SESENTA Y SEIS
CARA
J usto al ver que ya me he quedado sola con el doctor al fin, suspiro.
—Cuénteme qué le ha sucedido —me pide.
—¿Podemos tutearnos? Es una situación bastante difícil como para tratarla con un desconocido —expreso un poco nerviosa sin saber por dónde empezar.
—Estoy de acuerdo, Cara. Cuéntame —afirma con cercanía.
Me siento en el sofá. Procedo a contarle todos los síntomas que he tenido.
Mareos, vómitos, náuseas, cansancio. Le hablo del ataque de pánico y de la bajada de tensión que he tenido hace un rato.
Mientras lo hago, me pone el tensiómetro en el brazo para medirme la presión. Al pitar, él asiente con la cabeza.
—Ahora mismo la tienes bajita, pero estable —anuncia—. ¿Desde cuando te pasa lo de los vómitos?
—Pues… —pienso unos segundos—. Creo que he perdido la cuenta. ¿Días? He pasado por un cambio en mi vida enorme y a veces siento que estoy disociada.
—¿Fiebre? ¿Dolor de garganta? —pregunta auscultándome el pecho. Niego con la cabeza—. ¿Has podido ingerir comida en mal estado? —Niego—. ¿Dolor de pecho? —insiste mientras guarda el estetoscopio.
Niego de nuevo. Frunzo los labios y mi pierna comienza a moverse de los mismos nervios.
—¿Por qué pienso que estás ocultándome información? —suelta poniendo las manos en la cintura.
Resoplo. Cierro los ojos. Es muy difícil afirmarlo en voz alta. Quería que solo fueran suposiciones, no nada real. Quiero decírselo, pero tengo miedo a la respuesta.
—Creo que estoy embarazada. Tengo un retraso —confirmo más para mí que para él.
De repente, la puerta se abre de par en par. Ciro entra como un huracán sobresaltándome.
—¿Embarazada? ¿Y querías echarme de tu vida? Joder. —Camina de un lado a otro, frustrado, con las manos sobre la nuca—. ¿Y me echas de la habitación para que no me entere?
—¡¿Qué haces aquí?! —grito poniéndome en pie—. ¿Esta es la confianza que tienes en mí?
Estoy muy enfadada.
—La misma que tú tenías conmigo. Que eso te haga pensar si la tengo o no —arremete furioso.
Su madre y hermano nos miran desde la puerta con la expresión perpleja. Tiene razón, yo tampoco he confiado en él. Me ha costado muchas veces ser sincera. Desde el primer momento, no paré de ocultarle información sobre mí, sobre mi alrededor. Yo tampoco soy el mejor de los ejemplos.
Pero me rompe el corazón esa reacción. ¿Acaso ve tan horrible ser padre? Quizá no es algo que esté en sus prioridades. Nunca hemos hablado del tema. Bueno, en verdad sí. He hecho el amor con él porque me mencionó la palabra “familia”, y pensar eso me confunde hasta límites insospechados.
—Bien. Ya se ve la ilusión que te hace ser padre. Puedes irte, que si lo estoy, ya veré yo cómo salgo adelante —dictamino con dureza y en tono frío.
—No lo entiendes. Si estás embarazada, no habría nada mejor en este mundo.
No pediría nada más. Lo tendría todo en la vida.
Sería el más feliz. Un sueño —explica lleno de ilusión, pero luego cambia su rostro dejándome ver su decepción—.
Lo que me jode es que sigas sin confiar en mí, que sigas ocultándome cosas después de todo lo que hemos vivido.
¿Acaso no te he demostrado ya suficiente?
Sí que lo ha hecho. Hasta el punto que se ha jugado todo por mí. Todo. Soy una mierda de persona que le está haciendo daño al amor de su vida. Tiene razón.
Bajo la mirada al suelo y aguanto las lágrimas. Él no se acerca, sé que está dolido. Quizá sea mejor para él otra mujer. A lo mejor Mila le hace la vida más fácil. Yo solo doy problemas.
Para mi sorpresa, él me agarra de las mejillas. Levanta mi rostro hacia el suyo y pone nuestras caras muy cerca, clavándome sus ojos, intensos y decididos.
—Nunca más bajes la cabeza. Eres una reina, y las reinas no la bajan. Perdóname. Aunque a veces llegue a mi límite, volveré a retroceder las veces que haga falta por ti. Nunca dejaré de intentar tener toda tu confianza. Una y otra vez. Toda la vida —asevera decidido.
—Te quiero —susurro en un hilo de voz.
Mis lágrimas caen sobre sus manos. Junta su frente con la mía. Luego, me da un dulce beso en ella. Me derrito cada vez que lo hace.
—¿Un bebé? —pregunta Ciro en un susurro con una gran sonrisa llena de felicidad.
Me río feliz de ver su alegría.
—En realidad —interrumpe el doctor, carraspea—, aún no lo sabemos. Deberías hacerte esta prueba. —Levanta un Predictor.
Asiento fijando los ojos en la prueba de embarazo.
—¿Y si sale negativo?
Ahora la inquietud reaparece al pensar que Ciro se puede volver a decepcionar si todo han sido suposiciones mías.
—Pues querrá decir que tienes una enfermedad grave y habrá que ir buscando un ataúd bonito para ese cuerpo bonito —bromea Ciro sin preocupación.
Le golpeo un hombro por ese comentario de mal gusto.
—Sé que saldrá positivo. Te han crecido unas tetas enormes. Ya me muero porque esta parafernalia termine para disfrutar de ellas. ¿Qué prefieres el pezón izquierdo o derecho? —vuelve a bromear, pero en voz bajita finalizando en una risa alegre.
Le pego de nuevo, con más fuerza. Menos mal que me lo ha dicho al oído y solo lo he escuchado yo. Es un sinvergüenza. Me río contagiada por la euforia del momento. Cojo la prueba de embarazo que el doctor me ofrece y camino a paso decidido hacia el baño.
Bueno, ahora sabremos cuál es nuestro futuro.
Los minutos sentada en el váter se hacen eternos. Esto será un antes y un después en mi vida a todos los efectos, sea cual fuere el resultado. Aún me queda mucho por superar, por sanar, pero juro que estoy intentando seguir adelante.
Desde aquí escucho los pasos ansiosos de Ciro por toda la habitación. Escucho murmullos de Sofía, pero no alcanzo a oír bien lo que dice. Me da por mirar el aparato de nuevo, que lo dejé sobre el lavabo mientras yo sigo aquí sentada con las bragas bajadas.
“Positivo. 2-3 semanas”, indica.
Mi corazón deja de latir. Las manos me tiemblan y apenas puedo sostenerlo.
Es real. Me quedo en blanco. En el primer segundo, todos mis miedos se hacen presentes.
¿Y si no soy capaz? Pero si estoy rota ¿cómo podré cuidar un bebé?
¿Y si es niña y pasa por lo mismo que yo?
Este mundo no es bueno para ningún niño.
La mafia tiene muchos enemigos y estamos en guerra.
Siento que me asfixio. El Predictor se me cae al suelo.
—¿Cara? —Ciro golpea la puerta al instante de escuchar el ruido.
Me subo las bragas y el pantalón con rapidez. Observo el aparato que sigue indicando lo mismo aun después del golpe que le he pegado sin querer. Tendré que aparcar mis miedos. Él se merece saber que va a ser padre en la misma medida que yo madre.
Hago acopio de toda mi valentía. Abro la puerta con lentitud. Todos permanecen en silencio, esperando mi reacción o mis palabras. Frunzo los labios. Me muero de vergüenza.
—¿Y bien? —es Sofía quien rompe el hielo.
Ciro me observa, expectante. No sirvo para mentir, así que levanto la prueba y esbozo una sonrisa tímida.
Apenas termino de hacer el gesto cuando sus ojos se abren de golpe, como si acabara de escuchar las mejores palabras de su vida. Durante un segundo se queda inmóvil. Después, la emoción hace que explote.
—¡Joder, sí! —grita eufórico—. Dime que ha salido positivo. Dímelo.
Asiento con los ojos llenos de lágrimas.
Él lanza un grito de pura felicidad. Su sonrisa es tan grande que parece imposible que quepa en su rostro.
Suelta una carcajada llena de felicidad.
Sofía abraza a Elio llena de emoción. Las manos de Ciro me rodean la cintura y, de repente, mis pies dejan de tocar el suelo.
Me levanta en brazos con una facilidad insultante, sujetándome con fuerza mientras da una vuelta sobre sí mismo.
El mundo gira a nuestro alrededor.
Su risa retumba en mis oídos. Es contagiosa, llena de una alegría tan intensa que parece incapaz de contenerla dentro de su cuerpo.
Su emoción es tan sincera que me atraviesa de lleno.
Tiene los ojos brillantes, la sonrisa temblándole en los labios y una energía desbordante que lo obliga a moverse, a abrazarme más fuerte, a repetir una y otra vez cuánto se alegra.
Cuando por fin me deja en el suelo, no se separa de mí.
—Fuera todo el mundo de la habitación —ordena en tono de alerta—. Tengo que celebrarlo con mi mujer.
—Enhorabuena. —Me guiña un ojo Sofía cuando sale de la habitación.
—Cuídate, Cara. Te dejo unas vitaminas para que las tomes todas las mañanas. Si notas un síntoma fuera de lo normal, me avisas. Vendré pronto con la mejor matrona que puede atenderte y revisaremos que todo esté bien —explica el doctor antes de irse.
Elio se va sin decir una palabra pero con la sonrisa más sincera y relajada que le he visto desde que lo conozco.
Ciro vuelve a reír de forma descontrolada, como quien acaba de recibir una noticia capaz de convertirle el día, el mes o incluso la vida entera en un sueño cumplido.
Y es que sí lo es.
Por lo menos para mí.