Capítulo 19
M e martilleaba la cabeza cuando me deslicé fuera de la cama y fui al cuarto de baño a asearme. Cuando terminé, bajé las escaleras y me detuve al oler comida. Intrigada, entré en la cocina y encontré a Landry allí, frente a los fogones. Estaba sin camiseta mientras preparaba el desayuno.
Mi mirada se deslizó hacia la derecha. Toda la encimera estaba cubierta de margaritas. Giré un poco más y me di cuenta de que continuaban por el pasillo que iba hacia el salón.
—¿Landry?
Él me miró y sonrió. —Buenos días, dormilona.
—¿Qué estás haciendo?
—Prepararte el desayuno —dijo, como si estuviera loca por preguntar.
Señalé las flores. —¿Qué es todo esto?
—Flores, Mer. Jo, habría pensado que sabrías reconocerlas.
Volví al pasillo y seguí el rastro de margaritas.
Cuando entré en el salón, me quedé clavada en el sitio.
Estaba tan lleno de flores que perdí de vista los muebles.
Mi equipo de música se encendió de golpe y me dio un susto.
Me giré y Landry estaba allí con el mando a distancia en la mano.
La canción que empezó a sonar hablaba de una chica que estaba loca, pero a la que querían precisamente por eso.
Di una vuelta sobre mí misma, despacio, con la garganta encogida. —¿P-por qué me estás haciendo esto?
—Pensé que te gustaría —dijo, bajando el volumen—. Mer, ¿qué pasa?
—No puedo con esto, Landry. No me queda energía. Por favor. Deberías irte.
Dejó el mando y vino hacia mí, me cogió la mano ignorando lo que acababa de decir. —El desayuno está listo.
Me llevó hasta la mesa y me apartó la silla. Me senté y él no dejó de atenderme en todo momento. Yo esperaba a que dijera algo que indicara que todo aquello era una farsa y que se arrepentía de todo.
Empujó ligeramente mi plato hacia mí. —Come.
Comí, pero seguí observándole.
Bebió un sorbo de café y alzó una ceja. —¿Qué pasa?
—¿Dónde está mi Landry? El indeciso al que le gusta tomarme el pelo y luego echarme en cara que está harto de las mujeres. ¿Dónde está el tipo al que se le revolvía el estómago solo de pensar en haber estado conmigo?
—Ha tenido toda la noche para pensar bien en cómo estaba actuando. Resulta que no le ha gustado lo que ha visto —dijo, encogiéndose de hombros.
Asentí. —Así que te ha dejado en su lugar.
—Exacto —dijo—. Te has quedado conmigo.
—Landry, lo siento, pero no. No puedo seguir con este tira y afloja contigo. De verdad que quiero seguir siendo tu amiga, pero no quiero nada más que eso.
Se quedó callado un minuto y luego siguió comiendo.
Yo me limité a mirarle. Cuando terminó, recogió su plato y lo metió en el lavavajillas.
Hizo lo mismo con el mío. Pensé que se iría.
En lugar de eso, vino hacia mí, me arrancó de la silla y me besó hasta dejarme mareada.
Me levantó en brazos y caminó conmigo hacia el salón.
A mitad de camino se inclinó, me llevó al suelo sin dejar de besarme.
Acabamos tumbados sobre margaritas, con nuestras lenguas enredándose con pasión.
La razón volvió a mi cabeza, y la certeza de que, al final, Landry haría lo de siempre —apartarse— me enfrió. Me revolví bajo él y empujé contra su pecho. Detuvo el beso y me miró desde arriba.
Aparté la vista, avergonzada por las lágrimas que acudieron tan deprisa.
Él dejó escapar un suspiro largo y grave. —Dime qué puedo hacer para arreglar esto, Mer —dijo—. ¿Qué puedo hacer para que confíes en que no voy a hacerte daño?
Las lágrimas ardientes siguieron resbalando por mis sienes mientras yacía sobre margaritas aplastadas.
—Háblame, cariño. Dime qué puedo hacer.
—Sinceramente —susurré—. Nada. El daño ya está hecho, Landry. No tengo fuerzas para esforzarme otra vez por un hombre que va a cuestionar cada uno de sus movimientos. Lo siento. Pero estoy cansada y no quiero hacerlo. Prefiero estar sola.
—No acepto esa respuesta —replicó—. Creo que sientes lo mismo por mí que yo por ti. Y también creo que sabes que esto es intenso. Es más de lo que he vivido nunca y requiere un poco de adaptación, nada más. Déjame arreglar lo nuestro. Dime qué necesitas de mí.
—Tiempo.
Me besó la punta de la nariz y asintió.