Capítulo 16
E ntré en el gran camino circular y alcé la vista hacia la mansión que tenía delante. Era exactamente como Sherman me la había descrito años atrás. Impresionante.
Aparqué el coche a un lado y salí, asegurándome de coger la tarta que Landry me había ayudado a hacer.
Tenía un nombre alemán sofisticado, pero ni de coña me acordaba.
Me había limitado a sonreír y seguir las instrucciones de Landry mientras él se quedaba detrás de mí, asegurándose de que todo salía bien.
Había intentado darle las gracias otra vez antes de irme a la ciudad, pero no había estado en casa.
Inspiré hondo y me acerqué a la puerta principal.
Era tan enorme como la casa. Llamé con los nudillos, esperando que contestara una criada.
Cuando Sherman abrió la puerta de golpe, cualquier preocupación que tuviera por volver a verle se desvaneció.
Fui directa hacia él y lo abracé con fuerza. Él me rodeó también, apretándome.
Alcé la tarta, temerosa de aplastársela encima. Me soltó y miró lo que llevaba en las manos.
—¿Qué es esto?
Estaba a punto de contestar cuando cerró los ojos.
—Te has acordado de que a ella le gustaba hornear, ¿verdad?
—Sí. Un amigo me ha ayudado.
Volvió a abrazarme y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Acuérdate de nuestra norma —le recordé.
Asintió.
—No dejamos que el otro llore solo. Si yo lloro, tú lloras. Y viceversa. Me acuerdo. —Me puso la mano en la espalda—. Entra, Meredith. Quiero presentarte a mis hijos.
—¿Están aquí? —Hice una mueca, preguntándome si el mayor estaría esperando para volver a gritarme y echarme la bronca.
—Están fuera, junto a la piscina. Espero que no te importe. Pensé que te podría gustar comer en el patio.
—Me va a gustar cualquier cosa. Tú manda.
—Primero. —Me quitó la tarta de la mano con cuidado y llamó a una de las criadas—. ¿Puedes llevar esto a la cocina para servirlo después de comer?
Ella asintió.
Él le dio las gracias y luego se dispuso a guiarme por la casa.
—Debería advertirte de algo. Quería quedar contigo, pasear, hablar y ponernos al día. Mis hijos se han enterado y han insistido en estar presentes para conocer a la mujer que ayudó a su padre en una época difícil.
Me tensé.
Sherman me dio unas palmaditas en la mano.
—Mi hijo mayor sin duda ha visto la luz, Meredith. No tengas miedo.
En realidad no le creía, pero aun así le seguí.
Unas enormes puertas francesas estaban ya abiertas de par en par, varias filas de ellas, que daban a un patio de revista.
A la izquierda había una cascada que caía en una piscina gigantesca.
A la derecha había un jacuzzi, hundido y también hecho para parecer roca.
Las flores florecían por todas partes y la jardinería hacía que todo resultara acogedor.
El sendero se curvaba, así que no veía lo que había más adelante.
Sherman me condujo por el camino y, cuando se abrió el espacio, lo primero que vi fue un muro de roca con enredaderas que descendían por él.
Lo siguiente fue un conjunto de maceteros.
Estaban un poco desperdigados, como fuera de lugar. Uno de ellos estaba rajado.
—¿Los ha tirado una tormenta? —pregunté.
—¿Que ha tirado el qué? —preguntó Sherman.
Señalé los maceteros.
Él exhaló despacio.
—Louise empezó el proyecto justo antes de morir. Esto llegó dos días después de que ella se fuera, junto con otras cosas. Nunca llegué a averiguar qué quería hacer con ellos. Solo sé que este rincón era su lugar favorito, así que supuse que iban a ir aquí. Solo que yo, bueno, no he…
Apoyé la cabeza en su hombro.
—¿Te importa que pruebe algo?
—En absoluto, pero, Meredith, Louise iba a su propio ritmo. No espero que puedas entenderla cuando ni siquiera llegaste a conocerla.
—Pero, Sherman, mira. —Señalé—. Ese símbolo significa felicidad. El otro significa unión. Hay dos con uno que significa «tú» y dos con «yo». —Le dediqué una mirada cargada de intención. Sonriendo, empecé a recitar la letra de la canción Happy Together .
Él me miró con los ojos muy abiertos.
Me quedé inmóvil.
Él me dio un pequeño empujón hacia delante.
—Sigue. Por favor.
Miré a mi derecha y vi una diminuta estatua de una tórtola; me eché a reír.
—Este es el sitio.
—¿Cómo lo sabes?
—Una tórtola. —Señalé la estatua—. La canción es de The Turtles.
Mira. —Di un paso al frente y moví los maceteros para apilarlos como debían, de forma que formaran la letra de la canción, con la tórtola vigilándolos desde arriba—.
Aquí deberías plantar cosas que crezcan en grupos.
Porque, bueno, son felices juntos. Pero en los que dicen You y Me pon tu flor favorita en esos y la de ella en los otros.
Mira. Tú y ella. —Me mordí el labio inferior—.
O no. O sea, que solo estaba intentando adivinar.
Seguro que no. Voy a callarme ya, ¿vale?
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
A mí también.
—Lo siento. Ha sido una suposición estúpida.
—Meredith, esa canción fue la que bailamos el día de nuestra boda. Ella solía decirme que creía que la habían tenido que escribir para nosotros, porque encajaba a la perfección.
Le cogí la mano y le di un apretón suave.
Se le quebró la voz.
—G-gracias.
Intenté soltarle la mano para dejarle un momento a solas, pero él negó con la cabeza y me atrajo hacia otro abrazo. Le rodeé con los brazos y él se derrumbó, llorando en silencio. Le dejé, sin decir ni una palabra pero derramando lágrimas por él, comprendiendo su dolor.
Se apartó.
—Lo siento. No debería…
—Vuelve aquí. Aún no he terminado de abrazarte. Esos chicos pueden esperar, y si tu mayor hace un solo comentario, le parto la cabeza con esa tórtola.
Sherman, riéndose entre lágrimas, volvió a abrazarme. Me dio unas palmaditas en la espalda.
—Les he dicho a mis chicos que me recuerdas a su madre. Que a ella le habrías encantado. Pero… —se irguió— tengo la sensación de que las dos tendríais vuestra propia manera de hablar entre vosotras y el resto nos quedaríamos perdidísimos.
—Oh, sí, totalmente. Algo del club de las Hermanas Divinas. Lo estoy viendo.
Él se echó a reír aún más y yo me acerqué para limpiarle las mejillas. Él puso sus manos sobre las mías.
—Me alegro de volver a verte.
—Yo también.
Se hizo a un lado, y yo me puse tensa cuando vi a dos hombres de pie junto a una mesa y unas sillas. Nos observaban con los ojos brillantes. Además, eran increíblemente atractivos, altos, morenos y de esos de infarto.
—Este es mi pequeño, Lucas —dijo Sherman, señalando al hombre de la izquierda—. El otro es mi hijo mediano, Lance.
—Hola —dije en voz baja, avergonzada por lo que acababa de hacer.
Lucas vino directo hacia mí y me abrazó con fuerza, como si nos conociéramos de toda la vida. Acercó los labios a mi oído.
—Gracias por ayudarle.
Asentí cuando se apartó.
Lance dio un paso hacia mí y me tendió la mano. La tomé y él se la llevó a los labios, besándola con suavidad.
—Es un placer por fin conocerte, Meredith.
Me limité a sonreír, sin saber muy bien qué decir o hacer. Eché un vistazo a mi alrededor y solté un largo suspiro.
—Pareces aliviada, ¿algún motivo? —preguntó Sherman, con un deje burlón en la voz.
—Porque no veo a tu hijo mayor, el perro guardián. Sin ánimo de ofender, pero ese tipo era un capullo integral.
—¿Qué tan integral? —preguntó una voz familiar a mi espalda.
Me di la vuelta de golpe, con los ojos muy abiertos. Landry alzó las cejas. Iba bien afeitado y se había recortado el pelo; tenía un aire mucho menos desaliñado.
—¿Pero qué…? —Me detuve y miré de nuevo a Lucas y a Lance, fijándome en los parecidos entre ellos. Cuando volví a mirar a Landry, estaba sonriendo como un bobo. Fui hacia él a toda velocidad y le di un manotazo en el pecho—. ¡Capullo!
Él se echó a reír, me atrapó la muñeca y me tiró contra él.
—Lo admito. Fui un gilipollas.
Le toqué la cara.
—Te has afeitado. No estaba segura de que tuvieras maquinilla.
Sus hermanos se rieron.
Landry me rodeó la cintura con los brazos.
—Gracias por estar ahí para mi padre. Siento haber reaccionado como lo hice. No tienes ni idea de cuánto lo siento.
—¿Lo suficiente como para ayudarme a colgar más estanterías? —pregunté.
Él rió.
—Lo siento lo bastante como para estar a tu disposición durante mucho tiempo.
—Bien. Tengo un montón de cosas que necesito hacer en casa —dije, en broma. Me quedé quieta, miré a mi alrededor y luego volví a mirarle—. Tú no eres solo el dueño de un diner y un exabogado, ¿verdad?
Él negó con la cabeza.
—Eres el hijo abogado pijo del que me habló Sherman.
—Sí. Me aparté de todo hace como un año —confesó—. Me planté y me mudé a Paxton Falls porque era como una pintura de Norman Rockwell. No puedo no hacer nada en todo el día, me volvería loco, y me gusta cocinar, así que le compré el diner al antiguo dueño, y el resto ya lo sabes.
Me quedé simplemente allí, plantada.
—¿Mer? —preguntó, sonando preocupado—. Mierda, Mer, cariño, lo siento. Debería haberte dicho la verdad.
—Samson lo sabe, ¿verdad?
Suspiró.
—Sí.
—¿Y todo el mundo en el pueblo lo sabe?
—No. Solo Samson y tu padre. Tu hermano lo medio adivinó, y entonces le conté la verdad. No quiero ser el tipo que vale miles de millones. Solo quiero ser el tío que tiene el pequeño diner en el centro del pueblo.
Se me ocurrió otra cosa. Jadeé y lo agarré, abrazándolo con fuerza.
—Te hice ayudarme a hornear una tarta y hoy es el aniversario de la… de tu madre…
Él me besó la mejilla.
—Shh, está bien. Me ha gustado pasar la tarde contigo anoche. Ha sido agradable no estar solo, sin pensar todo el rato en mamá. Y, Mer, he visto y oído lo que has hecho hoy aquí con los maceteros. Creo que lo has clavado.
Apoyó la frente en la mía.
—Gracias.
Cerré los ojos.
—¿Cuánto enfado tienes conmigo ahora mismo?
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque tu hermano ha mencionado que hiciste kickboxing con Natasha. Estoy valorando si debería salir corriendo ya o qué.
—Deberías correr, pero no por eso.
Él sonrió.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque has jurado pasar de las mujeres.
—¿Landry? —preguntó Lance, dejando claro que nos estaban oyendo—. ¿Pasar de las mujeres? ¿Desde cuándo?
Landry miró por encima de mí a su hermano mediano. No dijo nada, pero tuve la sensación de que quería que Lance se callara de una vez. Suspiró y me giró para que mirara a su familia. Sherman volvía a tener los ojos llenos de lágrimas.
Incliné la cabeza.
—Te juro que voy a acabar hecha un desastre si te atreves a soltar otra lágrima.
Él miró a Landry.
—Cásate con ella o haré que lo haga uno de los otros dos.
Me eché a reír.
—Eh, Sherman, Landry se esfuerza muchísimo en recalcar lo mucho que ha dejado de lado a las mujeres por ahora. No creo que el matrimonio esté en sus planes. Yo no le hago ascos a ninguno de los otros dos. Están buenísimos. Tú eliges. Confío en tu criterio.
Él echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada atronadora.
Lucas me examinó con atención y sacó la silla a su lado. Eufórica, intenté apresurarme para sentarme allí. Landry me atrapó por la cintura y me guió hacia un asiento cerca de él. Arrugué la nariz.
—Me estás saboteando el ligue, chaval. —Le guiñé un ojo.
Él señaló a Lucas.
—Tócala y te parto en dos. ¿Ha quedado claro?
—Sí —dije, agitando las pestañas—. Él tiene una política de «mira, pero no toques». Y lo gracioso es que se la aplica también a sí mismo. Irónico, ¿no te parece?
Lucas resopló.
—Oh, Landry, es perfecta. Coincido con papá. Cásate con ella o yo me ofrezco encantado.
Miré a Lance. Él también estaba sonriendo.
—¿Puedo oír una segunda puja?
Se echó a reír y asintió.
—Claro que sí.
Sherman se sentó a mi izquierda y sonrió a sus chicos.
—De aquí a un año, ¿qué os parece si quedamos otra vez aquí para honrar a vuestra madre consiguiendo que cada uno de vosotros esté casado y con críos en camino?
Todos los chicos dieron un respingo. Landry incluido.
Sonreí.
—Creo que les da miedo la palabra con M.
—¿Matrimonio? —preguntó Sherman.
—Bueno, sí, pero en lo que respecta a Landry, creo que la palabra con M que más miedo le da es Meredith.