Loca por ti Capítulo 8
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Capítulo 8

— N o tienes que hacer esto —dijo Landry mientras yo me ataba un delantal y cogía un bloc de comandas de la pila que había junto a la caja.

Señalé su mano vendada—. Te has hecho daño por mi culpa.

Lo mínimo que puedo hacer es echarte una mano.

Además, ¿qué demonios se supone que voy a hacer si no?

Estoy esperando a la firma de la casa, y los contratistas se supone que empiezan la semana que viene con la tienda.

Solo puedo soportar hasta cierto punto el tiempo de calidad con mi padre. Y ni empecemos con Samson.

Sonrió.

Cogí una taza de café para mí—. No te importa, ¿verdad?

—No. —Me guiñó un ojo—. Ponme una a mí también.

Se la puse y le tendí su taza—. Aquí, solo. Justo como te gusta.

—Gracias.

—No hay de qué.

Alargó la mano y pasó un dedo entre el delantal que llevaba y mi costado—. Estás muy guapa con esto puesto.

Sonreí—. Tendrías que verme con mi uniforme de sirvienta francesa.

Se atragantó con el café, con los ojos como platos—. Dime que estás de broma.

—¿Por qué? ¿No quieres imaginarme con un modelito minúsculo, casi inexistente, dispuesta y encantada de atender todas tus necesidades? —Esperaba una carcajada o un comentario borde, no ver a Landry sonrojarse—. ¿Qué hacías antes de esto?

—¿Hmm?

—Antes de mudarte a Paxton Falls y comprar el diner, ¿a qué te dedicabas? Tú ya sabes a qué me dedicaba yo antes de volver, porque ya conociste a mi jefe, ejem, exjefe. Me pica la curiosidad contigo y con lo que hacías.

De repente pareció incómodo—. Adivina.

—Oooh, qué divertido —dije, dando un sorbo a mi café—. Eras bombero.

Landry alzó una ceja—. ¿Bombero?

Suspiré de forma soñadora—. Creo que los bomberos han protagonizado más sueños eróticos míos que cualquier otra profesión. Estaba siendo optimista.

—¿Jeremiah sabe algo de esta obsesión tuya con las mangueras?

No pude contener las risitas—. Totalmente. Como es el jefe del parque, les dice a sus chicos que salgan corriendo cuando me vean venir. Teme que les ofrezca columpiarme en todas sus barras.

—¿Te gusta columpiarte en barras?

—¿Y a qué mujer no?

Nuestros dobles sentidos me animaron aún más el ánimo.

Se pasó la lengua por el labio inferior—. Joder. Ahora voy a lamentar no haber sido bombero. Venga, otra vez.

Dándome golpecitos en la barbilla, me puse teatrera a tope—. Hmm, eras capitán de barco de vapor.

—Y tú —chinó su taza con la mía— eres la mujer más rara que he conocido nunca.

—Awww, gracias.

—Una pregunta. —Se inclinó hacia mí—. ¿Cómo se pasa de bombero a capitán de barco de vapor?

Acerqué mi cara a la suya y noté cómo su mirada bajaba a mis labios—. ¿Y cómo paso yo de una cosa a cualquier otra?

—Buen punto. ¿Alguna conjetura más? —preguntó.

—Diría que eras un multimillonario excéntrico, pero no acaba de pegar contigo. Te va más lo de capitán de barco de vapor.

Se quedó inmóvil—. ¿No me ves como un hombre de posibles, eh?

—No, y ¿sabes qué?

—¿Qué?

Le di un beso rápido en la mejilla—. Eso te hace aún más perfecto a mis ojos, Landry.

—¿Quieres decirme por qué? La mayoría de las mujeres se morirían por pillar a un tío rico.

—Apoyó su peso en la barra y bebió un trago de café—.

Reconozco que me sorprendió que no cayeras en los intentos de tu exjefe de sacar algo más de ti.

No estoy seguro de que muchas mujeres se hubieran mantenido fuera de su cama, teniendo en cuenta su puesto y su dinero.

—De verdad que necesitas conocer a más mujeres si las que conoces se meten en la cama de un tío por su dinero.

—Por lo visto —dijo—. Pero, Mer, en serio. Dime qué es lo que te hace rehuir a los hombres con dinero.

—Quizá rehúyo a todos los hombres, tengan o no tengan dinero.

Me miró por encima del borde de la taza—. A mí no me rehúyes.

—No, pero eso es porque lo nuestro es solo coqueteo inocente. No es como si tú y yo fuéramos a hacer algo al respecto. —Sin poder evitarlo, me eché a reír hasta doblarme hacia delante.

Landry carraspeó—. ¿Te hace gracia la idea de acostarte conmigo?

Tuve que dar varias respiraciones profundas antes de poder contestar—. No. No voy a mentir. Te he imaginado desnudo más de una vez, pero está todo ese rollo de que estás «fuera del mercado femenino» y, bueno, yo prácticamente llevo años fuera del mercado masculino.

—¿Qué? —preguntó, negando con la cabeza—. ¿Años? No. Eso no me lo creo.

—Estás en tu derecho.

—Me niego a creer que una mujer que está como tú no ha salido con nadie en años.

Sonreí—. ¿Una mujer que está como yo?

—Meredith, por favor, tienes que saber que eres un regalo para la vista.

Noté cómo me ardían las mejillas—. Cambiando de tema, me gustaría anunciar que puede que vaya a tener una cita dentro de poco.

Landry me miró raro—. ¿Con quién y cuándo?

Cuadré los hombros—. El otro día fui a mirar antigüedades y acabé a unas dos horas al sur de aquí.

Es uno de mis sitios favoritos. Total, que me pasé por una subasta de una herencia y había allí un tío que era muy gracioso.

Me merezco una palmadita en la espalda por haber cedido y haberle dado mi número a un tío.

Te lo he dado a ti, pero tú no cuentas. Porque, bueno, eres tú, y de alguna manera siento como si te conociera desde hace mucho más tiempo del que hace.

Debe de ser porque conoces a mi familia y a todos mis amigos.

Landry dejó la taza—. ¿No cuento?

Lo miré fijamente—. Eh, recuerdas que estás fuera del mercado femenino, ¿no?

—Sí —dijo, sin sonar muy convencido de su elección—. ¿Quién es ese tío nuevo? ¿A qué se dedica? ¿Y a dónde demonios crees que vas a ir con él?

Solté un bufido—. Guau, has estado tomando clases con Samson y con mi padre.

Como no se reía, cedí y contesté a sus preguntas lo mejor que pude—. Se llama Pastor y no, no es el responsable de una iglesia, se lo pregunté en cuanto me dijo su nombre.

Landry no comentó nada.

—No estoy cien por cien segura de a qué se dedica. Sé que es británico. Que vive ahora en Estados Unidos y que le gustaría llevarme a cenar este fin de semana. Ah, y que no está nada mal de ver. —Crucé un tobillo sobre el otro—. Landry, ¿puedo preguntarte una cosa?

—Sí.

—Los hombres de hoy, ¿esperan que pase algo en la primera cita? —Me daba vergüenza la pregunta.

—Depende del hombre. En general, sí. La mayoría, sí. —Se quedó callado un momento—. ¿Piensas mojar en la primera cita?

—Ay —dije, dedicándole una mirada dura—. Qué mono y adorable eres, ¿eh? Y no. No pienso follarme a un tío al que conozco de, qué sé yo, una hora, pero gracias por la profunda preocupación.

Suspiró—. Mierda, Meredith, no era eso lo que quería decir.

—Creo que sí.

Se acercó más a mí—. Me desconciertas un poco.

Pareces el tipo de mujer que puede seducir a un tío con solo hacerle un gesto con el dedo, pero hay en ti una especie de inocencia extraña.

Es como si, aunque por un lado das la impresión de ser una mujer curtida y cínica, por otro eres increíblemente tierna y casi infantil.

Me eché a reír—. ¿Infantil? Es por haber intentado convencerte de que me dejaras envolverte la mano con vendas azules y rosas, ¿verdad?

—No estoy explicándome muy bien.

—Doy la impresión de ser del tipo de mujer que tira a un hombre a la cama y le saca lo que quiere, pero cuanto más me conoces, más te das cuenta de que no soy así para nada.

—Más brusco de lo que pretendía, pero esa es la idea —dijo.

—El diner abre en nada. Debería dejarte volver a lo que sea que haces por las mañanas —comenté, deseando salir del tema de las citas—. Tengo que estar lista para ser tu increíble camarera del día.

Sonrió—. De acuerdo, pero no espero que conozcas ya todos los entresijos. Esto es un poco caótico. Desde luego más de lo que había imaginado cuando me metí en esto.

Me mordí la lengua y le dejé que me explicara cómo funcionaba todo en el diner. El primer cliente del día entró y lo reconocí en el acto. Apunté su pedido en el bloc, arranqué la hoja, se la di a Landry y le serví un zumo de naranja.

Landry miró de la comanda a mí—. Eh, Meredith, tienes que preguntarles qué quieren. No puedes decidir tú por ellos.

—Vale. —Cogí la hoja y fui a preguntarle al hombre qué quería.

Se frotó la mandíbula—. Es miércoles, así que me pondré dos huevos poco hechos, una tostada integral, sin mantequilla, y una taza de avena. Ah, y el zumo de naranja suena bien.

Dejándole el vaso de zumo delante, sonreí y luego volví a la barra y le pasé a Landry el papel que ya había escrito.

Parpadeó—. ¿Cómo demonios sabías exactamente lo que iba a pedir?

Peggy entró a continuación y, al verme con el delantal, se le iluminó la cara—.

Ay, Señor, niña, es como en los viejos tiempos.

¿Cuánto estuviste ayudando al Viejo Henry aquí arriba?

¿Cinco o seis años, no? Me acuerdo de cuando se dio cuenta de que no ibas a volver, por mucho que te suplicara; fue más o menos cuando decidió vender el local.

—Henry era estupendo.

—Era un cascarrabias y le gritaba a todo el mundo —dijo Peggy—. A todo el mundo menos a ti, Meredith. Te veía como una nieta.

—Causo ese efecto en la gente —respondí—. ¿Quieres una tortilla de queso esta mañana o tu maridito cumplió con su sesión de «te voy a hacer ver las estrellas» del martes por la noche y vas a necesitar que lleve jamón también? Ya sabes, proteína extra.

Dando palmas, vino hacia mí y me abrazó—. Ay, cómo te hemos echado de menos, Meredith.

Miré a Landry—. Que sea con jamón. Hazme caso. Ha tenido una buena noche.

Él se echó a reír y yo lo seguí hacia la cocina—. Podrías haberme dicho que conoces este sitio mejor que yo.

—Ya, pero estabas tan mono guiándome por todo que no he podido resistirme. —Le indiqué que se inclinara hacia mí—. Consejo de amiga. No me dejes tocar la tostadora. Créeme, pasan cosas malas. Muy malas. Henry me prohibió los pequeños electrodomésticos.