Loca por ti Capítulo 4
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Capítulo 4

T enía la cabeza apoyada y los codos sobre la barra mientras esperaba a que Landry terminara de revisar la documentación por mí.

Llevaba haciendo notas la mayor parte de una hora.

Tenía el estómago oficialmente hecho un nudo.

No estaba segura de por qué me preocupaba tanto.

Había invertido bien, gracias a las indicaciones de Brice, y había sido cuidadosa con mis gastos.

Vivir en la ciudad había sido sin duda más caro que en un pueblo pequeño, pero, por suerte, no era caro al estilo de Nueva York.

Tenía dinero para hacer esto, y tenía suficiente para estar bien una temporada mientras mi tienda arrancaba.

Solo esperaba tener el suficiente valor para seguir adelante.

En ese momento empezaba a cuestionarme cuánta determinación tenía realmente.

No ayudaba que Landry estuviera como para comérselo.

Hizo otra anotación y yo gruñí.

Landry sonrió, y me descubrí mirándole la boca, prácticamente obsesionada con sus labios. El ligero rastro de barba no hacía más que resaltarlos, atrayendo la atención. Antes de darme cuenta, suspiré.

Me lanzó una mirada de soslayo, divertido.—¿Pasa algo?

—Sí —dije, sin mover la cabeza de donde la tenía apoyada—. Tus labios son demasiado tentadores. Haz algo con eso. —Tiré de mi labio inferior—. Ahora mismo.

Una sonrisa enorme le iluminó la cara.

Negué con la cabeza.—Así no ayudas nada.

—¿Qué propones que haga para arreglarlo? —preguntó, con las comisuras de los labios alzadas.

—¿Tapártelos con la mano? ¿Llevar una bufanda por encima? ¿Un cuello alto quizá?

Landry se llevó una mano a la boca, cubriéndose los labios. Sus ojos color chocolate se encendieron de diversión, y me sentí atrapada también en ellos.

Negué con la cabeza.—No. Ahora estoy fijándome en lo increíbles que son tus ojos. —Me incliné hacia delante, mirando detrás de la barra. La camiseta ajustada con el logo del equipo de fútbol americano del instituto local se me subió, mientras que los vaqueros se me bajaron un poco.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Buscar una bolsa de papel para que te la pongas en la cabeza. —Volví a sentarme en el taburete con un golpe sordo—. Dudo que funcione. Me quedaré mirando tu pecho, entonces.

—Parece que tenemos un problema —dijo, tamborileando los dedos en la barra—. Verás, he jurado pasar de las mujeres.

Alcé una ceja.

Se echó a reír.—No. No salgo con hombres.

Apoyé la cabeza en la barra.—Los buenos siempre están fuera de juego.

—¿No vas a preguntarme por qué me estoy tomando un descanso de las citas?

—No —respondí—. Supongo que debes de tener un buen motivo, y no es asunto mío. Aunque me pregunto si diciendo eso en realidad consigues ligarte a más tías, porque muchas quieren creer que son ellas las que han atrapado a la ballena… el pez gordo.

Su expresión cambió. Dejó el bolígrafo.—¿Y a ti qué te provoca que yo diga eso, Meredith?

—Hace que me gustes más.

Asintió, con el gesto inescrutable.

—Pero —añadí—, no por las razones que crees. Me gustas más porque, si dices la verdad, y creo que lo haces, significa que eres seguro.

—¿Seguro?

—Que no estás intentando meterme en la cama. —Me giré en el taburete y me quedé mirando por el gran ventanal del frente. Golpeé con mis zapatillas de correr azul oscuro la pata del taburete. Eran vintage en todos los sentidos posibles, y me encantaban.

—Nunca me lo había planteado todo desde la perspectiva de una mujer —dijo—. Me imagino que la mayoría de los hombres con los que te cruzas intentan llevarte a la cama.

Me encogí de hombros, intentando restarle importancia.—No mucho.

La mano de Landry rozó la mía.—Meredith.

—¿Sí? —pregunté, sin volverme hacia él.

—Puedes ser sincera conmigo. Se nota que es un problema para ti y que no te entusiasma el hecho de que atraes a los hombres con facilidad.

Me giré en redondo y me puse en pie de golpe.—Lo dices como si llevara un farolillo rojo encima de la cabeza.

Sacudió la cabeza.—En absoluto. Creo que tienes un atractivo natural.

Tampoco perjudica que tu personalidad también atraiga a los demás.

Creo que… —hizo una pausa— cuando sumas todo eso al hecho de que eres, en efecto, una mujer preciosa, acabas teniendo a los tíos tropezando entre sí para meterte en la cama.

Y creo que tu resistencia a dejarles solo hace que se esfuercen más en su empeño.

—Hablas como si tuvieras experiencia —dije—. ¿De qué lado estabas? ¿Del perseguido o del perseguidor?

—De los dos —contestó con sinceridad.

Sonreí.—Ah, tenemos a nuestro propio donjuán entre nosotros. —Levanté la mano, mandándole callar—. Exdonjuán.

Se rió.—Me gusta pensar en mí como en un donjuán reformado.

—Tú lo llamas tomate, yo lo llamo…

Se echó a reír, y el sonido me envolvió.

Me estremecí.—Para ya con esa risa, o voy a acabar convirtiéndome en una de tus groupies.

—Puede que estuviera dispuesto a hacer una excepción contigo —dijo, con la mirada intensa fija en mí.

Inspiré hondo y me acerqué más a la barra, tocando los papeles.—Entonces, ¿qué tan mal está? Tienes un montón de notas. Ahora sí que estoy asustada.

—Nah. No está mal. Muchos de los requisitos que vienen aquí están desfasados.

El ayuntamiento ha eliminado la mayoría de estas ordenanzas y ha añadido otras que no figuran.

Creo que, si se empeñan en este precio de venta, deberían poner ellos el edificio al día en cuanto a normativa o bajar el precio porque, tal y como está, te están dando por el saco.

Gemí.—¿Puedes ser, precisamente tú, el que no mencione la palabra «saco»?

Landry echó la cabeza hacia atrás y se rió.

Gruñí.—No ayuda nada con el tema de que estoy cachonda, colega.

—Dime cómo arreglo ese problema —dijo.

Le dediqué una mirada burlona, y él se rió aún más. Entorné los ojos.—Ríete, colega. Me vuelvo a tirar agua por la camiseta.

Él centró la atención en la documentación, con los ojos bien abiertos, y me tocó a mí soltar una risita.—Ves, he sacado la artillería pesada —dije.

Gimió.—De verdad deberías evitar decir «artillería pesada».

Me reí, y la puerta del diner se abrió. Jeremiah entró y echó un vistazo alrededor.—¿No cerrabas hasta las diez los domingos?

—Sí —respondió Landry—. Meredith y yo estábamos revisando unos papeles.

Jeremiah le lanzó una mirada que decía que ya se lo imaginaba. Fui hacia él y despeiné su melena castaña hasta los hombros, y sus ojos azules se encontraron con los míos.—Jer, no tienes por qué preocuparte. Él nunca me haría daño.

—Le conoces desde hace una semana —dijo Jeremiah—. ¿Eso te convierte en experta?

Siempre había sido sobreprotector conmigo. Él y Samson se habían hecho mejores amigos con el tiempo. Le alisé el ceño.—No, pero tú le conoces desde que llegó aquí. ¿Crees que es un asesino en serie oculto?

Jeremiah soltó el aire despacio y negó con la cabeza.—Es solo que… —Alzó la vista, parpadeando con fuerza, antes de volver a mirarme con los ojos húmedos—. Anoche tuve la peor pesadilla.

Me puse tensa, sabiendo que sería un error ignorar a Jeremiah y sus sueños. Le conocía de toda la vida y, en aquella época, solía soñar cosas que luego se cumplían. No era algo que disfrutara, ni algo que pudiera controlar, ni de lo que en el pueblo se hablara mucho. Era lo que era.

—¿Jeremiah? —preguntó Landry, dejando la documentación—. ¿Sueños?

Me mantuve cerca de Jeremiah y forcé una sonrisa.

—Está bien. El grandullón tiende a preocuparse.

Es un gigante bonachón con un corazón de oro.

—No era del todo cierto. Sabía que Jeremiah tenía un lado más oscuro que había alimentado durante su servicio militar.

Dicho esto, nunca me haría daño a mí ni a nadie a quien yo quisiera.

Jeremiah negó con la cabeza.—No está bien, Meredith. Ni de lejos. Este sueño fue como los que tuve cuando tenías quince años y como el que tuve hace tres. —Me levantó y me abrazó con fuerza—. Mer, eres la hermana pequeña que nunca tuve. Prométeme que tendrás cuidado.

Le di unas palmaditas en la espalda y tragué al notar lo definido de su cuerpo.—Madre mía, Jer. ¿Cuándo has empezado a poder hacer press de banca con un país entero?

—No te lo tomes a broma —susurró, besándome la frente.

Le froté los brazos cuando me dejó en el suelo.—No lo haré. Gracias. Sigo en casa de papá, y ya sabes lo ligero que duerme. Ese hombre dispara primero y pregunta después. —Observé a Jeremiah con atención—. ¿Has venido a verme a mí primero o a Samson?

—A ti —dijo.

—Bien. Por favor, no se lo digas. Sabes cómo se pone con todo lo que tiene que ver conmigo. Exagera con…

Jeremiah dio un paso atrás, claramente furioso.—¿Exagera?

—¿Qué pasa? —preguntó Landry, deteniéndose a mi lado.

Intenté no decir nada, pero Jeremiah tuvo el descaro de taparme la boca.—¿Puedes hacerme un favor y dejarme más tranquilo? ¿Podrías echarle un ojo hasta que pueda volver más tarde hoy?

—No necesito canguro —dije contra su mano. Salió más bien amortiguado.

—Sí —dijo tajante—. Sí la necesitas.

Landry se rió y asintió.—Claro. Ella y yo podemos revisar otra vez el edificio de al lado para asegurarnos de que no nos hemos dejado nada, y la rumorología me ha dicho que está buscando casa.

Me quedé mirándole, sorprendida de que lo supiera.

—Conozco algunas propiedades por la zona que no están anunciadas pero sí en venta. Puedo hacer unas llamadas y llevarla a verlas.

—¿Y el diner? —pregunté, todavía con la voz algo amortiguada por la mano de Jeremiah.

Landry me guiñó un ojo.—Que me guste trabajar aquí no significa que no tenga empleados capaces de encargarse mientras estoy fuera.

—Perfecto —dijo Jeremiah. Apartó la mano de mi boca y yo le di un manotazo en el brazo.

—Idiota.

—Yo también te quiero, cariño. —Salió casi deslizándose por la puerta, y yo me giré hacia Landry.

—No necesito que me hagas de canguro.

Asintió en dirección a Jeremiah.—Él parece pensar lo contrario. ¿Quieres contarme lo de los sueños? ¿Se cree de verdad esa mierda?

Al instante me puse a la defensiva por mi amigo.—No es mierda. Jer no está loco. Es un buen hombre que haría cualquier cosa por la gente a la que quiere. La mayoría de la gente le mira y ve a ese tiarrón enorme y enseguida piensa que es…

—Meredith —dijo Landry, acercándose a mí—. Lo siento. A mí también me cae bien Jeremiah. Solo me preguntaba por los sueños y por qué estaría tan preocupado como para venir a buscarte a primera hora. ¿Tengo que preocuparme de que te caiga un piano en la cabeza?

—Depende.

—¿De?

Sonreí.—De si tienes o no una reserva de músicos de jazz en la planta de arriba.

—Creo que hemos terminado con la documentación. Si estás cómoda haciendo la contraoferta, puedo encargarme yo de tramitarla —dijo con una sonrisa un poco tímida—. Si quieres.

—Lo estoy, pero no me siento cómoda con que hagas todo esto gratis. Déjame pagarte, por favor.

—No. Me gusta hacerlo.

Fruncí el labio.—Ahora sí que sé que mientes. A nadie le gustan tanto los papeles, a no ser que seas abogado o de Hacienda. O ambas cosas.

Se rió, y yo di un paso hacia delante y le di un abrazo rápido.—Gracias. Lo digo en serio.

Sonó el teléfono del diner y él dio un paso atrás.—Un segundo.