SESENTA Y OCHO
CARA
D espués de cientos de presentaciones tediosas y aburridas, nos sentamos en una mesa.
Hay varias repartidas por toda la sala. Cada una está rodeada de unas doce sillas, y Ciro me ha indicado cuál es mi asiento.
Luego, Sofía se ha posicionado a mi lado izquierdo, Ciro al derecho y Elio a continuación de su hermano.
He visto a Sofía y Elio hablar con todos con una desenvoltura digna de personas con poder, igual que mi chico. Ellos brillan por donde van. Se hacen notar, y con razón, porque tendrían que ser ciegos para no verlos. Tienen carisma, elegancia y desprenden respeto.
Sin embargo, yo parezco un perrito siguiéndolos, totalmente desubicada. Ciro no ha parado de besarme los nudillos, me cogía por la cintura y me acercaba a él, pero aun así, me siento fuera de lugar.
Sofía me hace señas para que me ponga la servilleta en el regazo.
La imito. Menos mal que la tengo a ella.
Ciro está hablando con alguien de la mesa, creo recordar cuando me lo presentó que era el dueño de Iceberg, la mayor compañía de compra y venta de acciones.
Mi chico gira el rostro hacia mí y frunce el ceño.
—Estás demasiado lejos —comenta en voz alta. Deja de atender al hombre para coger el borde de mi silla y arrastrarla hacia él. Me pega tanto a la suya que no queda ni un centímetro de espacio—. Ahora mejor —afirma con una sonrisa llena de seguridad.
Me besa el cuello. Pone una mano en mi muslo, que queda al descubierto por la abertura del vestido. Me muero de la vergüenza con tanta atención en público, cosa que a Ciro no parece importarle lo más mínimo. Muestra una seguridad apabullante.
Le devuelve la contestación al hombre con el que mantenía una conversación como si lo que acabara de hacer conmigo fuera mucho más importante que cualquier negocio.
De reojo veo a Elio reírse. Lo obvio. Siempre está vacilando a su hermano y su única diversión es hacerlo enfadar todo el tiempo.
Veo por primera vez al hermano con traje de chaqueta y no entiendo cómo no hace más uso diario de él como Ciro, le queda espectacular.
Parece una persona elegante y poderosa. No el típico niñato chulo y vacilón que es siempre.
En fin, sea como sea, toda mi vida he escuchado habladurías muy fuertes del Bestia, y ahora que lo conozco, no me creo ni la mitad.
Me cae muy bien y conmigo es todo diversión y buen trato.
Puede ser también que sea porque yo no estoy en esa parte de la historia y nunca veo de lo que es capaz.
—¿Estás aburrida? —me pregunta Ciro en el oído. Niego con la cabeza—. Necesito ir al baño. ¿Podrás quedarte sola unos minutos?
—La duda ofende —respondo con una sonrisa.
Él se levanta no muy convencido. Sofía me hace señas para que me junte a ella. Acerco mi silla a la suya.
—Te he visto mirando a Elio. ¿Ocurre algo? —pregunta curiosa—. Si te ha soltado alguna de las suyas, voy a matarlo.
Niego divertida.
—Pensaba en lo diferentes que son los dos. Tengo curiosidad por saber si mis hijos serán también tan distintos —comento observando a Elio.
—Te voy a contar un secreto. Confío en tu discreción, has demostrado ser parte de la familia —murmura cerca de mi oído—. No son hermanos. Elio es adoptado. Si es por la crianza, los he intentado educar por igual, pero cada uno es como es. Eso no se puede evitar.
¡¿Qué?! ¿Cómo? Elio y Ciro ¿no son hermanos? Abro los ojos asimilando esas palabras.
—¿Ellos lo saben? —inquiero sorprendida—. ¿Y Jasmine?
—Creen que son hijos de Pierino, y ninguno de los dos lo es —afirma con calma poniendo su tenedor recto—. Y Jasmine, bueno, ella sí sabe que sus hermanos son de otro padre. Ella es hija de Lameberto Santoro.
Mi corazón deja de latir. Ese nombre no quiero ni escucharlo. ¿Cómo es posible? Bebo un sorbo de agua porque no puedo ni formular la pregunta.
Sofía me cuenta que Santoro llegó a la mansión cuando Pierino murió.
Él aseguraba que era uno de sus socios y desde primera hora hizo como que se portaba bien con todos.
Ella me cuenta su punto de vista. No le quedó otra que aguantarlo porque una mujer en la mafia no era nadie y si intentaba escapar con sus hijos, sabía que los encontraría y los mataría a todos.
Poco a poco voy enterándome de más detalles por parte de cada integrante de la familia.
—¿Y por qué tuviste a Jasmine? —interrogo sorprendida por todo lo contado.
—Porque me obligaba a mantener relaciones con él.
A mis hijos les he dicho toda la vida que me enamoré de él y por eso estaba ciega con todo lo que hacía, pero la realidad es que me moría de miedo.
Me tenía amenazada y —hace una pausa porque le está afectando esta confesión— haría cualquier cosa por mantener a salvo a mis hijos. A los tres.
Dios mío.
—¿Por qué me cuentas esto, Sofía? —mi voz suena débil e impactada.
—Como siempre he dicho, la información es poder.
Tú me sustituirás y Santoro tiene cuentas pendientes con nuestra familia.
En algún momento querrá cobrárselas. Ciro asesinó a su sobrina, que era la prometida de Elio.
Mi hijo descubrió que Santoro se acostaba con esa niña y evitó que Elio cometiera el mayor error de su vida, casarse con ella.
—Dedica una mirada de soslayo a los demás asistentes—.
Estoy segura de que se desatará una guerra, pero no será contra Gepetto como creen mis hijos, Cara, y necesito que tú seas la que los mantenga unidos, la que tome el control y evite que todo lo que hemos construido se derrumbe —explica con calma—.
Sé que te volcarás con Ciro y Jasmine, pero quiero que me prometas que no dejarás de lado a Elio.
Por favor, no lo des por perdido. De los tres, ha sido el que más atención me ha reclamado.
Siempre ha necesitado más cariño y comprensión.
Detrás de esa fachada que tiene, es una persona atenta y buena.
Solo hay que saber entrar en su corazón.
Entrelazo los dedos, nerviosa. Ha puesto un gran peso sobre mí y no creo ser capaz de todo.
—Estás tú para todo eso, Sofía. Tú eres su madre —rebato.
—A Ciro le espera su familia —me acaricia el vientre—, a Jasmine le queda toda la vida por delante, y a Elio estoy segura de que le espera un amor que le hará que sane y deje ver su verdadero ser.
Pero yo… Yo no tengo nada que perder. Si tiene que haber en algún momento un sacrificio en la familia, ya tienes claro quién será —finaliza con una sonrisa afligida.
Resulta que tampoco ha tenido una vida fácil. También la maltrataron como a mí. También la usaron. La mujer de la fachada de hierro se hizo fuerte a base de golpes. ¿Por eso empatizó conmigo desde el primer momento? Estoy segura de que sí.
Me acongoja escucharla hablar así de derrotada. No estoy acostumbrada a verla así. Siempre tiene esa expresión de quien maneja el mundo a su antojo, de una seguridad inquebrantable. Pero veo que nunca se conoce del todo a las personas.
Ciro me toca la espalda al llegar a la mesa. Me sobresalto.
—Te has puesto muy lejos, cara mia . Ven aquí —acerca mi silla a la suya con el mismo gesto de antes—. Siempre conmigo.
No puedo evitar mirar de reojo a Sofía. Ha vuelto a su charla con los demás integrantes de la mesa. Nuestra conversación ha estado llena de secretos y confesiones. Ignoro cuál será mi papel el día de mañana en todo esto, pero de una cosa estoy segura.
Nunca nadie podrá ser como Sofía Barone, la mujer de acero.