Loca por ti Capítulo 17
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Capítulo 17

L os hombres se rieron y enseguida me hicieron sentir muy bien recibida.

Lucas me contó un poco a qué se dedicaba, y Lance hizo lo mismo.

Los tres hablaron de cosas que habían hecho cuando eran niños.

Parecían llevarse muy bien. Llegó la comida y comimos, sin dejar de hablar y reír. Al poco rato, trajeron la tarta.

—Al menos sabemos que es segura para comer —dije—. Landry no dejó de rondar mientras la preparaba.

—Pasaste más tiempo bailando en el mismo sitio que leyendo las instrucciones, así que pensé que lo mejor era quedarme cerca —bromeó.

Me puse en pie y ayudé a la mujer que estaba allí con un cuchillo para cortar la tarta. Ella me sonrió. El primer trozo que cortó, se lo devolví. Me miró confundida. Le guiñé un ojo.

—Para usted.

Girándose, le dio un manotazo a Landry y soltó algo que sonó a ruso. Sus hermanos y su padre se rieron. Miré a la mujer y luego a Landry.

—¿He hecho algo mal?

—Eh, no. El que lo ha hecho mal he sido yo.

Esperé.

Se frotó el lado de la cabeza donde ella le había golpeado.

—Sigue enfadada conmigo por haber sido borde contigo hace cuatro años. Lleva con nosotros desde que éramos pequeños y es más como una abuela que otra cosa. Creo que va a estar cabreada una buena temporada. Parece que le caes muy bien.

—Hmm, le caigo bien y a ti te suelta bofetadas. Me cae muy, muy bien —dije, dándole a Sherman un trozo de tarta. Hice lo mismo con todos los chicos.

—¿No te vas a arriesgar con nada? —preguntó Lucas—. La has hecho tú. ¿Debemos preocuparnos porque no la comas?

—No soy tonta. Id vosotros primero —dije, haciendo que se rieran aún más.

Terminamos, y luego trajeron las copas. Probé la mía y me recosté en la silla, disfrutando al verlos interactuar entre ellos.

En algún momento, Landry había acercado su silla a la mía.

Al cabo de un rato, me di cuenta de que tenía un brazo echado por encima de mí y el otro en mi pierna.

Me planteé apartarlo de mí, pero cedí al impulso de inclinarme hacia él.

Lance dijo algo sobre Landry cuando estaba en el instituto, y Landry se rió un segundo antes de besarme en la sien.

Giré la cara hacia él y alcé una ceja. Él inclinó la cabeza y me besó castamente en los labios antes de seguir hablando con su hermano. Me aparté de él, sus señales contradictorias volviéndome loca.

Sherman estaba sentado, observándonos con una sonrisa en la cara.

—Ay, papá —dijo Landry—. Estuve hablando con el hermano de Mer, Samson, y me dijo que ella estaba en el equipo de natación de la universidad. Estuvo cuando tuvieron su mejor año hasta la fecha.

Sherman sonrió.

—¿De verdad? Yo también nadaba. Estuve en el equipo masculino hace muchísimos, muchísimos, muchísimos, muchísimos años. ¿Hacías también saltos?

—Sí.

Él ladeó la cabeza, mirándome más fijamente. Se le iluminó la cara.

—¡Ajá! Supe la primera vez que te vi que me resultabas familiar, pero no lograba situarte.

No dije ni una palabra.

—Eras la chica del bañador plateado que formaba parte de la subasta benéfica que organizaron los equipos hace unos cinco años.

—Sí —dije—. Pero ¿cómo lo supo?

—La hostia, ¿es la tía buena que estaba bailando con aquel tío en el trampolín más alto? —preguntó Lucas. Tosió—. Quiero decir, bueno, em…

Me reí.

—Fue muy divertido, y además era por una buena causa.

La fiesta posterior se suponía que iba a ser un evento pijo y aburrido, pero no fue así como acabó —recordé—.

Me acuerdo de chocarme con una mujer de la que estaba segura de que me iba a soltar algún comentario mordaz, porque las otras mujeres que tenía alrededor sí lo hicieron.

Ella les dijo que se largaran, con palabras todavía peores, me enganchó del brazo y me preguntó si me apetecía animar un poco el lugar.

—Casi me caigo de espaldas cuando silbó para que los del equipo de natación cogieran a una chica y se llevaran sus traseros a la pista de baile.

Y lo mejor fue cuando hizo que el grupo que había allí dejara de tocar basura y empezara a tocar lo que a ellos les gustaba.

Me lo pasé tan bien con ella aquella noche.

Incluso se subió a una mesa conmigo a bailar.

Estoy casi segura de que es la única razón por la que los directivos de la facultad no me echaron de allí de una patada.

Hasta Natasha se lo pasó en grande. La señora y yo la subimos también y la pusimos a bailar.

Mi ex vino y me bajó en volandas, nada contento con mis payasadas.

Ella le señaló y le dijo que lo dejara estar o haría que sus chicos se encargaran de él.

Todos los hombres presentes sonreían, pero tenían los ojos humedecidos.

—¿Qué más recuerdas de la fiesta, Meredith? —preguntó Sherman—. Incluso de la mujer.

—Ella y Natasha se quedaron allí cuando llegaron tres tipos con esmoquin y prácticamente las levantaron en peso también.

La mujer le dio un manotazo en el brazo a uno, señaló hacia mí y dijo: «La escojo a ella».

Mi ex me arrastraba en dirección contraria, meneando la cabeza por estar yo metida en líos otra vez.

Nunca llegué a ver la cara del otro chico.

Mi entusiasmo se apagó.

—Más tarde, salí fuera a tomar el aire y la encontré allí, sentada sola, con la chaqueta de esmoquin de alguien puesta encima.

Estaba mirando al cielo nocturno. Iba a dejarla tranquila, pero dio unas palmaditas en el sitio a su lado.

Me senté y me dio las gracias por haberme desvivido por ayudar con la causa, y me dijo que para ella también era algo especial —expliqué—.

Cuando me contó que sufría la misma enfermedad, hice lo primero que se me pasó por la cabeza.

La abracé. No pareció importarle lo más mínimo.

De todos modos, al final nos quedamos allí sentadas, hablando toda la noche.

Me confesó que no les había dicho la verdad a los suyos y que no pensaba hacerlo.

Sherman tomó aire hondo.

—Le pregunté por qué, y me dijo que los médicos le habían dado como mucho dos años y que quería que esos dos años estuvieran llenos de alegría y risas, no de preocupación y tristeza.

No podía culparla por ello. Yo haría lo mismo.

No querría que mis seres queridos se preocuparan por mí.

Querría que el tiempo con ellos fuera lo más feliz posible.

Me sentí fatal por ella, y también enfadada.

Era una mujer preciosa, llena de vida, que sabía que su vida se iba a truncar.

La levanté y empezamos a bailar con el sonido lejano de la música.

De hecho, bailamos un vals. No pegaba con la música, y debimos de parecer dos locas, dos mujeres bailando así, pero se sentía bien y la hizo sonreír.

Landry me tocó la barbilla y me giró el rostro hacia él. Apenas tuve tiempo de registrar la lágrima en su mejilla antes de que me estuviera besando a conciencia. Estaba demasiado atónita para apartarlo.

Cuando se separó, respiraba con dificultad.

—Gracias.

Me toqué el labio hinchado.

—¿Por qué?

Sherman me tocó el hombro.

—Meredith, la mujer con la que estabas subida a la mesa era Louise.

Jadeé y miré a los demás chicos.

—Lo siento. No habría dicho nada. Yo no…

—Vuelve a besarla para que deje de decir que lo siente o iré yo y lo haré por ti —dijo Lance a Landry.

Landry hizo precisamente eso, y mis ojos se agrandaron como medias monedas. Le empujé la frente, obligándolo a parar.

—Has renunciado a las mujeres. ¿Cómo se te olvida eso? Es tu maldito mantra.

La expresión de su cara era feroz, como si estuviera pensando en tirarme al suelo y lanzarse sobre mí.

La idea me parecía perfecta, pero le conocía lo suficiente como para saber que se echaría atrás justo antes del acto.

Me levanté, cogí mi silla y corrí a sentarme entre Sherman y Lucas, haciendo reír a todos.

Sonó mi móvil, y miré la pantalla, viendo el nombre de Brice. Le dirigí a Sherman una mirada triste.

—Tengo que irme.

—Oh, no, Meredith, quédate —dijo.

—Ojalá pudiera. Le prometí a un buen amigo mío que cenaría con él esta noche. Llevo un tiempo dándole largas y, como sabía que venía hoy a la ciudad para verle a usted, le prometí que haríamos algo juntos.

—¿Él? —preguntó Sherman, dirigiendo la mirada hacia Landry.

Landry me observaba con los ojos entornados.

—¿Brice?

Asentí.

Se levantó de golpe, tirando la silla al suelo antes de alejarse hecho una furia. Aturdida, dejé el móvil sobre la mesa y salí detrás de él a toda prisa.

—¿Landry?

Se giró en redondo y levantó una mano en el aire.

—¿De verdad vas a salir corriendo de aquí, de esto, de mí , para irte con él?

—¿De ti? —pregunté, negando con la cabeza—. ¿Vas borracho?

Me lanzó una mirada dura.

—Llámalo y dile que has cambiado de idea.

—Pero no he cambiado de idea —dije—. Es mi amigo, Landry. Pasé de verlo a diario a no verlo en casi dos meses. No tenía ni idea de que tú estarías aquí hoy.

—Entonces, ¿no habrías quedado con él si lo hubieras sabido? —Cada palabra le salió impregnada de veneno, dejándome descolocada.

—Oh, sí que habría quedado con él, solo que lo habría retrasado un poco más.

—¿En serio? —Se pasó una mano por la cara—. ¿Me estás dejando a mí por él?

—Corrígeme si me equivoco —dijo Sherman, interrumpiendo a su hijo—, pero ¿no ha mencionado Meredith que tú has jurado renunciar a las mujeres y que los dos solo sois amigos?

Y luego vas y la besas. Hijo, eso sí que es una señal contradictoria del demonio, sobre todo cuando yo sé de sobra que no has renunciado a las mujeres.

—Papá —dijo él con severidad—. No te metas.

—No le hables así a tu padre —dije, poniendo una mano en la cadera.

—Le hablaré como me salga de los cojones. No me digas lo que tengo que hacer. Apenas tienes edad para vivir sola, y mucho menos…

Le di un empujón fuerte y lo tiré a la piscina. Sacó la cabeza del agua y abrió los ojos como platos.

—¡Meredith!

—Vaya, tenía razón la primera vez. ¡Eres un pedazo de imbécil!

Se limpió el agua de los ojos.

—Mer, no quería…

Señalándolo, clavé la mirada en él.

—Ahora hablo yo. Tú te callas y escuchas o, como me obligues, me meto ahí y te ahogo.

Se le movieron las comisuras de los labios. Asintió y se apretó los labios, con un aspecto tan adorable que me dieron ganas de sonreír, pero me contuve.

Como yo no decía nada, habló él:

—¿No ibas a decir algo?

—Sí, pero tú y esos malditos ojos marrones. Deja de mirarme para que pueda gritarte.

Landry mostró una sonrisa lobuna.

—Perdón.

Su padre me dio un toque en el hombro.

—Me gusta tu estilo, Meredith.

—Landry, en los dos meses que hace que te conozco, no te has comportado jamás así. ¿Cuál es tu problema?

—Mi suposición —dijo Sherman— es que está celoso. No está listo para admitir lo que siente por ti y no está dispuesto a dejar que otro hombre se ponga a batear.

—Papá, no te⁠—

Lo señalé.

—Nada de hablar.

Su mirada se calentó.

—Muy bien, entonces. Habla tú —saqué la mandíbula hacia delante—. ¿Quieres decir algo más que vaya a cabrearme hasta el punto de que pinte las ventanas de negro?

—¿Pintar tus ventanas? —preguntó Sherman.

—Pregúntele al mirón de Landry —dije rápidamente.

Sherman se rió y les hizo un gesto a los otros chicos.

—Vamos dentro y dejémosles intimidad. Creo que tu hermano va a necesitar toda la concentración para volver a caerle bien. Si sigue en su línea y me sigue recordando a tu madre, va a estar enfadada un buen rato.

—El mirón de Landry —musitó Lucas, mientras se daba prisa en alejarse.