SETENTA
LOBO
N oté al momento que Cara se levantó de su silla. Solo la descuidé un par de minutos, y me odio por ello. Estaba inmerso en los detalles de mi próximo negocio con Alaric. Iba a cortarle, pero vi cómo mi madre la seguía. Ella siempre está atenta a cada detalle, tengo a quien salir.
Pasados tres minutos, me comencé a desesperar hasta el punto de que no aguanté más y salí en busca de las dos.
Elio entendió desde lejos lo que pasaba.
Aunque parezca que está desinhibido, está alerta en cada momento.
Salió detrás de mí cambiando su faceta por completo.
De chico que está de fiesta a ejecutor de La Cosa Nostra.
—No tengo ni idea de dónde se habrán metido —comenta exasperado mi hermano en voz alta.
Estamos buscando en cada rincón del edificio. Tullio llega corriendo, puedo notar la urgencia en sus movimientos.
—Lobo, se la han llevado —anuncia con la respiración acelerada. Esa confirmación me hace ponerme en la peor de las situaciones. No solo han secuestrado a mi mujer, sino también a mi hijo—. A Sofía. Ha sido Santoro. Lo acabo de ver por las cámaras de seguridad de la zona.
Tengo grandes hackers en la familia. Agradezco tenerlos porque en cuestión de minutos he podido saber la verdad.
Mi pecho se alivia un poco. No es que no me importe mi madre, pero sé de lo que es capaz y sé que puede sobrellevar la situación.
Al contrario de Cara, que no sé dónde estará ni en qué estado. Todavía está muy susceptible.
—¿Cómo? —Elio coge por el cuello a Tullio—. Dime que no es verdad.
Él no podría vivir sin mi madre. Llega a rozar la obsesión por ella.
No es solo cariño lo que siente, es devoción.
Siempre ha tenido una necesidad constante de verla bien, de escuchar su voz, de asegurarse en todo momento dónde estaba.
Cualquier preocupación relacionada con ella es capaz de arruinarle el día entero.
—Tranquilízate —freno a mi hermano—. Daremos con ella. Sabes que mamma sabe actuar mejor que incluso nosotros.
—¡Voy a matar al puto Gepeto! —grita Elio enfurecido.
—De eso no cabe duda —sentencio con contundencia.
—¡La tengo! —exclama Ennio desde la otra punta.
Si mi madre no está, espero que de la que esté hablando sea de Cara. Corro desesperado hasta su posición.
—El dron la ha visto en el pasillo del personal —informa mi hombre cuando paso por su lado.
Mis hombres y yo bajamos las escaleras a zancadas. Necesito verla y confirmar que están bien. Ella y mi hijo.
Mis pesadillas se hacen presentes cuando la veo tirada en el suelo. Mi corazón se paraliza, pero eso no me impide correr con más fuerza.
—¡Cara! Cara. —La zarandeo hincando las rodillas para levantarle la cabeza.
Respira con dificultad, los ojos en blanco. Está teniendo otro ataque de ansiedad.
—Mírame, respira —exijo cogiendo su rostro entre las manos. Me giro un segundo buscando a Elio, pero no lo veo. Entonces me dirijo a Ennio—. ¡Llama a Mattia y Aurora! Los quiero en casa ya —ordeno enfadado.
—¿Ciro? Sofía… —balbucea mi chica con la respiración entrecortada.
—Lo sé. Tú solo céntrate en ponerte bien. De lo demás me encargo yo —aseguro con contundencia.
La levanto en mis brazos y ella se aferra a mi pecho. Siento cómo se va calmando. Me la pone dura saber que soy su paz, su refugio, su lugar seguro. Eso quiero, que me necesite tanto que no pueda vivir sin mí, que sienta lo que yo siento. Porque yo ya no podría seguir viviendo sin ella.
Salgo del edificio rodeado de todos mis hombres. Le hago señas a Ennio para que abra la puerta de su coche y la tumbo en el asiento trasero. Le doy un beso lleno de amor sobre la frente. La quiero tanto que hasta duele.
—Blinda la casa, que no salga ni entre nadie en mi ausencia.
Solo Mattia y Aurora. No le quites el ojo a Cara.
Querrá explicaciones, y yo se las daré cuando vuelva —le ordeno a Ennio cerrando la puerta—.
Si sucede cualquier incidente y Cara o Jasmine tienen un solo rasguño, lo pagarás con tu vida —aseguro.
Él asiente con decisión. Mis amenazas los motivan más. Y no porque sepan que no son ciertas, porque Dios sabe que las cumplo, sino porque así saben lo importante que es este asunto para mí. Les dejo mi vida en sus manos, y ellos darían las suyas por la mía.
Me parte el corazón dejarla sola, pero sé que está bien. Ya respiraba con normalidad. Se ha quedado dormida supongo que del esfuerzo. Cuando llegue a casa, los doctores se encargarán de ella y mañana cuando despierte solo será una mala pesadilla para ella.
Aunque no para mí.
Porque yo seguiré en ella.
Voy a desatar el infierno en este instante.
Gepetto tiene las horas contadas.