeth siempre se lleva unas cuantas cuando regresa a Francia.

—Tengo un sinfín de preguntas —dijo Fergus mientras se levantaba y se dirigía a la chimenea.

Se apoyó en la repisa, cabizbajo—. O sea, se han dedicado a producir whisky a escondidas siguiendo los métodos de la más pura tradición de las Highlands, y a escondidas —añadió, y la señora MacBain esbozó una sonrisa y se encogió de hombros—.

Y han obtenido unos beneficios que deben de ser enormes y con los que financiarán su jubilación.

La señora MacBain se ruborizó un poco y se puso a juguetear con la falda.

—Hemos sacado un dinerillo, sí.

—¿Un dinerillo? ¡Han comprado una destilería! Y eso es lo de menos: ¡se han hecho con la casa y la finca! «Un dinerillo» es el mayor eufemismo que he oído en mi vida.

Fergus depositó el vaso en la bandeja del té y se dirigió a la ventana.

Era demasiada información para asimilar.

Durante años, había intentado introducir cambios por todos los medios.

Se había pasado las noches en vela tratando de encontrar el modo de que la propiedad produjese beneficios, y no dejaban de decirle que sus planes eran ridículos.

Y, mientras tanto, sus propias ideas, destiladas, estaban en el vaso de su padre.

«En el de papá y en el de Angus —pensó con amargura—, que siempre se creyó más listo que yo».

Respiró hondo y se esforzó en luchar contra sus emociones.

Volvió a prestar atención al trío de antiguos sirvientes, en cuyos rostros no había maldad. Simplemente, se les había presentado la oportunidad de una vida mejor y la habían aprovechado. No se los podía culpar. Él también lo había intentado.

—He de admitir que estoy de lo más impresionado —confesó—. Nunca se me ocurrió exportar el whisky. Tuvieron una magnífica idea —añadió mientras volvía al sofá, y se calló un momento, pensativo—, pero ¿para qué han comprado el resto de la finca?

—Como sabrá, van a derogar la ley seca.

Fergus sonrió.

—Sí, por fin han entrado en razón. ¡Ah! —exclamó—. Entonces se les acabará el negocio.

—Exactamente. Sabíamos que íbamos a necesitar otra fuente de ingresos, y si de algo sabemos es de servir y de hospitalidad, de modo que decidimos comprar la propiedad y ejecutar su proyecto de convertirla en hotel.

Sin embargo, Lawlis rechazó nuestra primera oferta con la justificación de que a la familia no le quedaría suficiente dinero.

Fergus se quedó pasmado al recordar aquello.

—¿Eran ustedes?

—Sí —asintió la señora MacBain—, y lo cierto es que aquello hizo que nos replanteáramos los planes.

No podíamos dejarlos a ustedes en la calle y comportarnos como lo hicieron en su día con la tía de la señora Burnside.

No habría estado bien, de modo que volvimos a echar cuentas y tratamos de ajustarlas para poder ocuparnos al menos de lady Georgina.

Y luego, de repente, se nos ocurrió la idea del whisky Plaid.

Fergus alzó la cabeza de repente.

—¿Cómo?

—Una última venta.

Empezó a comprenderlo poco a poco.

—¿Se lo vendieron todo a los americanos? —preguntó él, y la señora MacBain asintió en silencio—. ¿Todo?

—Hasta la última barrica. No nos enorgullecemos de ello. Bueno, en realidad, sí. Nunca nos preguntaron si era el mismo whisky, así que no sacamos el tema. Nos pagaron muy bien, trajimos al hijo de MacTavish de regreso a Escocia y compramos la casa.

Fergus asentía mientras le daba vueltas a toda la historia. Resultaba increíble, pero lo más alucinante era que nadie de la familia se hubiera dado cuenta.

Se quedaron en silencio, a la espera de que Fergus asimilase las novedades.

Por fin, al cabo de unos minutos, miró a sus antiguos sirvientes y les dijo:

—Muchas gracias por ocuparse de mi abuela. Ha sido extraordinariamente generoso por su parte. Desde luego, se han comportado mucho mejor que los nuestros.

—Sí, esto... —balbuceó la señora MacBain, ruborizada.

—Gracias —le dijo Fergus tomándole la mano.

Se quedaron en silencio unos minutos, en los cuales Fergus trató de procesar toda la información. En absoluto se habría esperado que la tarde, o la misma vida, resultase así.

—De modo que ahora trabajo para ustedes. Qué curioso, ¿verdad? —dijo con una sonrisa—. Bien, y ahora ¿qué?

—Tenemos trabajo —respondió la señora MacBain, animada—. Como ya se acaba el año, aprovecharemos para celebrar la inauguración durante la festividad de Hogmanay. Hay un millón de cosas por hacer. Venga, que le presentaré al personal, aunque verá que ya conoce a la mayoría.

Fergus se levantó y observó la biblioteca. Era un magnífico comienzo.