Capítulo 18
E speré hasta que todo el mundo se fue antes de quitarme las sandalias. Me senté en el borde de la piscina y metí los pies, levantándome el vestido lo justo para que no se mojara. —¿Qué está pasando? Un minuto estabas bien y al siguiente te has vuelto loco.
Apartó la mirada de mí mientras se ponía en pie, con el agua escurriéndosele del cuerpo y la ropa pegada a sus músculos esculpidos.
—¿Ahora no me vas a hablar? —resoplé—. Y aun así insinúas que la inmadura soy yo. Entendido. —Amagué con incorporarme—. Hasta luego, Landry.
—Mer, espera. —Se acercó al borde de la piscina y apoyó las manos a cada lado de mi cuerpo—. Puede que mi padre tuviera razón.
Me quedé sin palabras.
—No te quiero con otros hombres.
—Pero tampoco me quieres contigo —dije.
Su ausencia de respuesta lo decía todo.
—No puedes querer estar en misa y repicando, Landry. Eres un hombre listo. Lo sabes. No puedes tenderme la mano con una manzana roja y reluciente y, cuando voy a cogerla, apartarla de un tirón. No pienso someterme a esa tentación constante y, además, no es justo para mí. ¿Estás de acuerdo?
Asintió mientras se quitaba la camiseta mojada. La retorció, escurriendo el agua, y la dejó en el borde de la piscina.
Sin poder evitarlo, posé las manos en sus hombros. —¿Qué nos está pasando?
—No lo sé, Mer —dijo, apoyando la frente en mis labios. La besé y lo acerqué más a mí—. Nunca te había metido en mis planes.
Solté una risita. —Lo mismo digo, colega. ¿Crees que tenía ni la más remota idea, cuando dejé mi trabajo y me vine a casa, de que me iba a sentir atraída por un hombre como no me sentía desde hacía años?
Ya está. Lo había dicho.
Sus manos fueron acercándose a mis muslos, sin mover la cabeza de donde estaba. Volví a besarle la frente y le alisé el pelo mojado hacia atrás.
—Siento haberte empujado al agua —dije.
Alzó la cabeza y soltó un resoplido. —No, no lo sientes.
Sonreí. —No. No lo siento.
—Te estoy empapando —dijo, mientras el agua chorreaba de su cuerpo sobre el mío.
—Ah, no pasa nada. Llevas meses haciéndolo. —Empujé despacio de sus hombros—. Estamos bien, ¿no?
—¿Te vas para ver a Brice?
—Sí.
Me agarró y me dio un tirón, arrastrándome al agua con él pese a mis muy sonoras protestas. Dio una voltereta conmigo, hundiéndome también bajo el agua.
Salimos a la superficie y le di un manotazo en el hombro antes de echarme a reír. —¡Capullo!
—¿Ese es un nombre cariñoso para mí ahora? —preguntó, manteniéndome bien pegada a él mientras nadaba hacia la parte más profunda.
Mi dedo encontró sus labios. Y, cuando quise darme cuenta, me estaba abalanzando sobre su boca, besándole como una mujer hambrienta.
Me pegó de un tirón contra su cuerpo, su erección clavándose en mi pubis.
Seguimos besándonos mientras avanzábamos hacia un rincón apartado detrás de la cascada de la piscina.
Era un lugar que sospechaba que no se veía desde la casa.
El vestido se me arremolinaba a mi alrededor.
Landry me sorprendió agarrándolo y tirando de él por encima de mi cabeza.
Lo lanzó a un lado y volvió a besarme en la boca.
Cuando deslizó la mano por todo el largo de mi torso, le mordí el labio inferior.
Se sujetó al borde de la piscina y me lanzó una mirada hambrienta mientras se quitaba los zapatos, los calcetines y los pantalones.
Los dejó a un lado. Me sorprendió verlo en bóxers ajustados.
—Meredith —dijo en voz baja, estrechándome contra él y besándome. Me apretó contra el borde y besó mi cuello, mi hombro, la parte alta del pecho… aparentemente cualquier lugar al que pudiera llegar con facilidad.
Mi cuerpo se encendió, y me restregué contra él, mordiéndole suavemente el hombro.
Llevó la mano entre los dos. En el mismo segundo en que sentí la punta de su erección empujando contra mis bragas, ahogué un grito. —Landry.
—Te deseo —dijo con voz grave—. No. Te necesito , Mer.
—Sí —susurré, necesitándolo yo también.
Apartó mis bragas a un lado y presionó la cabeza de su polla contra mi entrada.
Nuestras bocas se encontraron justo en el mismo momento que nuestros cuerpos.
Embistió, y solté un grito ahogado en su boca.
Me llenó por completo, encendiendo un fuego dentro de mí.
Agradecí que estuviéramos en el agua, o habría estallado en llamas.
Landry se quedó quieto. —Joder, qué bien se siente estar dentro de ti.
—Y tú… —lo besé de nuevo— …también.
Empezó a moverse despacio, y yo jadeé, aferrándome a él, con las piernas enroscadas a su cintura, obligándolo a ir más hondo. Empujaba dentro y fuera de mí, dejándome gemir en su boca mientras nos besábamos.
Sujetándose al borde de la piscina, Landry embestía en mí, haciendo que mis muslos internos temblasen de placer.
Gruñía en mi boca, aumentando el ritmo mientras seguía clavándose en mí.
La combinación de su bajo vientre frotando contra mi clítoris y el agua hizo que mi cuerpo se tensara en cuestión de segundos.
El placer me arrasó, y Landry gimió, bombeando con más fuerza y rapidez.
Mi coño palpitó alrededor de su polla cuando me alcanzó el orgasmo. Con un rugido, se hundió muy hondo, llenándome hasta casi sobrepasar el límite de lo cómodo mientras su polla latía, derramándose dentro de mí.
Se retiró tan deprisa que llegué a hundirme unos instantes antes de volver a salir a la superficie. Supuse que había sido un accidente. Cuando salí y lo vi alejándose de mí a nado, recogiendo sus pantalones y el resto de la ropa, supe que no. —¿Landry?
No miró atrás ni dio la más mínima señal de haber oído lo que le decía.
La certeza de que se arrepentía de lo que acababa de pasar entre nosotros me golpeó como un tren de mercancías.
Me costó contener las lágrimas mientras me agarraba al borde de la piscina y salía.
Recogí mi vestido empapado y me peleé con él para ponérmelo.
Landry no hizo el menor intento de detenerme cuando cogí las sandalias y el móvil.
Ni siquiera me miró.
Salí a toda prisa, localizando una salida del jardín que me evitaba pasar por la casa.
La tomé, echando a correr hacia mi coche.
Cuando me subí, ya estaba llorando a moco tendido.
No conduje hasta casa de Brice. Conduje a la mía, llamándole por el camino para decirle que no me encontraba bien y que necesitaba irme a casa a dormir.
No creo que me creyera, pero estaba demasiado destrozada para que me importara.
Para cuando llegué a casa, me di un largo baño caliente y lloré lo mío, ya era tarde.
Me puse el pijama, un pantalón de seda y una camiseta de tirantes.
Me eché una bata por encima antes de sacar una botella de vino al exterior.
No me molesté en encender ninguna luz. No quería arriesgarme a que Landry estuviera en casa y me viera.
Solo quería desaparecer mientras lamía mis heridas.
Me senté en una de las dos butacas enormes del embarcadero y descorché la botella de vino. Bebí directamente de la botella, contemplando la luna reflejada sobre el lago.
Las estrellas brillaban, altas en el cielo.
Iba por la mitad de la botella cuando me di cuenta de que ya estaba buena y en camino a ponerme borracha perdida. Aun así, seguí bebiendo, queriendo adormecer el dolor como fuera.
En algún momento, me quedé dormida aún con la botella de vino en la mano.
Alguien me la retiró con cuidado, y me removí. —¿Hmm?
—Vamos, cielo —dijo una voz profunda—. Esta noche hace frío aquí fuera. Vamos a llevarte a la cama.
—No quiero irme a la cama —dije, retorciéndome y llevándome las rodillas al pecho.
—Mer, por favor.
Suspiré y negué con la cabeza. —Solo quiero estar sola.
Deberías irte. Todo el mundo se va, ¿no?
—Bajé la cabeza, con los ojos cerrados—.
Soy yo. No tienes que fingir. Sé la verdad.
Soy una mala hierba, como decía mamá. Por eso se fue.
Por eso Phillip se fue. Por eso Matthew no pudo quedarse conmigo.
Por eso Landry siente vergüenza y me odia.
Alguien me tomó la cara entre las manos. —Meredith, cariño, mírame. No eres ninguna mala hierba.
Entreabrí los ojos, intentando enfocar, pero me resultaba más difícil de lo que debería. —¿Landry?
—Sí, cariño, soy yo.
Empujé contra él, intentando que se apartara de mí. No funcionó. —Vete.
—No puedo dejarte aquí fuera sin más, Meredith.
—No te engañes —dije con una carcajada, aunque no tenía nada de divertida—. Eres más que capaz de darme la espalda. Lo he visto con estos ojitos.
—Meredith, por favor. No pretendía perder el control así contigo hoy. Estaba hecho polvo por lo de mi madre, estaba…
Intenté ponerme en pie, pero casi me caí. Me sujetó por la cintura, y negué con la cabeza. —No. —Me tambaleé—. No le eches la culpa a eso. Te avergüenza lo que ha pasado. Así de simple. Te arrepientes y lo ves como un error.
—Meredith, yo no quería… —
—Vete a casa. No quiero oír tu voz —dije, dejando que la rabia se me escapara.
—Estás borracha y sentada al borde del agua. No voy a dejarte aquí.
—¿Y por qué no? —pregunté—. Si me ahogara, te ahorrarías tener que evitarme para siempre, ¿no?
—No hables así —dijo, intentando abrazarme—. No quiero que te pase nada malo, Mer.
Apoyé las manos en su pecho. —Vete. No pienso pasar por esto con un hombre otra vez. No voy a dejar que otro ricachón juegue con mi corazón y luego se marche sin más, como si nada. No otra vez. Nunca más.
—Meredith.
—No, vete. No quiero oír tus excusas. No querías estar conmigo. Fue un error. Perdona que fuera tan horrible para ti que no pudieras ni mirarme ni decir una sola palabra después.
Me sujetó la cara entre las manos y agachó la cabeza, besándome y cortándome la voz. Se apartó y se lamió los labios. —Mer, no puedo estar seguro, pero creo que acabo de pillarme una borrachera solo por besarte. ¿Cuánto has bebido?
Miré la botella de vino vacía en la tarima. —Eso.
—Ay, cielo, déjame llevarte a la cama.
Negué con la cabeza e intenté alejarme de él por mi propio pie.
Era más fácil decirlo que hacerlo cuando el embarcadero parecía moverse bajo mis pies.
Landry me alzó en brazos de golpe, haciendo que el mundo me diera aún más vueltas.
Me aferré a él, temiendo que me fuera a poner mala.
Me cargó hasta dentro de la casa y subió conmigo hasta mi habitación.
Supuse que me tiraría en la cama y se iría.
No lo hizo. Me quitó la bata con cuidado y procedió a desnudarse hasta quedarse en ropa interior.
Se metió en la cama y me atrajo contra él, acunándome en cucharita.
Sin poder evitarlo, me puse a llorar en silencio.
Landry besó mi hombro desnudo. —Lo siento, Mer. Me arrepiento de haber ido tan rápido contigo. No me arrepiento de lo que hicimos y te equivocas, no tuvo nada de horrible. Perdí el control y tomé lo que quería. No quería hacerte daño.
—Pero lo has hecho —dije.
—Lo sé, cariño. Lo sé. —Me besó el cuello.
Cedí, dejándome caer en su abrazo y cerrando los ojos.
—Meredith, quiero estar contigo. De verdad.
—En este mismo minuto —repliqué—. Pero volverás a cambiar de idea. Es lo que haces.
Besó mi hombro. —No. No lo haré.
Resoplé y empecé a quedarme dormida otra vez.
Su polla dura se me clavó en las nalgas, y me besó más el cuello. —Meredith.
Por mucho que lo deseara, seguía demasiado dolida como para ceder. —No podemos.
—¿Porque crees que te haré daño? —preguntó, mordisqueándome el hombro.
—Sí, y porque no tomo nada anticonceptivo. Pero, sobre todo, porque los dos sabemos que volverás a hacerme daño.
Guardó silencio un minuto antes de acariciarme el brazo y besarme de nuevo el hombro. —¿No tomas nada? ¿Por qué?
Al borde del sueño, solté un suspiro. —Porque el último hombre con el que me acosté fue mi marido.
Bueno, el único hombre con el que me he acostado, aparte de contigo, fue mi entonces marido.
No es que esperara que me empotraran contra el borde de la piscina de tu familia y me follaran.
Perdona. Tendría que haberlo previsto, gilipollas.
Se apartó de mí y se bajó de la cama. No me molesté en girarme para mirarlo. Me limité a resoplar y a abandonarme al sueño.