Capítulo 8 #2
Entró un grupo de hombres que yo sabía que eran muy de donuts y café.
Llevaban todos su periódico de la mañana bajo el brazo, igual que antes.
Le di unas palmaditas a los abdominales de Landry y pasé a su lado hacia la cafetera.
Cogí la de descafeinado y llené con ella una cafetera normal.
Él arqueó una ceja. Suspiré—. A todos ellos les ha dicho el médico más de una vez que eviten la cafeína.
A dos les sienta realmente mal. Te van a discutir hasta la muerte, pero, siendo sincera, no notan que es descafeinado a menos que vean de qué cafetera estás sirviendo.
Pasé zumbando a su lado, y los hombres sonrieron al verme tras la barra. Les llené las tazas y esperé mientras empezaban a beber. El de la derecha suspiró suavemente—. Ay, Meredith, siempre haces el mejor café. Es bueno tenerte de vuelta.
Hice todo lo posible por no reírme—. Me alegro de que te guste, Buck. Sírvete un donut, pero solo uno. Luego te traeré una magdalena de salvado. —Señalé a todos—. Y eso va también por vosotros.
Asintieron—. Sí, señora.
Landry tuvo que meterse en la trastienda para ocultar la risa. Lo seguí y rompí en un ataque de carcajadas. Cuando me quise dar cuenta, tenía sus brazos alrededor, acercándome a él.
Se me cortó la respiración y di un paso atrás justo cuando Marsha entraba en el diner.
Me vio en la puerta de la cocina y se animó aún más cuando Landry salió también—.
Oooh, ¡ahora son pareja! Ay, Peggy, ¿no es genial?
Fíjate qué monos están juntos. ¿A que ya lo ves?
Landry y Meredith aquí, sus pequeñines correteando por todas partes.
Landry me tocó la cadera—. ¿Alguna vez paran?
—No. Déjame preñada ya o te arriesgas a oír esto todos los días de tu vida.
Se echó a reír y me dio una palmada en el trasero—. Veré qué puedo hacer.
Marsha pilló el gesto—. Le está dando azotes, Peggy. Qué pervertidos.
Solté un gritito y me giré, enterrando la cabeza en el hombro de Landry—. Dime que no acaba de decir eso.
—Me temo que sí —dijo—. Debería juguetear con el lazo del delantal. Apuesto a que empieza a hablar de bondage.
Me reí—. Vale, pero solo si tú eres el dom. Por muy independiente que sea, me gusta que mi hombre sea un hombre en la cama. Mmm, sí, señor, vivo para servirle.
Se atragantó y se llevó la mano al pecho, con los ojos como platos.
—¿He dicho algo que no debía? —pestañeé coquetamente.
La avalancha de la mañana fue y vino, calmándose un poco antes de que la hora de la comida pegara con toda su fuerza.
En algún momento, alguien encendió la radio y de verdad que se sentía como en los viejos tiempos.
Bailoteé por el diner, sirviendo a la gente y ocupándome de todo.
Landry intentaba ayudar, pero lo espantaba cada vez, haciéndole quedarse detrás de la barra.
Mi hermano se pasó y, cuando me vio con el delantal, sonrió—. Esa es una visión que nunca pensé volver a ver.
Di una vuelta sobre mí misma para él—. Admítelo. Soy un bombón con delantal.
Bufó y se sentó en la barra.
Apoyé los codos en la barra y acerqué mi cara a la suya—. ¿BLT, patatas fritas y refresco?
—Odio que sigas sabiendo lo que como incluso mejor que yo.
Entró una pareja joven. No los había visto nunca. Llevaban con ellos a un niño pequeño, de unos cuatro años o así. Salió disparado hacia delante y la madre fue tras él—. Matthew, no.
Sin poder apartar la vista de la escena, me quedé simplemente mirando.
De pronto, mi hermano estaba allí, había salido de detrás de la barra y me estaba abrazando—. Mer, venga. Vamos a dar un paseo o algo.
Me tragué mis emociones—. Estoy bien.
Él miró al niño, con una mata de pelo oscuro y unos ojos grandes y azules—. Mer, por favor.
Landry se deslizó hasta nosotros—. ¿Todo bien?
—Todo bien.
Samson negó con la cabeza—. Ni de lejos.
El niño volvió a escaparse de su madre y yo me moví rápido, agachándome y sonriendo para cortarle el paso—. Hola.
—Hola —dijo, ladeando la cabeza—. Eres alta.
—Lo sé.
Su madre se acercó—. Lo siento. Tiene tanta energía y llevamos horas en el coche.
Me incorporé y sonreí—. No pasa nada. Verás, hay un P-A-R-Q-U-E justo enfrente que puede venirle muy bien para que queme un poco de energía antes de que tengáis que seguir viaje.
—Oh, sí, gracias. —Le pasó la mano por el pelo oscuro y despeinado—. Matthew, ve a sentarte con papá.
Él obedeció y ella lo siguió.
Mi hermano rodeó la barra y me cogió de la mano—. ¿Me concedes este baile?
Le dediqué una mirada rara.
Sonrió—. ¿Qué?
—No podemos bailar aquí. Está hasta los topes y, eh, tú no bailas, tú te balanceas. Y yo no pienso balancearme con mi hermano mayor.
—Oh, venga. Sabes que te da morbo verme hacer el ridículo en público —replicó.
Sabía lo que estaba haciendo y lo adoré por ello. Le rodeé el cuello con los brazos y le di un abrazo de oso antes de besarlo en la mejilla—. Voy a por tu comida. Gracias, Samson.
Me dio un buen apretón—. Si te lo pido de rodillas, ¿vas a tomarte un respiro de aquí, solo hasta que… bueno… —Desvió la mirada hacia la mesa del niño llamado Matthew y sus padres—. Mi hermano hizo un gesto hacia Landry—. ¿Puedes ocuparte tú? Por favor.
—Claro. Me ocuparía de todos, pero ella es mandona y me da miedo. —Se detuvo al llegar junto a mí—. Vete a la cocina y dile al cocinero que te prepare algo para comer. Lo que sea que vaya a hacerte, dile que lo haga por dos. Tú y yo salimos, buscamos un sitio a la sombra y comemos juntos, ¿vale?
—¿Podemos llamarlo una cita? —pregunté con un guiño.
—Claro. Pero, ¿te plantearías mojar?
Samson gruñó.