SETENTA Y TRES
CARA
A bro los ojos sobresaltada. Recuerdo cómo Sofía se sacrificó por nosotros yéndose con Santoro, a Ciro lleno de rabia dándome un beso en la frente.
Aunque estaba muy cansada y apenas podía articular, era consciente de todo.
¿Habrá ido a buscar a Gepetto? No puedo ni imaginarme que muera allí.
Tenemos una vida por delante. Tiene que conocer a su hijo.
Me incorporo. Estoy en el asiento trasero de un coche. Me había desmayado, no es nada nuevo, suele pasarme porque el embarazo me deja la presión arterial por los suelos. Mis ojos buscan a Ciro y a quien me encuentro conduciendo es a Ennio.
—¿Dónde está Ciro? —pregunto aún un poco aturdida.
—Te esperan los doctores en casa, Cara. No te muevas, que ellos comprobarán que vaya todo bien —contesta evitándome.
Me toco la frente, me duele un poco la cabeza.
—¡Que me digas donde está Ciro! —levanto la voz desesperada.
—Dentro de un rato volverá —informa sin más.
Mis sospechas cogen más peso. Sé que habrá ido a buscar al Don. Lo sé. Al evitar mis interrogaciones, me está confirmando mis miedos.
—Llévame con él —pido calmada.
—Será mejor que no te alteres, Cara. No queremos que ocurra una desgracia —pronuncia mientras gira el volante hacia la derecha.
Joder. No va a ayudarme. Ciro le habrá dado órdenes de que me lleve a casa sin rechistar.
Pero no será así. No puedo esperar allí a que mi hombre vuelva vivo.
¿Y si no regresa? ¿Y si no hago nada por evitarlo?
Siento las manos sudorosas sobre los muslos y el corazón golpeándome las costillas con una fuerza que duele.
Las luces de la ciudad pasan al otro lado de la ventanilla como manchas borrosas.
Cada metro que avanzamos me aleja más de él.
Mi mirada se posa sobre la pistola que cuelga de la funda a la derecha de Ennio. Durante un instante me quedo inmóvil. No quisiera hacer esto. No soy esa clase de persona. No me gusta amenazar ni obligar a nadie. Pero la imagen de Ciro ensangrentado disipa cualquier duda.
Me inclino hacia delante en un movimiento rápido. Mis dedos se cierran alrededor del arma antes de que él pueda reaccionar. La saco de la funda y le apunto con decisión a la nuca.
—Da la vuelta —exijo.
Ennio tensa la mandíbula, pero no parece asustado, solo resignado.
—¿Vas a dispararme?
Mi corazón está tan acelerado que parece salirse del pecho. No. Jamás. Y él lo sabe, por eso esa actitud.
—Puede morir —mi voz se quiebra.
—Y puede que cuando lleguemos ya sea demasiado tarde y solo sirva para exponerte al peligro —anuncia con sinceridad.
Sus ojos se encuentran con los míos a través del retrovisor.
—Lo sé. Entonces entiéndeme —pido, sintiendo cómo las lágrimas luchan por salir—.
Tú tienes un hijo. Si alguien te dijera que existe la posibilidad de no volver a verlo nunca más, ¿te irías a casa obedeciendo órdenes?
Su expresión cambia—. Si Ciro muere esta noche, tengo derecho a despedirme de él.
Y si tengo que morir a su lado, también es mi decisión —declaro muy decidida.
Los segundos pasan esperando una respuesta por su parte. Se me hacen eternos hasta que finalmente él exhala por la nariz. Entiende el dolor que siento ahora mismo.
El coche cambia de rumbo. Mi pecho se tranquiliza y bajo el arma. La dejo sobre el asiento con las manos temblorosas.
—Gracias —pronuncio echando la cabeza hacia atrás.
Necesito tenerlo a mi lado, vivo. Y si para eso tengo que ejercer medidas desesperadas, lo haré.
Mi hijo conocerá a su padre, y si no es así, al final tampoco nacerá.
Porque estoy dispuesta a morir por Ciro.
Llegamos al edificio de Gepetto. Al principio, la calle está vacía y en silencio, pero cuando alcanzamos el final, decenas de coches aparecen en mi visión impidiéndonos acercarnos más.
Le pido a Ennio que frene. Vuelvo a agarrar el arma con las manos; no sé ni utilizarla, pero la llevaré encima por si acaso.
Al bajarme del vehículo, Tullio viene hasta mí a paso rápido y con el rostro enfadado. Hay cientos de hombres armados por cada rincón y todos se apuntan unos a otros, parece que esperando alguna señal.
—¿Qué haces aquí? —inquiere nervioso cuando llega hasta mí. Seguido, se dirige a Ennio—. ¿Y tú por qué la has traído? Lobo va a meterte una bala por desacato a sus órdenes.
Veo cómo Ennio baja la cabeza. Me pongo delante de él para cubrirlo de la furia de su compañero.
—Yo le he dado órdenes, y las mías valen lo mismo que las de Lobo, ¿no? No creo que deba darte explicaciones a ti. Ahora bien, ¿dónde está Ciro? —me impongo haciendo acopio de toda mi fuerza interior.
—Cara, no deberías estar aquí —insiste.
Otro con el que luchar. Me desespero por tener que discutir tanto. Sé que lo hacen por mi bien, pero estoy cansada de que decidan por mí. En mi vida mando yo. A tiempos desesperados, medidas desesperadas, como dice el refrán.
—O me dices dónde está o seré yo quien te meta la bala a ti. —Levanto el brazo y le apunto con la pistola al rostro—. ¡Apártate! —exclamo nerviosa.
No me gusta estar armada ni tener que pedir tanto y que no me hagan caso. Estoy cansada, muerta de hambre y necesitada de cariño de mi hombre. La rabia recorre mi cuerpo como un volcán. Se acabó ser buena. Ahora todo el mundo va a escucharme.
Tullio no se quita del medio. Es muy terco y muy fiel a Ciro. Miro de reojo a Ennio para pedir ayuda. Sé que no tengo opciones, pero aún me queda alguna que otra esperanza de que mi acompañante se apiade de mí y me ayude.
Para mi sorpresa, se adelanta a mí y en un movimiento rápido aprisiona el cuerpo de su compañero con el suyo.
Lo apresa contra el coche para que yo pase.
Le dedico una sonrisa de agradecimiento a Ennio antes de salir corriendo.
Entraré en el edificio a ver dónde está. Conseguiré dar con él como sea.
—¡Atrapadla! —escucho el grito de Tullio desde atrás.
Las decenas de hombres armados de nuestra mafia se acercan a mí para acatar sus órdenes.
—Si os acercáis más, os disparo —sentencio con convicción.
Dejo de correr para caminar con el arma en alto apuntando a cada persona que se cruza en mi camino.
Algunos se apartan, otros me siguen de cerca esperando el momento perfecto para que en un descuido mío puedan desarmarme.
Les veo las intenciones. Un tipo grandote, con barba y coleta, es el que me salva de ellos cuando casi llego a la puerta.
—No os acerquéis más a ella —impone el tipo con voz grave.
Los hombres de La Cosa Nostra levantan sus armas y le apuntan a él, nerviosos ante la amenaza de ese tío que se posiciona a mi lado.
—Este no es lugar para chicas —expone el hombre que me ha salvado.
Dentro de mi pecho, mi corazón martillea a punto de explotar.
Estoy en medio del campo de batalla sin saber ni disparar un arma, pero solo puedo pensar en como estará él, el padre de mi hijo, el amor de mi vida.
Por él soy capaz de todo. Me mentalizo de que tengo que ser fuerte para salir de esta situación.
—Soy la mujer de Ciro y voy a estar a su lado, le moleste a quien le moleste. Llévame con él ahora mismo —ordeno con contundencia.
Obligo a mi cuerpo a no temblar, a que esconda el miedo y la incertidumbre que siento ahora mismo. Es más fuerte la necesidad de estar con él que estar a salvo. El tipo se ríe.
—Eres valiente, chica —suelta.
—¡Quítate del lado de ese! —exclama Tullio al llegar a donde estoy.
Ennio corre detrás de él con el rostro pálido.
—Si le hacen algo, seré yo mismo quien te retuerza los huevos, lo juro —brama Tullio a un Ennio cabizbajo.
Tengo que actuar antes de que se forme una guerra por mi culpa.
—Llévame con él —impongo al grandullón apuntando a su frente.
—Ni se te ocurra tocarla —amenaza Tullio a él.
El tipo de la barba no le presta atención, ni lo mira. Hace como si no existiera. No muestra ninguna señal de alerta ante mi amenaza. ¿Es que nadie me toma en serio? Joder. Coge un walkie y se retira unos metros para hablar por él. No tarda ni un minuto cuando vuelve hasta mí.
—Está bien, vamos —me indica al fin dándome paso y señalando el edificio.
Camino detrás de él.
—¡No! —grita Tullio.
Me destroza tener que actuar así con la familia de Ciro, con los mismos que me han protegido y cuidado. Pero la vida de él está por encima de todo lo demás. De todo.
Eso es lo que me repito cuando entro en el ascensor que me señala el grandullón.
Pulsa un botón cuando entro, pero él se queda fuera.
Supongo que tiene que seguir con los suyos.
Será de La Camorra. No sé qué habrá hecho en el pasado, pero por lo poco que he podido ver de él, no me cae muy mal, de momento.
—Para ser una chica que no debe estar aquí, bien que has acatado mis exigencias —suelto con arrogancia sin dejar de apuntarle.
Él se ríe ante mi comentario antes de desaparecer cuando se cierra la puerta. Al dejar de verlo, bajo los brazos. Esta pistola pesa de cojones, o yo soy una debilucha.
Nunca he estado aquí. Sé que aquí vive Gepetto, pero no tengo ni idea de qué voy a hacer ni a quién voy a encontrarme. No tengo un plan. No sé utilizar un arma. En definitiva, tengo todas las de perder.
Pero eso no me frenará. De cabeza hasta el fin del mundo por ti, Ciro.