Capítulo 13
M i hermano avanzó hacia mí, pero me mantuve firme.
—Te largaste a la ciudad después de que pasó todo y te lanzaste de cabeza a una vida que no era la tuya, Mer.
Es como si hubieras llevado tu capacidad para fingir a nuevos extremos.
Te desvaneciste en esa versión de revista de lo que se supone que debe ser una mujer con un cargo muy bien pagado.
Me quedé mirándolo. —¿De verdad piensas eso?
—Te vi con esos clientes, Meredith. Cuando hablabas con ellos de adquisiciones. Era como ver a una desconocida. Eras otra persona por completo.
Sostuve su mirada. —Samson, cuando estabas mirando por el visor de un rifle de francotirador en algún lugar de Oriente Medio, ¿crees que dabas la impresión de ser tú mismo?
Todos crecemos. Todos interpretamos nuestro papel y hacemos lo que tenemos que hacer para salir adelante.
Tú te lanzaste a la mili para encontrarte a ti mismo.
Yo me lancé a la ciudad para perderme. No me critiques por necesitar tiempo lejos de todo.
Por necesitar ver que era perfectamente posible poner un pie delante del otro y seguir viviendo.
—Mer.
—¿Habrías preferido que me quedara en este pueblo, que siguiera viviendo con papá y que siguiera dándole vueltas al hecho de que, en el plazo de un año, lo perdí todo?
Que la vida tal y como la conocía se me escurrió entre los dedos en lo que pareció un abrir y cerrar de ojos —pregunté—.
Creo que habrías odiado en lo que me estaba convirtiendo.
Sé que Natasha lo hizo. Por eso hizo las maletas con mis cosas y me arrastró a la ciudad.
Por eso me lanzó a los brazos de Brice. Por eso hizo que viviera en el mismo edificio que ella.
Por eso, al principio, se esforzó tanto en conseguir que saliera con alguien.
Cuando vio que no me interesaba, me apoyó al cien por cien cuando me volqué en el trabajo.
—Odia que estés en esta casa —dijo, tan suave que casi me lo pierdo—. Y odia que no estés allí con ella. Me llama todo el tiempo, preocupada por ti. Es como si se hubieran invertido los papeles. Antes era yo quien la llamaba para saber si estabas bien ahí arriba.
Le dediqué una sonrisa cálida. —Mira, creo que en muchos aspectos soy una chica con mucha suerte. Tengo un hermano que literalmente mataría por mí y una mejor amiga que le ayudaría a esconder el cadáver.
Él esbozó una media sonrisa. —Sabes que papá no parece ni lo más mínimo preocupado por que estés en esta casa, ¿no?
Cuando le dije que no me parecía buena idea, me dijo que me mantuviera al margen.
Dijo que estás hecha de buena pasta y que es tu naturaleza coger lo que está roto y devolverle la integridad.
—Miró los trozos del jarrón rojo en la pared—.
Las viejas costumbres nunca mueren, ¿eh?
Lo abracé y luego di un paso atrás, tomando sus manos entre las mías. —Deja de culparte, Samson.
Se puso tenso.
—No habrías podido impedir nada de lo que pasó. No pudiste parar a mamá cuando eras pequeño, y no pudiste evitar todo lo que ocurrió hace cuatro años.
—Jeremiah me advirtió —dijo Samson—. Se presentó en mi casa a las dos de la mañana, histérico por haber tenido un sueño contigo.
No paraba de decirme que algo malo te iba a pasar.
Que lo sentía. Que no podía decirme qué, solo que sabía que era algo malo.
Intentó que condujera hasta la ciudad para ir a por ti.
Lo mandé a casa, diciéndole que le faltaba un tornillo.
—Exhaló ruidosamente—. Cuando por fin me desperté, horas después, llamé a Natasha para pedirle que te echara un ojo.
Tendría que haber subido. Habría estado allí.
—Samson, creo que se te escapa algo bastante importante —dije—.
Si no hubieras asustado a Natasha, ella no habría insistido en venir conmigo de vuelta aquí con un montón de cosas del piso.
No habría estado en esa carretera conmigo y no habría estado allí para llamar a emergencias.
Creo que los dos sabemos que, con la forma en que el coche volcó y con el sitio donde salí de la carretera y caí por ese terraplén y en esos árboles, nadie me habría visto jamás desde la carretera.
Y ya sabes que tuvieron que sacarme a la fuerza.
Nunca habría podido arrastrarme fuera y pedir ayuda.
Habría muerto allí y semanas, meses, años después, alguien se habría topado con ese coche y conmigo, y te habrían llamado a ti a la escena para que encontraras a tu hermana, muerta desde hacía mucho, todavía en aquel coche.
Vi cómo las ruedas giraban en su cabeza y supe que llegaba a la misma conclusión que yo. Se estremeció con una mueca.
Le acaricié la mejilla con suavidad. —Me acuerdo de ti allí, llegando, gritándome. Recuerdo a Natasha chillándote y, si no me equivoco, te dio una hostia de campeonato por abrir la boca y decirme la cantidad de sangre que había por todas partes.
—Lo hizo. He estado en situaciones que harían perder la cabeza a cualquiera y ni he pestañeado.
Me llaman y aparezco para encontrarme a mi hermanita embarazada atrapada en un coche que, literalmente, solo se aguanta porque lo sostiene un árbol viejo antes de caer sesenta metros, y se me va la pinza.
—Pero, Samson, también recuerdo que fuiste tú quien, al final, me sacó.
Fuiste tú quien me subió en brazos hasta la camilla, y fuiste tú quien ayudó a meterme en la ambulancia, y fuiste tú quien me agarró la mano todo el camino hasta allí y te aseguraste de que uno de tus hombres fuera detrás con Natasha.
No te culpes por estar ahí para mí. Por quererme.
No querría a ningún otro hermano que no fueras tú.
Se sonrojó. —¿Me quieres lo bastante como para dejarme subir a rehacer ese cuarto del bebé?
—Déjalo estar.
—Meredith, dime que no vas a dejarlo así y que, cuando tengas otro hijo, lo vas a meter allí.
Me eché a reír un poco. —No. Ni yo estoy tan loca.
Pero cuando esté lista, yo me encargaré de la habitación y, algún día, quién sabe, quizá vuelva a ser un cuarto de bebé.
No lo sé. Creo que el amor que tenía Sherman es algo que solo unas pocas personas tienen el honor de encontrar.
El resto de nosotros vamos chapoteando por la vida, tirando como podemos, sacando el mayor partido de las cartas que nos han tocado.
—Sabes que Natasha me ha dicho cuántos hombres han intentado convencerte para que te cases con ellos —dijo, con dolor en la voz—. Por mucho que quiera partirles el cuello, me gustaría que fueras feliz.
—¿También te ha dicho que yo…?
—¿Que no has salido con ningún hombre ni has estado en serio con nadie desde Phillip?
Sí, lo ha mencionado. Pero yo lo he sabido todo el tiempo, porque ella era mi fuente de información.
Curiosamente, nunca insinuó nada de Brice.
Creo que esperaba que fuera el hombre con el que por fin bajaras la guardia.
Joder, no puedo creer que vaya a decir esto, pero ¿qué tal si aceptas salir con él?
Me quedé mirándolo con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? —preguntó—. Por mucho que no quiera pensar en que tengas vida sexual, necesitas a alguien.
Me dio un ataque de risa. —Lo sé. Me di cuenta cuando el pobre e incauto Landry estaba bebiendo de una botella de agua y tuve unas ganas terribles de tirarme encima de él.
De hecho, aparté a un lado mis ideas sobre el sexo sin compromiso e iba a salir con un hombre que estoy segura de que quería una sola cosa y solo una, pero, maldita sea, Landry lo fastidió.
Capullo. Va y le da al interruptor de mi libido y luego arruina mi primera oportunidad de hacer algo al respecto.
Samson miró por encima de mí y sonrió antes de sujetarme por los hombros. —¿Por qué no usas a Landry sin más?
Solté una carcajada.
—Vaya, ¿acostarse con el tío te hace tanta gracia? —Oír a mi hermano repetir los pensamientos de Landry hizo que me riera aún más.
Le sujeté los antebrazos y negué con la cabeza, luchando por respirar.
—N-no. No es eso. Lo juro. Quiero decir, el hombre es muy, muy, muy apetecible a la vista, pero dejando a un lado su política de pasar de las mujeres, hay algo en él que…
no sé muy bien cómo explicar. No es como los otros hombres con los que me cruzo.
Los veo y estoy convencida de que, si quisiera de verdad, podría acostarme con ellos y marcharme tan tranquila.
No sé. No tiene mucho sentido lo que digo.
Solo tengo esta sensación muy rara con él.
—Que te hace saber que, si cedieras a la atracción que sientes por él, muy probablemente acabarías viéndote enamorada de él, y no estás lista para recorrer ese camino —afirmó mi hermano.
Abrí la boca para protestar y la cerré otra vez, mientras una sensación de nerviosismo se apoderaba de mí.
—No te molestes en negarlo —dijo Samson—.
En cuanto os vi chocando en el diner —la primera vez que os conocisteis—, vi la forma en que os mirasteis.
También me fijé en cómo él se adaptó enseguida a tus rarezas.
Por desgracia, eso solo lo ha empeorado.
Nunca he visto a ningún hombre entenderte tan bien como Landry.
Ni siquiera Phillip parecía tan en sintonía contigo, y ese chico te conocía desde que naciste.
—Pues no sé qué hay que entender de mí. Creo que soy perfectamente normal. Creo que el resto sois unos bichos raros.
—Meredith, el otro día te pusiste a bailar con los chavales que embolsan la compra en el súper, consiguiendo que las cajeras bailaran contigo.
Me mordí el labio. —Te has enterado de eso, ¿eh?
—Sí. Me he enterado.
—Oye, se lo pasaron bien.
Gruñó. —Lo sé. A la mayoría de la gente le gusta dejarse arrastrar por tu versión de la realidad. —Su atención volvió al collar que me había regalado Sherman—. Me imagino que has tenido un impacto tan profundo en la vida de este hombre como él en la tuya. Es lo que haces, Meredith.
—Oh, no lo creo.
—¿Y te ha mandado un collar tan caro así, porque sí? —preguntó Samson.