Lobo (Mafia Italiana 2) SESENTA Y CINCO
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SESENTA Y CINCO

CARA

D ejo de hincar los dedos en el pelaje de Ares. Suelto el agarre. ¿Qué he hecho? Dios mío, esto debe de ser lo más inmoral que se puede hacer en la vida. Pero, joder, estaba tan hipnotizada por el deseo, tan cómoda y tan consentida, que no quería parar.

El lobo se aleja con un gesto que le hace Ciro, no sin antes acariciarlo para darle a entender que lo ha hecho bien.

—Espero que no me eches de tu vida de nuevo, Cara. Te tenías que haber visto. Eras una jodida diosa del sexo —sugiere él apoyando mi espalda a su pecho para abrazarme.

No sé qué me ha pasado. Ha sido hablarme de familia y querer ir hasta el fin del mundo con él.

No me arrepiento. Tenía razón, he disfrutado mucho, y no ha sido nada delicado, al menos al final.

Ahora sé que sí puedo dejarme llevar. No me siento usada ni maltratada.

Podría acostumbrarme a esta intensidad en el sexo. Creo que sí podría soportarla.

—No cantes victoria. Aún puedo echarte de mi habitación —comento en tono divertido.

—¿Tú haciendo bromas? ¿Tienes fiebre? —me imita el tono.

Suelto una risita en voz baja. Me pego más a su pecho. No podría dejarlo ni aunque quisiera. Se ha vuelto imprescindible para mí. Lo necesito tanto que es inviable una vida sin Ciro.

Ares vuelve a nosotros por la llamada de su dueño. Ciro levanta la mano para acariciarlo, pero el lobo vuelve su hocico directo a mi vientre. Lo olfatea unos segundos para luego quedarse quieto observándome. Ese gesto me deja paralizada. ¿Sabrá si estoy embarazada?

Me tenso y mi chico lo nota porque clava su mirada en mí al momento.

—¿Qué está pasando, Cara? —inquiere preocupado.

De repente siento náuseas. Apenas puedo evitar cómo la bilis sube acelerada por mi esófago sin opción a contenerla.

Me levanto deprisa y corro hacia el baño.

Escucho los pasos de Ciro venir detrás de mí.

Me dejo caer de rodillas delante del váter para vomitar, repitiendo el proceso de todos estos días anteriores.

—¿Estás enferma? —Ciro me agarra el cabello para que no me caiga por el rostro.

Entre arcadas, le indico con la mano que se vaya. No quiero que me vea así.

—No pienso dejarte sola. Pase lo que pase, hasta el fin del mundo, Cara —declara muy seguro.

Después de unos insufribles minutos, tiro de la cisterna. Creo que en mi estómago ya no queda nada.

—¿Estás bien? —suena preocupado.

Asiento con la cabeza, pero no. Me encuentro débil. Será del esfuerzo. Dejo la espalda apoyada contra la pared, no puedo levantarme.

—No lo estás. Voy a llamar a Mattia. Iremos a ver al doctor —afirma nervioso—. ¿Podrás quedarte sola diez segundos mientras busco el móvil?

Le hago un gesto con la mano para que se vaya. No puedo hablar, estoy bastante mareada. Él corre hacia la habitación. Me concentro en el frío de la pared para calmar mi cuerpo. Me encojo rodeando mis piernas denudas.

—Mierda —escucho a Ciro. Después suena la puerta al abrirse—. ¡Elio! ¡Elio! —grita con urgencia. Creo que oigo la voz de su hermano contestando a lo lejos—. Llama a Mattia. Dile que prepare todo y que venga, lo necesito. ¡Ya!

Acabo de darme cuenta de que el móvil lo tiré sobre el asiento trasero en el ataque de celos, por eso no lo encuentra.

¿Y si de verdad estoy embarazada? ¿Y si no es eso y es una enfermedad grave y me estoy muriendo?

¿Cómo se tomará Ciro que vaya a ser padre?

Pierdo un poco el conocimiento. Tengo mucho calor.

Apenas puedo respirar. Lucho por no caerme, pero mi cuerpo no responde y mi cabeza va cayendo hacia un lado.

De repente, una mano me sostiene. Lo veo todo borroso, pero aspiro el olor corporal que tanto acelera mis sentidos.

Él siempre está.

Él siempre me cuida.

—Aguanta, te vas a poner bien —escucho en la lejanía.

Como si no fuera parte de él, siento cómo levantan mi cuerpo. Creo que me lleva en brazos.

Abro los ojos recuperando un poco el pulso. Lo primero que veo es el rostro de Ciro con una evidente preocupación.

—¿Me ves? ¿Cómo te encuentras? —pregunta inquieto.

—Creo que ha sido una bajada de tensión —respondo con lentitud.

Me intento incorporar viendo que me encuentro bastante mejor. Sí, ha tenido que ser eso. Me ha pasado otras veces, y el médico que tenía contratado La Nonna me decía que tengo la presión arterial más baja de lo normal, pero que no tenía de qué preocuparme.

—Ni se te ocurra moverte hasta que venga el doctor Espósito —me ordena empujando mi pecho con suavidad para que me vuelva a tumbar.

—Voy a ducharme te guste o no. No dejaré que me vea así, desnuda y con saliva de lobo por todos lados. Quiero estar limpia y ponerme unas bragas. Con tu ayuda o sin ella —anuncio con contundencia.

Ciro se toca la frente. Lo piensa por unos segundos hasta que acepta. Él mismo me levanta y camina conmigo hasta el cuarto de baño.

Los siguientes minutos son como estar en un spa . No me deja moverme, todo lo hace él. Me limpia, me lava, me desenreda. Yo insisto en ayudarlo, pero no cede. Él mismo se refriega por todo su cuerpo.

La baba se me cae solo de verlo. ¿Será posible? Acabo de tener sexo y, sin embargo, quiero más. Pongo una mano en su torso y disfruto de las hendiduras que tiene repartidas por los abdominales.

—Cara, no pienso ponerte en peligro. Hasta que no venga el médico no te tocaré —anuncia alejándose de mí.

—¿No me quieres? —le chantajeo imitando expresión de tristeza.

—Más que a mi vida, y lo sabes, pero no conseguirás lo que buscas —repone en tono más relajado.

Sale de la ducha, coge una toalla y me la pasa por los hombros.

Él mismo se encarga de cuidarme. Incluso de ponerme las bragas y uno de los pijamas de pantalón corto para estar presentable.

Luego, se viste y se prepara él. No me quita ojo ni siquiera mientras está en el baño.

Me obliga a estar sentada sobre la tapadera del váter y me ha hecho prometer que, en cuanto me encuentre a la mínima un poco mal, lo avisaré.

Al rato, llaman a la puerta. Ciro da permiso y entra el que creo que es el doctor junto a Sofía y Elio. Viene cargado con varios maletines.

—Hola, soy Mattia Espósito. Un placer conocerla, señorita Brena. ¿Me deja explorarla? —pregunta con amabilidad y educación.

¿Sabe mi nombre? Claro, lo habrán informado.

Es un hombre mayor, con el cabello lleno de canas.

Las gafas le ocupan casi todo el rostro envejecido.

No parece tener nada de miedo a tratar con la familia de Ciro, así que supongo que está más que acostumbrado a los horrores que ha tenido que ver a lo largo de su vida.

—De acuerdo, pero necesito estar a solas. ¿Podéis salir? Todos —especifico.

Ciro frunce el ceño, pero seguido le indica a su familia que salga de la habitación.

—Todos —insisto cuando él va a cerrar la puerta para volver conmigo.

—No pienso dejarte sola —contradice.

—Estoy con el doctor. No me pasará nada y necesito privacidad, Ciro —le explico con calma.

—No entiendo esta decisión —rebate con los brazos cruzados.

Mattia va preparando todos los utensilios en lo alto de la mesa.

—Yo tampoco entiendo muchas de las tuyas y las he aceptado. Deberías hacer lo mismo. De eso se trata, de CONFIAR —enfatizo en la palabra— en el otro.

Hago referencia a todas las veces que me ha pedido confianza. Lo pilla al vuelo, porque levanta las manos en señal de rendición y se gira para irse. Necesito soledad para asimilar cualquiera que sea el resultado.