SESENTA Y NUEVE
CARA
M e noto las piernas supercansadas e hinchadas.
Cuando terminamos de comer, pasamos a un jardín enorme que hay en la parte de atrás del edificio.
Están sirviendo copas de alcohol. Está todo a mi alrededor decorado con luces y un dj pone música desde un pequeño escenario.
Los ricachones aprovechan estos eventos para desfasarse.
Al ser de las pocas personas que están sobrias, me doy cuenta de todo.
La mayoría de hombres que salen del pasillo que da al cuarto de baño, se rascan la nariz como si no hubiera un mañana.
Eso es de la raya que se han metido. Lo sé por experiencia.
Algunas mujeres ligan a escondidas de sus maridos.
Hay una que no para de reírse porque lleva ya tres copas en menos de media hora.
Seguro que si Ciro enciende uno de sus cigarrillos a su lado, sale ardiendo de los litros de alcohol que le recorren la sangre ahora mismo. Ahogo una carcajada solo de imaginarlo.
Elio está riéndose con ganas con uno de los que estaba sentado a la mesa.
Ciro charla con más seriedad con otro. Yo me he sentado en un taburete porque no aguantaba más de pie.
Y aunque Ciro está a solo pocos centímetros de mí, vuelvo a sentir esa sensación de que estoy fuera de lugar.
Cada vez que él me mira, me obligo a sonreírle metida en el papel por completo. No quisiera fastidiarle la noche.
No paro de pensar en las ganas que tengo de ponerme mi pijama y comerme la tableta de chocolate que tengo guardada en el frigorífico. Creo que vi un paquete de patatas Lay’s sobre el mueble. Ese también caerá esta noche en mi estómago. Se me hace la boca agua solo de pensarlo.
Creo que me explota la vejiga, necesito ir al baño.
Pienso en avisar a Ciro, pero está de espaldas hablando con mucha intensidad, así que es mejor no cortarlo.
Serán solo unos minutos. Me levanto y camino entre la gente.
Algunos hombros de mujeres desbocadas bailando chocan conmigo.
Me escabullo como puedo hasta que llego al pasillo y veo de lejos la puerta del baño.
De repente, un hombre me hinca los dedos en el brazo.
—Perdona, creo que te has confundido —suelto creyendo que ha pensado que soy su esposa.
—Camina rápido conmigo y no hagas preguntas. Si te vuelves o pides ayuda, tu hombre y su familia están muertos —declara en tono amenazante.
Se me hiela la sangre. Apenas puedo respirar.
El miedo me llena paralizando mis músculos.
Siento un pánico ensordecedor. ¿Quién es este?
¿Qué quiere? Sabe bien quién soy porque ha mencionado a Ciro.
Mierda, ¿es un hombre de Gepetto? ¿Me encontraré con Pantera?
Si es así, no tengo miedo, porque dejaré salir toda mi ira contra él.
La sensación de antes se disipa un poco, dejando lugar a la rabia y la valentía. Otra cosa no, pero rencorosa y vengativa soy la que más. Cuando mi objetivo se pone a tiro, me dan exactamente igual las consecuencias.
—Cuando se entere Ciro de esto, serás hombre muerto —aseguro con contundencia.
El hombre se ríe de mis palabras. No te reirás tanto cuando eche tus ojos de comer a Ares, maldito hijo de la gran puta.
Me dirige por los pasillos vacíos, giramos en uno a la izquierda y bajamos un tramo de escaleras.
Luego, atravesamos lo que parece un pasillo de personal.
Ojeo las puertas y puedo ver la cocina a través de una de ellas.
Me está sacando a escondidas. Por una parte no quiero que Ciro se dé cuenta.
Si nos descubre, podría terminar muerto en una pelea entre bandas.
Ese pensamiento me produce un escalofrío.
Debo evitar a toda costa que él me encuentre.
Abre una puerta que no sabía ni que estaba ahí para salir al exterior. Mi sorpresa es inaudita cuando a quien me encuentro recostado sobre la chapa del todoterreno es a Lamberto Santoro rodeado de varios hombres armados hasta los ojos.
—¿A quién te has comido para ponerte así, Axa? —suelta el capo con despotismo.
“AXA”.
Me cago en tus muertos. No consiento que nadie se meta con mi físico. Aunque yo me envenene a mí misma a veces, nadie más tiene esa potestad.
—A tu puta madre. Le faltaba sal, por cierto. Se ve que lo soso viene de familia —bramo con vacile.
Cambia su rostro de seguridad por enfado. Arruga el entrecejo y camina hacia mí a zancadas.
—Desagradecida de mierda. —Me abofetea—. Después de todo lo que he hecho por ti.
Me río.
—Deberías de mirarte eso. Creo que no estás muy bien de la cabeza. Violarme, maltratarme, obligarme, anularme como persona... Si todo eso lo ves bien, es que te hace falta un chaleco blanco de los que se amarran detrás y una habitación acolchada —me burlo envalentonada.
Pongo las manos sobre la cintura y levanto la barbilla. Siendo realista no tengo forma de salir viva de aquí, pero eso no quita que vaya a dar toda la guerra que pueda. No se lo pondré fácil.
NO.
—¡Cogedla! —ordena furioso.
La puerta a mi espalda se abre asombrándonos a todos. Los hombres apuntan con sus armas.
—Esto sí que es una sorpresa —afirma Santoro con una gran sonrisa—. Bienvenida a nuestra pequeña reunión, Sofía.
—¿Qué haces aquí, Lamberto? —inquiere ella con cautela.
—Joder a tu hijo. ¿No es evidente? Él se ha llevado a una de mis muñequitas. Voy a darle una lección —manifiesta.
—Pues te equivocas —le contradice ella, evita mirarme—. Ella es solo eso, un juguete. Creo que no merece la importancia que le estamos dando. Al fin y al cabo, estará toda su vida de mierda siendo violada por Ciro. ¿Sabes que también se la ha pedido Elio? La van a destrozar.
Si creía que no podría haber nada más que me impactara, estaba equivocada. Esas palabras han dolido mucho. Mucho. No puedo creer que Sofía esté hablando así de mí.
—¿Y qué pretendes diciéndome todo eso? —insiste el viejo asqueroso.
—Llévame a mí. Ella no es valiosa —dispone.
—Si tan poco valor tiene, ¿por qué vas a dar tu vida por ella?
Observo la conversación como si fuera un partido de tenis.
—Es que para mí no la estoy dando. Yo nunca he sido partidaria de lo que hicieron mis hijos contigo. Te echo de menos, y te aseguro que lo pasarán peor si me llevas a mí que a una simple puta con la que juegan —asegura Sofía con tono frío.
Joder. Mi corazón se ha partido en pedazos. Duele mucho que se dirija a mí de esa forma.
—Tienes razón. Vamos, querida. Empecemos la función. —Santoro le hace un gesto para que ella entre en el coche por su propio pie.
—Te dije que haría cualquier cosa por ellos. No olvides tu papel —susurra en voz baja cuando camina por mi lado con la espalda recta y una mirada tan gélida que haría temblar a cualquiera.
Mierda. Lo hace por ellos. Por mí. Se está sacrificando tal y como me dijo. Dios, no. Ella ya pasó por un infierno. Volver a él tiene que resultarle insoportable.
—Nos volveremos a ver, Axa, estoy seguro de ello. Procura no comer mucho más o tendremos que deshacernos de ti —finaliza entrando en el vehículo.
Todos los hombres se montan en los coches que hay alrededor. Antes de alejarse, Sofía me echa una breve mirada. Sin palabras, he notado su tristeza, su vulnerabilidad.
Se me parte el corazón. Hay que hacer algo. Tenemos que salvarla de sus asquerosas manos. Me obligo a moverme. Corro hacia dentro obligándome a recordar por dónde he pasado. Abro una puerta y fallo, es un almacén.
Me cuesta respirar. Estoy sintiendo lo mismo que cuando tuve aquel ataque de pánico. Me fuerzo a correr. Me quito los tacones para no tener obstáculos. Empujo otra manilla y tampoco, es una habitación llena de estanterías con carpetas y documentos.
Estoy perdida. No me acuerdo del camino y tampoco puedo pensar.
Me pongo de rodillas al fallarme las piernas.
Me agarro la garganta al notar que no me entra el aire.
La vista se me nubla. Al fondo del pasillo veo una silueta.
Creo que es Ciro. Ojalá. Espero que mi mente no me esté jugando una mala pasada, porque de verdad que necesito solucionar este problema antes de morir. Sofía se merece ser feliz.
Y nunca me perdonaré este momento si no la salvo porque todo es culpa mía.