Capítulo 10
M i padre seguía caminando por la casa, gruñendo y haciendo ruidos raros. Landry se apoyó en el marco de la puerta de la cocina. Esperó a que mi padre estuviera fuera del alcance del oído antes de hablar.
—No sé si le gusta o lo odia.
—La casa le gusta. Lo que odia es la idea de que yo no me venga a vivir con él para siempre.
—Ajá.
Samson bajó las escaleras, con los ojos muy abiertos y fijos en mí.
Estaba pálido, igual que mi mejor amiga, Natasha, que había venido desde la ciudad para echar un vistazo a la casa que oficialmente había pasado a ser mía el día anterior.
Puso una mano en el hombro de Samson, apoyándose en él para mantenerse firme.
—Bueno —dije—. ¿Qué os parece? Es perfecta y totalmente yo, ¿a que sí?
Mi hermano carraspeó.
—Eh, Mer, la, eh, la habitación del final del pasillo. La de las estrellas. Es que…
Natasha se adelantó, poniéndose delante de él y viniendo hacia mí.
—Meredith, ¿en qué estabas pensando para decorarla así?
—Te quiero, pero eso es morboso, Meredith —dijo Samson—. ¿Papá ha subido ya?
—Todavía no.
—Yo lo entretengo. Tasha, ayuda a quitar todo eso antes de que suba, ¿vale?
Natasha asintió.
Le agarré el brazo a mi hermano.
—Samson, yo no la he decorado. Aún no he hecho nada aquí.
—¿Qué? ¿Dices que ya estaba así?
—Sí.
Él y Natasha inhalaron hondo y empezaron a acercarse a mí. Levantando la mano, me obligué a sonreír.
—Es solo una habitación. Cuando ya esté instalada, ya veré cómo decorarla. De momento, está bien.
—¿Bi-bien? —preguntó Samson.
Natasha me tomó la mano entre las suyas.
—¿Qué te parece si dejamos que Samson y yo subamos a quitarlo todo? Podemos ir un momento a la tienda a por pintura. Elige un color. El que quieras, y ahora mismo, hoy, él y yo la pintamos.
—Es una habitación preciosa —dije en voz baja.
—Sí que lo es —Natasha me abrazó—. Iremos a la tienda y volveremos en un rato, ¿vale?
Landry me miró por encima de su cabeza.
—¿Mer?
Mi padre se acercó.
—Esta casa desde luego es muy tú, cariño. ¿Qué te parece si vemos la planta de arriba y luego echo un vistazo al embarcadero? Landry ha dicho que hay que cambiarlo.
—Eh, papá —dijo Samson—. ¿Qué te parece si paramos y subimos al restaurante a comer? Ya veremos el resto de la casa otro día. No se va a mover de aquí.
Mi padre alzó una ceja.
—Papá, arriba hay una habitación que es un cuarto de bebé.
De hecho, es casi idéntica a la que diseñé cuando vivía ese cuento de hadas que me gusta llamar mi vida pasada.
¿Te acuerdas de cuando Phillip me obligó a sentarme y hacer bocetos de cómo quería que fuera, y cuando él y yo hicimos aquel móvil de espejos?
Pues la habitación de arriba es como una copia calcada de eso.
Asintió, frunciendo ligeramente los labios.
—Ya lo sé.
Todos nos quedamos mirándolo.
—Las cosas acabaron tan deprisa que muchos detalles se perdieron por el camino.
—¿Papá? —preguntó Samson.
—¿Has mirado bien a quién se le compró esta casa?
Negué con la cabeza.
—Era una de las propiedades de los Macy. Son dueños de medio pueblo. ¿Por qué?
—No de Macy Industries, Meredith. Del propio Phillip Macy —dijo mi padre—.
Ese chico estaba tan emocionado cuando la compró…
Me llevó por toda la casa, diciéndome que sabía que a ti te encantaría vivir aquí.
Quedé con él un día y no veía el momento de enseñarme ese cuarto de bebé.
Lo había decorado él mismo, a partir de los diseños que te hizo dibujar.
El chico incluso hizo esa especie de lámpara que hay ahí.
No quería que yo te contara lo que había hecho todavía.
Quería tener toda la casa terminada antes de enseñártela.
—Desvió la mirada—. Vosotros dos lo dejasteis unas semanas después y nunca pasó de ese cuarto.
A Natasha se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Mer? Cariño, ¿estás bien?
Recorrí con la mirada la planta baja y, cuando me quise dar cuenta, estaba riéndome, casi histérica.
Mi hermano parecía perdido. Mi padre también.
Landry se inclinó hacia mí, y yo fui hacia él, todavía riendo. Dándole palmaditas en el pecho, lo miré hacia arriba.
—Vaya, desde luego acertaste de lleno al pensar en mí y en esta casa, ¿eh?
La comisura de su boca se curvó hacia arriba.
—Tiene ese toque tan Meredith.
Reí más fuerte, aferrándome a él.
—Dios mío, acabo de comprarle una casa a mi ex. Me sorprende que me la haya vendido. Apostaría a que podría haber sacado mucho más por ella.
—En realidad —dijo mi padre—, me llamó, quería que cogiera el dinero y lo volviera a meter en tus cuentas. Dijo que había comprado esta casa para ti y que quería que la tuvieras.
—¿Y qué le dijiste?
—Que si quería conservar sus atributos masculinos en su sitio, y no tener a mi hija yendo a buscarlo para arrancárselos de cuajo, dejaría el tema en paz y se mantendría bien lejos a partir de ahora.
Me lancé a los brazos de mi padre.
—¡Te quiero! —Lo cubrí de castos besos—. Te quiero, te quiero, te quiero.
Hasta Natasha y Samson se rieron con eso.
—¿Alguien más ve un poco irónico que haya sido Landry quien eligiera esta casa?
Por lo visto conoce bien a Mer —Natasha frunció la nariz, dándole un suave codazo a Landry—.
Si me dices que eres un ricachón mujeriego, me veré obligada a matarte por el bien de evitar que mi chica de ahí caiga en tus redes.
Tiene una habilidad especial para atraerlos.
Me reí tanto que solté un chillido.
—Déjale en paz. Es el dueño de un restaurante que ha jurado mantenerse alejado de las mujeres. Para mí, eso lo hace casi perfecto.
Él pareció incómodo.
Mi hermano refunfuñó algo que sonó sospechosamente a «dueño de un restaurante, mis narices». Mi padre se puso a tararear una melodía alegre mientras subía las escaleras.
Nos dejaron solos a Landry y a mí un momento, y lo volví a abrazar.
—En serio, eres lo más.
—Cristo, Mer —dijo mi hermano desde el porche trasero—, suelta al hombre. Es tu vecino. A este paso, no va a poder dar un paso sin que estés colgada de él.
Contesté al instante.
—¿Mi vecino? ¿De qué estás hablando, Willis?
Landry señaló hacia la casa reformada de al lado.
—Si necesitas una taza de azúcar o lo que sea, estoy ahí.
—Ah. Eh. Oh.
—¿Te parece bien vivir puerta con puerta conmigo?
—Claro.
—¿Debería ofenderme? —preguntó—. Te ha sentado mejor enterarte de que tu ex era el dueño de esta casa, con la idea de que fuera el hogar que compartierais, que enterarte de que yo vivo al lado.
Le cogí la mano entre las mías.
—No. No es eso. Lo siento. Es que se me ha pasado por la cabeza un pensamiento totalmente equivocado.
—¿Y sería…?
Le dediqué una sonrisa seductora.
—Que espero que mi vecino tenga la costumbre de subir las persianas mientras pasea desnudo por casa.
Landry soltó una risita mientras me sujetaba la mano y tiraba de mí para acercarme.
—Veré qué puedo hacer. ¿Me devolverías el favor?
—Lo haría, pero has jurado mantenerte alejado de las mujeres, así que estaría malgastando mi energía.
Él inclinó la cabeza y me sorprendió rozando sus labios con los míos antes de apartarse.
—Sí. Así es.