EPÍLOGO
ALGUNOS MESES DESPUÉS…
CARA
El agua del mar me baña los pies, aunque me cuesta verlos: mi vientre abultado me corta la visión.
Últimamente tengo los tobillos muy hinchados y Ciro se dedica todas las mañanas a acompañarme a dar paseos por la orilla de la playa.
Él dice que odia que yo camine, y le encanta cogerme en brazos y llevarme a cuestas a todos lados.
Lo hacía hasta que Aurora, mi matrona, le dio un ultimátum y lo obligó a dejarme caminar por mi cuenta. Sonrío al pensarlo.
—Leila está dando patadas —afirmo cogiendo la mano de Ciro.
Se la poso sobre mi vientre y me quedo inmóvil sobre la arena para esperar que dé la próxima.
Todavía no me acostumbro a esta sensación.
Es extraño tener una vida dentro. Nuestra niña estira una de sus extremidades justo donde el padre tiene la palma de la mano.
La sonrisa de él se agranda con un brillo especial.
—Va a ser peleona —confirma orgulloso. Me río del comentario—. Feliz cumpleaños, cara mia .
Le doy un beso lleno de agradecimiento y cariño. Lleva desde ayer de madrugada repitiendo esa frase. Supongo que Jasmine se lo diría, porque si no, no sé cómo podría saberlo. Bueno, igual ha utilizado a Tullio para conseguir información mía. No me extrañaría.
Es el mejor cumpleaños de toda mi vida. El más especial, único e inigualable hasta el momento. El año que viene lo celebraré con mi bebé y seguro que será mucho mejor solo por estar ella.
Seguimos avanzando viendo el atardecer. Cojo de la bolsa de plástico otra dentadura de gominola. Jasmine se obcecó en dejarme kilos y kilos de ellas antes de irse al internado. ¿Cómo puede ser tan pequeña y tan atenta?
Maia no para de reñirme porque dice que me alimento muy mal, se preocupa por mí. Cada vez que viene también rebusca por todos los cajones las bolsas que escondo llenas de chocolates y gominolas.
Ciro tiene varias propiedades repartidas por todo el país.
Una de ellas es esta. Nunca había estado en la playa, y el primer día fue como si descubriera algo nuevo por primera vez.
Después de un tiempo, ya casi puedo sentir que es mi casa.
Mi segundo hogar. El primero está en Roma, donde no cambiaría mi terraza y mi biblioteca, que he ido construyendo poco a poco.
Sobre Elio, es un dolor de cabeza. Está por ahí masacrando y haciendo de las suyas, y Ciro y Pantera limpian todo el destrozo que va dejando a su paso.
Se ha vuelto más inestable que nunca, y ahora más porque tiene a otra al lado que es como él.
Siento mucha lástima por ellos. Es su forma de evadirse de todo el mal que han tenido que aguantar en su vida.
Ciro está inquieto por ese tema, también por el de su madre, de cuyo paradero tampoco sabemos nada aun.
Gepetto y él trabajan codo con codo. Se sobrellevan.
Mi hombre está aprendiendo a trabajar en equipo.
Con el que peor lo lleva es con Pantera, no pueden evitar las peleas de gallitos cada vez que se ven.
Aunque creo que han avanzado un poco, cada vez se insultan menos.
No me imagino cómo tiene que estar pasándolo Sofía, pero sé que es fuerte y saldrá de esta. Volverá con nosotros. Dejó todo el peso de la mafia sobre mí y lo intento hacer lo mejor que puedo, pero me queda mucho por aprender de ella aún.
El atardecer cae en el horizonte. Si no fuera por todo lo que nos rodea, sería un momento perfecto.
—Sabes que no pararé hasta encontrar a mi madre —asegura Ciro parando nuestra caminata.
Asiento acariciándole la mejilla—. Pero eso no quita mi amor por ti.
No puedo permitir que sigas constando legalmente como soltera cuando ese estado civil dejó de existir para ti el día que nos conocimos.
Eres mía, con papeles y sin ellos, eso no cambiará nunca.
Pero quiero que si algún día me llegara a pasar algo, no os faltara nada a Leila y a ti.
Quiero llamarte esposa, seguiré adorándote, venerándote y cuidándote, hasta el fin de mis días, cara mia —declara poniéndose de rodillas—. Cásate conmigo.
Frunzo los labios llena de timidez. Es una orden más que una petición. Así es mi hombre, imponente, lleno de fuerza, de seguridad. Y lo amo tanto que me parece imposible rechazar esa oferta.
Asiento emocionada, con los ojos llenos de lágrimas. Abre la cajita y me pone en el dedo anular de la mano izquierda el anillo más increíble y brillante que puede existir. Tiene un enorme diamante en el centro y estoy segura de que no pasará desapercibido.
Me besa con fuego, con necesidad, con unas ganas que por más meses, días y horas que pasan no se apaga. Es él. No solo mi salvador. Ni el amor de mi vida.
Es todo lo que podría querer. Es parte de mi corazón.
Caperucita no ha escapado del lobo. Caperucita lo ha elegido en cuerpo y alma.