SESENTA Y CUATRO
LOBO
M e arde todo el cuerpo. El deseo es tan brutal que me tiembla la mandíbula mientras la beso. Quiero follármela como un animal, pero me controlo. Respiro hondo y me obligo a ser suave. Desnudo su cuerpo mientras nos devoramos.
—¿Confías en mí? —insisto.
Necesito que lo haga. Ella asiente entre gemidos. Pongo distancia entre nosotros y me desnudo bajo su atenta mirada. Esbozo media sonrisa al aparecer una idea en mi mente.
Abro un cajón de su parte del armario. Cojo el pañuelo de seda rojo y me acerco de nuevo a ella. Le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos antes de vendarle los ojos. Quiero hacer de todo con mi chica, que tenga el mayor placer que sentirá jamás.
—Voy a forzar esa confianza. Quiero que confíes de verdad. Y para eso voy a ponerte al límite. No verás, solo sentirás —susurro contra su boca.
—Ciro, qué ojos más grandes tienes —su voz suena temerosa.
Recorro despacio su cuerpo, deleitándome en cada detalle.
—Para verte mejor.
—Qué manos más grandes tienes —insiste temblorosa.
—Para tocarte mejor. —Hago una pausa mientras las pongo sobre su cuello y lo acaricio con lentitud—. Para atraparte y que no puedas escapar aunque quieras.
Ella traga saliva con dificultad.
—Y… qué sonrisa tan perversa tienes —afirma dando un paso atrás.
Supongo que es verdad, porque no estoy pensando nada bueno ni delicado.
—Porque voy a devorarte sin compasión, cara mia —aseguro en tono oscuro.
Le ato el pañuelo con cuidado tapándole los ojos, asegurándome de que no le quede demasiado apretado. Ella, muy quieta, no formula ningún reproche. Se deja hacer por mí. Su respiración se acelera y sus vellos se ponen de punta.
La guío hasta el sofá y me siento primero. Tengo la polla tan dura que me duele. La atraigo hacia mí y la coloco encima, pero dirijo su culo un poco hacia adelante, dejando espacio entre su espalda y mi miembro. Necesito tocarme.
Con las dos manos le abro los muslos despacio, separándole las piernas hasta que queda expuesta sobre mí por completo. Mi mano derecha baja por su vientre mientras la izquierda rodea mi erección gruesa y palpitante. Empiezo a masturbarme con movimientos lentos y controlados.
Mis dedos exploran su vagina con devoción.
Recorro sus labios hinchados, los separo con suavidad, dibujo círculos lentos alrededor de su clítoris sin tocarlo directamente todavía.
La siento mojada, resbaladiza, temblando del placer.
Introduzco un dedo solo un poco, luego añado otro y los curvo mientras con el pulgar acaricio su clítoris en movimientos lentos.
—Ven —llamo a Ares en voz alta.
Una de sus orejas se gira hacia delante.
Durante unos segundos parece debatirse entre ignorarme o hacerme caso.
Después comienza a caminar. Cuando llega hasta mí, inclina la cabeza y empuja mi mano con el hocico, exigiendo atención.
Hundo los dedos en el espeso pelaje de su cuello.
Le confiaría mi vida, y por ende, también la de Cara, que está disfrutando con mis dedos.
No será lo único con lo que lo haga.
Dirijo la cabeza de Ares hacia el coño de ella. Hago el mismo gesto que hacía cuando él era pequeño y le ofrecía comida. Él lo reconoce. Saca su lengua y pega pequeñas lamidas sobre el sexo palpitante de mi chica.
—¿Ciro? —su voz está alerta.
Su cuerpo se tensa. Sabe que es Ares quien le está comiendo el coño.
—Relájate. Nunca haría nada que te hiciese daño. Solo disfruta. Aparta de tu mente lo convencional, tus valores morales. Solo siente —exijo con voz ronca.
Ella echa la cabeza hacia atrás. Lo intenta. No se opone. Mi mano sube y baja por mi polla cada vez más apretada, pero me freno cuando siento que estoy demasiado cerca del orgasmo. Aprieto la base con fuerza y respiro con calma, conteniéndome. Vuelvo a concentrarme en ella.
—Buen chico. —Acaricio la cabeza de mi lobo.
Noto en su movimiento la urgencia de lamer y mi mano lo empuja más hacia ella para que lo haga con más intensidad.
—¿Sientes su lengua rugosa y gruesa? —pregunto en tono provocador. Ella asiente extasiada—. No sé qué está más caliente, su lengua o tu precioso coño.
Cara gime al escucharme. Ayudo a mi animal en su labor y dirijo su lengua solo al clítoris. Seguido, introduzco los dedos en el interior de ella y los acelero un poco mientras froto ese punto que la hace jadear más fuerte. Los saco al verla casi al límite.
Le agarro la mano y la pongo en la cabeza de Ares.
—Indícale tú, cara mia . Sé tú quien le ordene el ritmo, la intensidad y el movimiento. Haz que se coma toda tu corrida.
Ella hunde su mano en el pelaje y toma el control de la situación. Dirige la cabeza de él y presiona queriendo más. Ares, como un lobo hambriento, no se cansa de saborear toda la esencia de ella.
Joder. Estoy en el puto paraíso.
La siento tensarse y sus caderas empiezan a moverse solas. Eleva su culo buscando la urgencia de Ares. Gime mi nombre durante el proceso y yo tiemblo de deseo puro, pero no me corro. Quiero oírla primero.
—Córrete para nosotros. Deja que Ares sepa lo que es el cielo. Llénalo de tu líquido —pido muy excitado.
Y lo hace. Su cuerpo se convulsiona encima de mí, su coño se aprieta alrededor de mis dedos con espasmos fuertes, mojándome la mano. Esa vibración casi me mata de placer.
Subo la mano, quitándome de su interior para dejarle el hueco a la lengua de mi lobo. De un tirón le quito el pañuelo para que vea con sus propios ojos la mejor puta escena de mi vida.
—Mira cómo disfruta de ti. No solo eres mía, también eres de Ares. Y entre los dos te protegeremos y te adoraremos como nuestra reina que eres —pronuncio como una promesa—. Seremos los tres, uno.
Cara aún gime invadida por el orgasmo. Su mano presiona con fuerza la cabeza de mi lobo para que absorba todo de ella. Mientras, le acaricio los pechos para potenciar este momento.
Espero unos minutos a que deje de dar los pequeños espasmos. Retiro a Ares en un gesto y este le olfatea la vagina sin sacar la lengua.
—Mi imperio, mi lobo, mi mujer —recito como un mantra.
Lo tengo todo. No espero más.
La agarro con firmeza de las caderas con ambas manos, la levanto un poco y coloco la cabeza gruesa de mi polla en su entrada empapada. De un solo movimiento, lento pero profundo, la bajo sobre mí, clavándosela hasta el fondo.
—Joder —gruño contra su cuello.
Empiezo a moverla. Mis dedos se clavan en su piel mientras la subo y la bajo con ritmo, haciendo que su cuerpo rebote sobre mí.
Cada embestida es intensa y posesiva. La lleno por completo, una y otra vez, mientras escucho cómo su coño mojado hace ese sonido que me vuelve loco cada vez que la bajo con fuerza.
Quiero que le salga por la boca, quiero que todo su cuerpo se rompa por mí, por mi pene.
Que le entre tanto que solo le quede aceptar el dolor.
Mi control se está rompiendo. La deseo tanto que me vuelve loco.
Ares nos observa con curiosidad. Mi lobo vuelve a inclinarse hacia ella y apoya el hocico contra su coño esperando mis órdenes. Sigo follándola, sintiendo cómo su cuerpo salta sobre mí mientras le muerdo el hombro.
—Dime que confías en mí. Hazlo —exijo con dureza.
—Confío, Ciro —contesta entre jadeos.
Mi control se rompe por completo. La embisto con una brutalidad increíble, con toda mi fuerza.
El sonido de nuestros sexos mojados y chocando llena la habitación.
Ya no soy suave. La estoy usando, follándola como si quisiera partirla en dos.
Porque ella me pone así. Fuera de mí. Me obsesiona tanto y estoy tan loco por ella que todo lo que obtenga me parece poco.
Sus tetas rebotan con cada golpe y yo las agarro con una mano, apretándoselas fuerte mientras con la otra sigo sujetándola por la cadera para mantenerla en su sitio.
Me inclino hacia ella. Le muerdo el cuello con fuerza.
Tanto que quisiera arrancarle la piel. Pero ella no me aparta, gime y grita pidiendo más.
Acelero el ritmo hasta volverme primitivo.
La levanto casi hasta la punta y la empujo hacia abajo con violencia, una y otra vez.
Siento cómo su coño se contrae alrededor de mi polla.
El orgasmo me sube como una ola imparable. Mis huevos se tensan y la base de la polla me palpita con fuerza.
Con un rugido gutural, la clavo hasta el fondo y la mantengo, presionándola contra mí con todas mis fuerzas mientras exploto.
Noto los chorros calientes de semen que salen disparados dentro de ella, llenándola una y otra vez.
Mientras, ella contrae tanto sus paredes que siento que parece que quisiera estrangulármela.
Sigo embistiéndola con movimientos cortos a la vez que me corro, como si no quisiera parar nunca.
Gruño y maldigo contra su espalda, mordiéndola mientras todo mi cuerpo tiembla con la intensidad del momento.
La lleno tanto que siento cómo mi semen empieza a escaparse alrededor de mi polla aún enterrada en ella, saliendo hacia el exterior.
Noto movimiento. Levanto la cabeza y la veo.
Es ella que ha cogido la cabeza de Ares y le está ordenando que se alimente de nuestras corridas.
Ella ha tomado la iniciativa. Ella lo ha aceptado.
La he conseguido dominar.
La he sometido.
La he convertido en un monstruo, como yo.