Loca por ti Capítulo 3
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Capítulo 3

L e dediqué un último gesto con la mano a Brice antes de que se marchara conduciendo. Peggy y Marsha se situaron a mi lado y miraron por la ventana del diner.

—Cariño —dijo Marsha, tocándome el hombro—. Muy bien podría ser el que se te ha escapado.

—Quizá deberías replanteártelo —añadió Peggy.

Les pasé los brazos por la cintura y las atraje hacia mí.

—No. Es un amigo muy bueno, pero no es él.

—Bueno, si siquiera sugieres que…

Marsha mandó callar a Peggy.

—Ese tema ni lo tocamos. Él forma parte de su pasado. Déjale allí. Meredith ya sabe que no es él.

Las abracé más fuerte, aún de cara a la ventana.

—Sé que él tampoco es.

Sonaron aliviadas.

Alcé la cabeza y cerré los ojos.

—El indicado será el hombre que el azar considere que es el adecuado para que yo lo conozca.

A quien no esté buscando y, aun así, encuentre justo delante de mí.

Que entienda mis rarezas. Que no crea que lo que me mueve es la locura, sino otra cosa.

Algo de lo que ni yo misma soy consciente, pero que él captará.

Y yo entenderé también todas sus manías.

Será el hombre al que no pueda esperar a ver cada mañana al despertar y al que querré ver antes de dormirme por la noche.

Me verá como su igual, no solo como un juguete sexual.

No intentará poseerme. No tendrá millones.

Será un trabajador que ame la vida y no intente controlarlo todo al milímetro.

Cuando encuentre eso... sabré que es él.

Inspiré hondo y solté a las chicas.

—Son las dos. Oooh, hace tanto que no lo veo.

Se rieron cuando di una vuelta sobre mí misma para salir disparada del diner. Choqué con Landry, haciendo que derramara sin querer los vasos de agua que llevaba. Nos empaparon a los dos, y aspiré una bocanada de aire al notar cómo el agua fría calaba mi blusa.

Él me miró hacia abajo.

—Eh… ¿hora del concurso de camisetas mojadas?

La risa me estalló en el pecho y le quité los vasos de las manos. Los dejé sobre la mesa más cercana y le tomé la mano.

—¡Casi son las dos!

—Sí —dijo, alzando una ceja.

Tiré de él, arrastrándolo hacia la puerta.

—Vamos. Te lo vas a perder.

—¿Perder el qué? —preguntó, dejándose arrastrar hasta la esquina de la calle.

Me irguí y señalé con un gesto de la cabeza la esquina de enfrente. Landry se concentró en mí. Sus ojos marrones se agrandaron y me agarró, pegándome contra él, su cuerpo presionado al mío.

Lo miré hacia arriba.

—¿Qué haces? No puedo verlo si estoy de cara a ti.

Acarició mis brazos con suavidad, enviándome escalofríos de placer por la columna.

—Meredith, llevas la blusa mojada y todo el mundo puede verte a través de ella.

—Oh —dije, admirando el hecho de que no me estuviera mirando descaradamente, sino protegiéndome de las miradas ajenas. Sonreí y le obligué a moverse un poco para quedar de lado en la esquina. Seguí pegada a él y señalé la otra esquina—. Allí. Mr. Limen siempre sale de la barbería a fumar su puro.

Fiel a la costumbre, así lo hizo. El anciano salió con el cigarro en la mano.

Sonreí.

—Ahora, la señora Trencher, la bibliotecaria, coge su hora de comer ahora, y dice que odia el olor de los puros de él, pero fíjate: se queda allí de pie inhalándolo, saboreándolo.

Así lo hizo, y Landry se rió, aún acariciándome los brazos.

—Vale —señalé hacia el otro lado, cerca de Town Square—, Paula, una de las más juerguistas del pueblo, debe de pensar que las dos en punto es la hora perfecta para dejar de beber y salir de Tom’s Bar hacia el banco del parque.

Una mujer que aparentaba pasados los cincuenta cruzó la calle tambaleándose y fue directa al banco.

Landry se echó a reír y me rodeó con los brazos.

Me acurruqué contra él y señalé.

—Mira allí. Bobby, que tiene uno de los talleres del pueblo, es primo segundo de Paula. La conoce como la palma de su mano.

Una vieja grúa roja se acercó, deteniéndose delante del banco.

—Siempre viene a por ella a las dos.

Seguí, señalando las cosas que los vecinos hacían ya por costumbre, echando tantísimo de menos todo aquello. Me apoyé en el pecho mojado de Landry y solté una exclamación al notar lo increíblemente firme que era.

—Es bueno estar en casa.

Él apoyó la barbilla en lo alto de mi cabeza.

—Es bueno tenerte en casa, Meredith. Es evidente que te encanta este lugar.

Tardé un segundo en darme cuenta de que estaba abrazando como si fuera mi amante a un hombre al que en realidad no conocía. Me puse tensa y me aparté.

—Eh… uh… perdona por pegarme así a ti.

Tenía la mirada clavada en mi pecho, y vi cómo la alzaba poco a poco, como si estuviera luchando contra el impulso de mirarme las tetas. Se le marcaron los tendones del cuello.

—No. Eh, ningún problema.

Quise decir algo profundo, pero me acordé en el último momento de que había algo con lo que podría necesitar la ayuda de Brice. Busqué el móvil a tientas.

—Mierda. Espero que aún no haya salido muy lejos del pueblo.

—¿Quién? —preguntó Landry.

—Brice. No se me ha ocurrido antes, pero estaría bien que echara un vistazo a la documentación de la compra del edificio que está al lado del tuyo.

El tema inmobiliario no es algo que acabe de entender, y la jerga legal de los contratos a largo plazo me da un miedo que te mueres.

El único abogado que recuerdo que vive aquí suele estar con Paula de doce a dos en el bar.

Le guiñé un ojo.

—Preferiría que él no me ayudara.

Landry seguía con gesto tenso, aunque en su voz no se notaba.

—Puedo mirarlo yo. Si quieres. Sé una cosa o dos sobre inmuebles y leyes. Y además se me dan bien los contratos y evitar que sean blindados cuando no quieres que lo sean.

Probablemente podría descifrarlo todo yo sola si me viera obligada, pero no pensaba firmar nada para descubrir al final que me había fastidiado a mí misma. Un segundo par de ojos era imprescindible, y algo en Landry me hacía querer confiar en él.

—¿Seguro que no te importa? Te pagaré por tu tiempo.

Me atrajo de nuevo hacia él, cubriendo mi cuerpo con el suyo.

—Creo que después del show que me acabas de regalar, puedo hacerlo gratis.

No pude contener la risa mientras me agarraba a él, ladeándome, prácticamente aullando.