SESENTA Y SIETE
CARA
H an pasado un par de semanas desde la noticia y he cogido unos kilos de más. Ya no tengo el brazo tan delgado y ya no se me notan los huesos.
La temperatura está mucho mejor y ya podemos pasar las noches en la terraza sin congelarnos.
Hemos hecho muchas sesiones de cine con Jasmine.
Ciro ha delegado la mayoría de su trabajo a Elio y ahora pasa casi todo el tiempo en casa, cuidándome.
No me deja ni mover un pie sola. Me tiene en una burbuja.
Ayer estuvimos hablando de que hoy tenía una cena benéfica en Terni.
Por los negocios, era necesario que apareciera por allí.
Sofía estuvo convenciéndolo para ir, decía que solo ocurría una vez al año y todos los grandes empresarios y políticos que están compinchados con La Cosa Nostra esperaban verlo allí.
Ciro no quiere que en mi estado me exponga a ningún tipo de peligro.
Sigue empecinado en que en cualquier momento, Gepetto hará de las suyas.
Pero yo no puedo estar metida en esta casa para la eternidad.
Es de oro y lujo, pero, al fin y al cabo, una jaula.
Mi embarazo lo sigue de cerca la doctora Aurora Colonna, una matrona compañera y amiga de Mattia. De momento va todo bien, estoy de poco más de cuatro semanas. Los vómitos siguen, los mareos también a veces, pero bueno, ya lo veo parte de mi rutina.
Ayer elegí por internet un vestido de una boutique .
Tardó unas horas en llegar y resulta que me quedaba pequeño cuando fui a ponérmelo.
Casi estuve a punto de tirar la toalla. Ver mi cuerpo así me produce rechazo a veces porque llevo años siendo delgada.
Me vine abajo y comencé a llorar. Sofía me dio consuelo llevándolo ella misma a la boutique con mis medidas reales, y no se fue hasta que se lo cosieron y arreglaron.
Está muy dedicada a mí, igual que su hijo.
Ahora es ella la que está subiéndome la cremallera mientras yo me retoco el maquillaje mirándome en el espejo.
Ciro ha aprovechado para consultar unos datos con Elio.
Me expuso que para ir allí tiene que estar al tanto de toda la actividad que está llevando en su vida diaria cada uno de los presentes, para que no puedan chantajearle y seamos nosotros los que nos aprovechemos de la información. Es un as en el negocio, sabe actuar.
—Perfecto —anuncia Sofía al cerrar la cremallera por completo—. Te queda increíble.
Dejo de revisarme el cabello para alejarme unos centímetros y ver mi figura. Tuerzo la boca un poco disgustada.
—Me queda fatal —suelto insegura.
—Para nada. Estás muy negativa. Estás guapísima. El embarazo te sienta bien. Tienes otro brillo en la cara —pronuncia con dulzura acariciándome un hombro—. Vamos, acaba. Te espero abajo.
Me dedica una sonrisa antes de irse de la habitación. El vestido verde tiene una abertura lateral y un escote demasiado pronunciado. Es verdad que ayer cuando lo vi me enamoré de él, pero hoy al vérmelo puesto, ya no. En fin, no me queda otra; es tarde y no tengo nada más que ponerme.
Al dar los primeros pasos, me quedo muy quieta, paralizada.
El eco del sonido de los tacones resuena por toda mi mente.
Eso me trae malos recuerdos. Llevo muchos días en zapatillas, pero mis pies no se han quejado cuando me he puesto los zapatos de tacón alto.
Los reconocen, están ya hechos al dolor, al sufrimiento, igual que yo.
Pero solo de escuchar el ruido, mi corazón se encoge como si de un mal augurio se tratase.
Me obligo a respirar en profundidad. “Ya no estás allí, y nunca más lo estarás. Ahora eres otra”, me repito en mi interior.
Debo ser fuerte. Doy un paso que resuena por todos lados, abrumándome.
Ahora sé lo que valgo. Doy otro que me hace temblar.
Merezco vivir mi vida. El siguiente lo poso con más decisión.
Avanzo por el pasillo haciendo acopio de toda mi valentía. Algún día dejará de doler y mientras lo cargaré como una cruz, pero sin dejar que cambie mi vida o me afecte más de lo necesario.
Me levanto un poco el vestido para bajar las escaleras. Me centro en mirar los escalones para no caerme. No me da lugar a levantar la barbilla cuando noto que Ciro me coge en brazos.
—¡Oye! —exclamo sorprendida—. Puedo caminar.
—Lo sé —afirma con una sonrisa—, pero conmigo no tendrás que hacerlo —suelta en tono prepotente.
—Eres tonto —contesto.
Me río al ver su ceja levantada. Elio va en su propio coche con Sofía.
Ya nos esperan fuera. Rosi nos abre la puerta principal.
Ciro me deja en el suelo con delicadeza, justo en la puerta del coche.
Al vernos, su hermano arranca el motor y se va hacia la carretera seguido de un convoy por seguridad.
Ciro dedica unos segundos a observarme de arriba abajo.
—Estás preciosa, mi reina.
Junto las manos delante de mi vientre con timidez. Bajo la barbilla un poco. No sé cómo puedo sentirme tan insegura cuando él está todo el tiempo diciéndome obscenidades y comiéndome con la mirada. No hay ni un solo día de aquí a atrás que no me haya insinuado barbaridades.
—Tú también —respondo.
Levanto un poco la vista. Lo observo mientras ajusta el puño de su chaqueta.
Lleva traje casi todos los días, pero hoy es diferente.
No sé si es por la forma en que la tela se ciñe a sus hombros, la seguridad con la que se mueve o esa expresión peligrosa que le endurece las facciones.
Está insoportablemente atractivo. Mi pecho se aprieta y el calor me recorre la piel.
No es solo amor lo que siento al mirarlo, es una atracción feroz, un deseo descomunal que me hace imposible apartar los ojos de él.
—Si sigues mirándome así, le van a dar por culo a la puta cena y voy a llevarte con Ares para que se te quite lo provocadora —susurra muy cerca de mi rostro—. Me encantan lo grande que se están poniendo mis tetas.
No hemos vuelto a hacer nada con el lobo y es la primera vez que me amenaza con ello. No puedo describir la sensación que se me ha instalado en el estómago. ¿Podría volver a hacerlo? Puede.
—¿Tuyas? —Levanto una ceja.
—Mías. Como lo eres tú —asegura con seguridad.
Empujo su pecho para alejarlo. Estoy viendo sus intenciones, lo conozco. Nunca se sacia de sexo. Está todo el día pegado a mí buscando contacto.
—Móntate en el coche y deja de hacer el imbécil —pronuncio en tono vacilón.
Él esboza media sonrisa. Abre la puerta de mi lado para ayudarme a sentarme y mete el bajo de mi vestido hacia adentro. Me da un beso en la frente antes de cerrar.
Espero que nunca cambie. Me encanta lo volcado que está conmigo, lo caballeroso que es cuando tiene que serlo, y lo bruto y sádico que es cuando merece la ocasión. No hay nada en él que yo rechace, para mí es increíble. Con todos sus defectos.
Se abre la gran verja de la entrada. El guardia lo saluda. Observo por el retrovisor cómo detrás nuestra se forma una fila interminable de vehículos, incluso más que los que iban con Elio. Claro, es su Don.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Ciro cogiéndome la mano.
Asiento. Está todo el tiempo haciéndome esa pregunta. Nunca había sido tan importante para alguien. Me siento la chica más afortunada del planeta.
—Dame tus pies, relájate —me pide.
Frunzo el ceño, pero él insiste. Levanto las piernas y las pongo por encima de su regazo.
Él con una mano en el volante y la otra sobre mis zapatos, los desabrocha.
Luego me masajea y me acaricia las piernas.
Últimamente las tengo muy hinchadas y su contacto me relaja.
A la mierda el peinado, encorvo la espalda y apoyo la cabeza en la ventanilla.
Después de poco más de una hora, cuando ya ha anochecido, llegamos. Me he quedado un poco dormida en el viaje. Él sin parar de darme mimos. Estaba muy cómoda y relajada.
Ciro frena justo delante del edificio donde se va a celebrar.
Miro por la ventanilla y se alza majestuoso ante mí, envuelto en la elegancia de otra época.
Su fachada de piedra clara, adornada con columnas y balcones ornamentados, desprende lujo y exclusividad.
Una larga alfombra recorre la entrada desde la acera hasta las imponentes puertas de madera tallada, como si anunciara que solo los acontecimientos más importantes tienen cabida entre aquellos muros.
Las luces cálidas que escapan por los ventanales hacen brillar la piedra antigua, otorgándole un aire solemne y distinguido.
Los zapatos vuelven a mis pies. Giro el rostro hacia él y lo veo amarrando la hebilla de mis tacones. Le sonrío por su trato tan atento y dedicado.
Él le rodea el deportivo para abrir mi puerta, no sin antes lanzarle la llave a un aparcacoches. Me ofrece su mano para ayudarme. No me falta detalle con él. No creo que nadie pueda sentirse más consentida que yo.
Sofía y Elio nos esperan en lo alto de las escaleras. Camino agarrada a su brazo. De vez en cuando él se inclina hacia mí para darme besos en el cuello.
—¿Y si no les caigo bien? —pregunto con la voz temblorosa.
Mi inseguridad vuelve a aparecer. Es lo que tiene haber sido tanto tiempo una muñeca sin decisión.
—Que les follen. ¿Crees que me importa su opinión? Tenemos el poder de borrarlos del mapa si nos diera la puta gana —sentencia—. Así que cuando creas que no tienes poder aquí, piensa que con una sola palabra tuya, yo haría que los enterraran bajo tierra sin que me temblara el pulso, cara mia .
¿De verdad estaría dispuesto a eso? Qué tonterías digo. Claro que lo haría. Ya me lo ha demostrado. Pobre del que se enfrente con él. El Lobo es imparable.