Lobo (Mafia Italiana 2) SETENTA Y UNO
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SETENTA Y UNO

LOBO

H e exigido saber dónde cojones se ha metido mi hermano.

Según Tullio, que lo ha rastreado, ha dejado su móvil atrás y va de camino al aeropuerto con Taddeo.

No sé qué mierda pretende, pero no es el mejor momento para tomar decisiones a lo loco.

Debería estar conmigo. Voy a declararle la guerra a Gepetto y él tendría que estar a mi lado.

Nunca ha seguido mis órdenes. Es la persona más impredecible que podrías encontrarte, actúa sin pensar la mayoría de las veces.

Quisiera saber hacia dónde va y con qué intención.

Sé que el secuestro de nuestra madre ha sido un duro golpe para él.

Lo que para mí es Cara, para el es mi madre.

No tiene ese amor sexual, pero sí un cariño tan grande que la necesita con la misma urgencia.

Sin embargo, a mí no me preocupa mucho mi mamma .

Sé de lo que es capaz y estoy seguro de que sabrá resolver cualquier problema.

La conozco y es imparable, calculadora y fría cuando es necesario.

Pero eso no quita que intentaré recuperarla por todos los medios.

Haré lo que sea necesario para llegar a mi objetivo.

Reduzco la marcha, me siguen varios coches.

Algunos más se han unido a lo largo del camino.

Los ha enviado Ennio como refuerzos. El falso Don ya debe de saber que estamos en su territorio.

No vamos de incógnito. No quiero esconderme.

Voy de frente. Y con este gesto estoy avisando de que voy a por todas.

Los motores rugen detrás de mí, uno tras otro, formando una hilera interminable de vehículos de color negro. Dentro viajan hombres que me han seguido hasta el infierno más de una vez. Ellos saben a dónde nos dirigimos y aun así no han dudado en venir. Son leales.

Aprieto la mandíbula al ver el edificio al final de la calle.

Ahí está el corazón de su imperio. Hay demasiada calma a nuestro alrededor.

Eso no es buena señal. Podría dar media vuelta y aceptar que esta guerra está perdida antes siquiera de empezar, pero no he llegado hasta aquí para esconderme.

He venido a exigir respuestas y con lo que obtenga, actuaré en consecuencia.

Freno ante el edificio y, de repente, las puertas se abren.

No solo las de esa edificación, sino las de todos los negocios y casas de las inmediaciones.

A mi alrededor, cada rincón se llena de siluetas.

En cuestión de segundos, la calle se llena de hombres, decenas, y siguen saliendo más y más.

Hasta parece que surgen de cada rincón imaginable.

Cubren las aceras, bloquean las salidas y ocupan escaleras, entradas y balcones.

Mis hombres salen de los coches mientras observan el espectáculo en un silencio cargado de tensión. Nos superan en número. La diferencia resulta insultante. Ahí están todos, demostrando quién tiene el poder, pero ni por un remoto segundo pienso en huir. Si este es mi final, lo recibiré luchando.

En la puerta, rodeado de todos los suyos, está Pantera. Los demás parecen girar a su alrededor como satélites orbitando un planeta.

Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión relajada que me provoca más rabia. No lleva ningún arma en las manos. Su postura relajada y su media sonrisa expresan que cree que no la necesita. Un fallo por su parte, no se puede ser demasiado confiado. Desprende arrogancia.

Cuando nuestras miradas se encuentran a través de la multitud, comprendo que llevaba esperando este momento mucho antes de que yo decidiera aparecer.

Nos estaban esperando, como yo ya había anticipado.

No parece un hombre preparado para una guerra.

Parece un rey observando cómo alguien acaba de entrar voluntariamente en su reino.

Con él también rendiré cuentas, pero mi prioridad ahora mismo es el verdadero emperador, no el bufón que se alza delante de mí.

Salgo del vehículo con entereza y calma. Yo tampoco tengo nada que temer. Yo también estoy hambriento de sangre. Su pantera, a su lado, mueve la cola con el cuerpo pegado al suelo, en posición de alerta, esperando la señal que la desate.

Mis hombres salen de los vehículos, se esconden detrás de las chapas y apuntan con precisión. Las armas cargadas suenan por todo el ambiente.

Ese desgraciado tiene a mi madre, y nadie sale indemne de una provocación así.

La furia me recorre tan deprisa que durante un instante me cuesta respirar.

Una oleada de calor abrasador se extiende por cada rincón de mi cuerpo.

La sangre me martillea en los oídos. El corazón me pide desatar una violencia salvaje.

Todo a mi alrededor pierde importancia. Solo aparece él en mi cabeza.

—¡Gepetto! —grito enfurecido.

Mi voz resuena por todas las paredes haciendo eco.

—Bienvenido, lobito —vacila Pantera.

No tengo tiempo para tratar con un simple subordinado. Quiero a mi madre, y la quiero ya.

—¿Te escondes detrás de tus putos bufones? ¿No tienes cojones de dar la cara? Sé un hombre y baja de tu puto castillo de cristal —bramo a voces, con furia.

Entonces, algunos hombres se apartan de la entrada y él aparece caminando con la expresión de estar molesto. Ahí está mi objetivo. Gepetto.

—¿Qué haces aquí, Ciro? ¿No te ha dicho Sofía que era una mala idea? —inquiere extrañado.

—Eso quisiera saber. ¿Dónde está mi madre? No pienso irme de aquí hasta que me la devuelvas. No me importa comenzar un tiroteo, y a mis hombres tampoco les importa morir. Pero yo me encargaré de que tu también lo hagas —amenazo muy serio.

Avanzo unos pasos hacia él. La pantera me ruge en una clara advertencia. Su dueño la frena acariciándole la cabeza.

—Métete tu puto animal por el culo —suelto en un ataque de ira al ejecutor de Gepetto.

—Quizá sea ella quién te lo arranque a ti de un mordisco. Hoy está hambrienta —se burla con arrogancia.

Gilipollas.

—¿Cómo que te la devuelva? ¿Dónde está Sofía? —pregunta el falso Don dando unos pasos hacia mí.

—Dímelo tú —exijo enfrentándolo cuando llego a él.

Pego mi rostro al suyo y empujo mi pecho conteniendo mi violencia.

—Aléjate ahora mismo o te meto un tiro —avisa Pantera en tono de advertencia.

Gepetto levanta una mano para frenar a su hombre, que ya había dado un paso adelante.

—Yo no sé nada. ¿Qué ha pasado? —su tono muestra urgencia.

¿De verdad no sabe nada? No me lo creo. Santoro trabaja para él, es su puto capo. Ha sido enviado por él mismo. Nadie actúa sin las órdenes de su Don. O miente demasiado bien o… Pero ¿con qué finalidad? ¿Por qué pretende hacer como que no la tiene?

—Sí lo sabes —afirmo pegándole con la palma de la mano en el pecho.

Él me clava una mirada llena de advertencia—.

Tu capo, el desgraciado de Santoro, acaba de secuestrar a mi madre.

No me digas que no sabes nada porque no actuaría sin tu consentimiento.

¿Para qué quieres a mi madre? Si es por lo de La Nonna, has caído muy bajo.

Enfréntate conmigo. En mi familia tenemos una regla muy clara: las mujeres no se tocan —aunque Elio no la cumpla—, pero ya veo que tú no tienes valores morales.

Las prostituyes y las engañas. Eres un hijo de…

—¡Basta! —me corta en tono furioso. Ahora es él quien empuja mi pecho.

Estamos al límite. Él me tiene ganas, y yo a él aún más—.

Hay que buscar a Santoro cuanto antes. Te lo explicaré todo, pero antes tenemos que encontrar a Sofía.

El tiempo es oro, y una vez que salga del país será muy difícil conseguir su paradero—pronuncia pasándose la mano por el pelo.

Se gira y le hace una seña con la cabeza a uno de sus hombres.

Frunzo el ceño intentando adivinar qué pretende.

No entiendo nada. ¿Y esa actitud? ¿Cómo que él no ha tenido nada que ver?

Santoro tiene asuntos personales conmigo, pero, joder, ¿hasta el punto de engañar a su propio Don?

No debería extrañarme. Ya vi la clase de persona que es.

Violaba a mi madre, a su propia sobrina, tenía engañada a toda mi familia y organización.

Es el mal personificado.

—Si me das dos minutos, puedo explicarte algunas de tus preguntas —pide Gepetto indicándome que entre a su casa.

A su casa.

¿Perdona?

¿Es una trampa?

No entiendo nada.