SETENTA Y DOS
LOBO
L e echo un breve vistazo a Tullio y asiento para que siga alerta.
Gepetto comienza a caminar hacia su edificio.
Me pienso unos segundos si seguirlo. Sopeso varias opciones en mi mente.
Para saber a qué me enfrento necesito respuestas.
Me confunde su actitud. Parece como si le importara la desaparición de mi madre.
Si no ha sido cosa de él, ¿por qué está interesado?
Acabe esto como acabe, necesito respuestas. Le indico a los míos que sigan en posición por si la conversación que quiere tener Gepetto finalizara de mal modo.
Paso por el lado de Pantera, que me dedica una mirada llena de desprecio.
Luego me sigue. Voy armado, pero tengo la pistola guardada en la funda y mi cuerpo está entre el de Gepetto y el de Pantera.
Estoy entrando en el puto edificio de La Camorra.
¿Cuándo ha pasado todo esto? Pensaba que se desataría un tiroteo con el objetivo de ganar la partida.
Y sin embargo, hemos acabado paseando todos juntos como si estuviéramos en un jodido parque.
Siento que voy de cabeza hacia una emboscada.
Toda mi vida he odiado a este hombre hasta la saciedad.
Nunca he visto viable mantener ni siquiera una conversación con él.
¿Y por qué ahora lo hago? Porque hay una pequeña chispa en mi interior que me grita que debo escucharlo.
Me ha partido todas las escuadras con su comportamiento tan extraño, parecía muy preocupado por mi madre.
Si Elio estuviera aquí, ya se habría desatado el infierno. Él no le hubiera dado la oportunidad de explicarse, y mucho menos siendo un tema que tiene como eje principal a nuestra mamma .
Gepetto presiona un botón del ascensor. Se aparta a una esquina del cubículo para que podamos pasar los demás.
El silencio tenso se palpa en el ambiente.
Nadie quiere decir una palabra. Yo en medio, el falso Don a mi derecha y el capullo que bebe los vientos por él, a mi izquierda.
La guinda del pastel es su violento animal, sentado sobre sus patas traseras, observándonos a los tres enfrente de nosotros.
—¿Miedo? —se burla Pantera al ver cómo observo al animal.
—Sí, de no saber elegir bien la puta frase que pondré en tu tumba. No sé si pega más “aquí el capullo que se creía Dios” o “aquí el imbécil que creyó que podía conmigo” —le vacilo en su mismo tono burlón.
—Parad ya. Os estáis comportando como unos críos —exige Gepetto presionándose las sienes—. Me dais dolor de cabeza.
El ascensor pita avisando de que hemos llegado.
Primero sale el falso Don, después el animal, luego avanzo para salir, pero Pantera choca conmigo queriendo hacerlo él primero.
Nos desafiamos con la mirada. Me gustaría arrancarle la cabeza; sé que él a mí también.
Entiendo el odio tan profundo que Cara tiene hacia él.
Me lo imagino denigrando a esas chicas y me hierve la sangre.
Puto monstruo de mierda. Te lo haré pagar todo.
—Vamos, dejaos de tonterías. Encontrar a Sofía es más importante que cualquier pelea de gallitos —dispone Gepetto abriendo la doble puerta de su casa.
Dejo salir al imbécil por la información sobre mi madre. Cedo porque es más importante saber su paradero.
Una empleada aparece con una bandeja con vasos llenos de alcohol. El dueño de la casa coge uno de ellos y me ofrece asiento en su lujoso sofá.
—¡Deja ya de ser condescendiente! A mí no me vas a engañar como a esas pobres chicas a las que has usado durante años —vocifero perdiendo la paciencia.
La empleada deja las bebidas sobre la mesa baja y luego se marcha con el rostro frío como el hielo. ¿También abusará de ella?
Pantera se sienta en un lado dejándose caer como si fuera su casa. No entiendo sus actitudes. Me enerva la falta de respeto que están teniendo. No son capaces ni de negármelo. Son unos desgraciados. Pienso que esto ha sido muy mala idea, tenía que haberlos llenado de plomo.
—No es un tema fácil para hablar. Necesito encontrar las palabras correctas y… —expone Gepetto con el tono lleno de calma.
—¿Sabes? Claro que el abuso no es un tema fácil. Lo que no entiendo es qué mierda hago aquí cuando debería estar metiéndote una bala en la cabeza —espeto sin moverme del sitio.
Ellos dos se miran. Creo que Pantera tampoco sabe de qué va nada; puedo ver su expresión confusa. Pero supongo que por la lealtad que le profesa acata las órdenes. Y esas son aguantar mi presencia ahora mismo.
Gepetto se bebe el contenido del vaso de un trago. Lo suelta sobre la mesa.
—¡Habla, maldito desgraciado! ¡Habla o te juro que tu impecable tapicería se llenará de sangre! —amenazo tocando la culata de mi pistola.
—Todo el odio que sientes por mí podrías aprovecharlo para hacer mejor tu trabajo.
Te presentas en mi casa con la mitad de hombres de los que tengo yo, sin recursos, sin una carta ganadora.
¿Crees que ha sido buena idea? Te creía más inteligente —comenta muy serio—.
Yo no llegué a ser Don por suerte. Supe qué hacer con todo lo que me rodeaba, le saqué partido hasta a lo que no valía.
Me anticipé a las situaciones. Pero a ti te queda mucho por aprender.
Si hubiera querido, ya estarías muerto. Y no lo digo por hoy —pronuncia en tono enfadado—.
Te estoy aguantando todas estas faltas de respeto como se las aguanté de Vito.
Pero, joder, ya estoy cansado de criar a niños —finaliza exasperado mientras camina por el salón.
Frunzo el ceño. ¿Cuándo ha tenido oportunidad de matarme?
¿Cómo que críos? Veo a Pantera hablar por el walkie en voz baja.
No sé con quién, pero no le daré ventaja.
Avanzo un paso lleno de ira. Es verdad que no tengo nada a mi favor, pero eso no me frena.
Dejo de pensar, solo quiero matarlo. Necesito acabar con todo este circo. Ya veré cómo dar con mi madre luego.
Saco mi pistola y apunto a la frente de Gepetto. No pienso aguantar más palabrería de él. A la mierda.
Pantera, al mismo tiempo que yo, se levanta deprisa, saca su arma y me apunta a mí al pecho.
—¿Queréis parar? —grita exacerbado Gepetto sin una pizca de miedo.
La tensión se palpa en el ambiente. Puede ocurrir en cualquier momento. Por desgracia, el único que quedaría vivo sería Pantera, pero estoy seguro de que ya se encargará Elio de él. Yo con llevarme al infierno conmigo al eje de La Camorra estaría satisfecho.
Mi móvil suena. Un mensaje. Los tres nos miramos. Pantera frunce el ceño.
—¿Quieres mirarlo? —insiste Gepetto—. Lo mismo es Santoro con Sofía. Quizá pide algo a cambio de ella —sugiere pasándose la mano por el cabello.
Otra vez esa actitud que parece que le importa. ¿Qué cojones? Saco el móvil con la mano que me queda libre. Abro el mensaje. Es un número desconocido. Toco la pantalla para ver la foto ampliada.
Joder.
Es Bella, la hija de Gepetto.
La foto está hecha de lejos. Ella está detrás de la barra de un bar, trabajando.
Debe de ser Elio quien ha hecho la foto.
Sé como actúa. Ha ido a por la hija del falso Don para tener algo con quien intercambiar a la mamma.
No es mala idea. Hermano, me has sorprendido para bien.
Pensar no es su fuerte, y esta vez ha sido un puto genio.
Le enseño la foto de lejos a Gepetto. Él se acerca a paso lento enfocando la vista.
—Quizá sí que tenga una carta que jugar —suelto con arrogancia.
Su rostro palidece. Mira a Pantera horrorizado.
—No, Ciro, no. ¡Es tu hermana! —grita presa del pánico—. No se te ocurra hacerle nada. ¡Es tu hermana! —repite fuera de sí.
¡¿Qué?!
No puede ser.
¿Qué pretende con todas estas mentiras?
La puerta del ascensor se abre en medio de toda la tensión. Y si no tenía suficiente, lo que veo me pone más iracundo.
Maldita sea.