Lobo (Mafia Italiana 2) SESENTA Y TRES
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SESENTA Y TRES

LOBO

N o puede hacerme esto. No puede rechazarme ahora o me volveré loco. He visto cómo ella sentía el mismo deseo que yo, las mismas ansias. Sé que tiene que haber un problema detrás, pero si no me lo dice, no soy un jodido adivino.

—Cuéntame que te pasa, Cara —me obligo a hablar en tono tranquilo.

—No puedo —dice sin más.

Chasqueo la lengua y me alejo de ella. Estoy frustrado, no piensa contármelo tan fácil. Cojo un cigarrillo y me lo enciendo. Necesito calmar la excitación porque no puedo ni pensar.

—¿Es por qué te gusta otro? —De repente pasa una idea por mi mente—. ¿Es por Marcel? ¿Te enamoraste de él? ¿Por eso te pusiste así cuando murió?

—¡¿Qué?! ¡No! —exclama enfadada—. Era muy buen amigo, pero nada que ver.

Se levanta de la cama de un salto. Joder, está furiosa y no entiendo ni por qué.

—¿Entonces? ¿Por qué te produzco tanto rechazo? ¿Qué he hecho? —bramo perdiendo el control.

—Ser un puto sádico. ¿Ya no te acuerdas de lo que pasó en mi piso? Me hiciste sentir como una puta. Y no sé si te has dado cuenta de que intento superar mi pasado. No me gusta sentirme así —finaliza con la voz rota.

Una lágrima se le escapa, se desliza por la mejilla y acaba en su comisura. Odio verla así y me odio por ser yo quien hace que esté así. Lanzo el cigarro al suelo, lo apago dándole un pisotón y avanzo hasta ella. Le cojo el rostro con las dos manos y lo pego al mío.

—Perdóname —imploro—. Te juro que no me acordaba. Juré no volver a ser ese nunca, por ti. Y te prometo que no lo verás.

—Pues me ha parecido verlo —reprocha con la voz ronca.

—Te aseguro que no, cara mia . Ahí perdí el control. Hoy no lo he perdido en ningún momento. Te prometo que puedo darte placer. Te prometo ser el hombre que tú quieres. Y te prometo que nunca más te volverás a sentir así conmigo —aseguro convencido.

—No puedo —solloza.

Beso sus lágrimas. Quiero quitar su sufrimiento. Quiero que sea feliz.

—Confía en mí, por favor —le pido juntando nuestras frentes. Sé que me teme, pero haré que no vuelva a sentir esa emoción más—. Te quiero —declaro.

Beso su mejilla, su cuello; luego más abajo, su hombro.

Rozo con mis labios su clavícula y su cuerpo reacciona.

Sí me desea, por mucho que lo niegue. Un leve gemido sale de su boca.

Tiro de la costura de su jersey hacia arriba para quitárselo.

Ella, para mi sorpresa, levanta las manos, y me resulta raro que se deje llevar de momento. Aquí está fallando algo.

—Cara —menciono con advertencia—, dime qué pasa ahora mismo o no sigo.

—Es que… es que… —frunce los labios y deja de hablar.

—Cuéntamelo. Te prometo que lo solucionaremos —hago acopio de toda mi paciencia. Nunca he tenido tanta. Al primero que me la hacía perder, le metía un tiro.

—Es que… Si no me acuesto contigo, me dejarás, y no quiero perderte —explica con timidez.

—¿Qué dices? No puedes estar hablando en serio —suelto con desesperación—. Te he dicho por pasiva y activa que no pienso dejarte ir, que me he enamorado de ti, que te quiero. Y tú me vienes con esto. —Camino de un lado a otro, nervioso.

—Porque por mucho que lo digas, no entiendo cómo querrías estar con una persona así. Sin contacto, sin sexo. ¡No me lo creo! —grita dolida.

—Porque teniéndote a ti no me hace falta nada más. Solo tú, tus risas y tus conversaciones. Con eso sería suficiente. Claro que vamos a tener sexo. Dejarás los putos traumas a un lado y gritarás porque tendrás el mayor orgasmo de tu vida. Y te lo voy a demostrar —dictamino muy seguro.

Camino hacia ella a paso decidido. Ella retrocede temerosa.

—Ni se te ocurra, Ciro —me advierte.

—Luego te quejas; ahora vas a gemir.

Por mis cojones que haré que se le quiten esas tonterías. Si para eso tiene que ver que conmigo puede disfrutar y sentir placer, pues se lo haré saber. Bajo su fino pantalón de un solo movimiento, quedando solo a la vista su ropa interior.

—Ciro, ¡no! —me grita enfadada.

—Cara, ¡sí! —contradigo en su mismo tono.

Ella me pega un puñetazo en la mandíbula.

Me quedo impactado de la fuerza que tiene.

Joder, duele. Mira brevemente a Ares. Creo que ha pensado que al ser violenta conmigo, mi animal podría actuar en consecuencia.

Mi lobo me observa y niego con la cabeza en un gesto apenas visible.

Ya con eso sabe que ella es de la familia y no le hará nada.

—Si me tocas un pelo, te mato —amenaza mi chica.

—Quizás te sientas mejor pegándome. Vamos, vuelve a hacerlo —la animo, enfurecido.

Estoy fuera de mí. Necesito tanto follarla que, si no me para, esto podría acabar mal.

Ella sin dudar, me vuelve a pegar con el puño cerrado en la otra parte del rostro.

—¡Otra vez! —grito lleno de ira.

Vuelve a hacerlo, una y otra vez. Hasta que el último que da lo siento mucho más débil. Ella se inclina hacia delante, cansada, y observo cómo está llorando. Sus lágrimas caen sobre la madera del suelo.

—Lo siento —solloza.

Mi pecho sube y baja acelerado. Que ella se defendiera me ha dado más morbo. No me he calmado, lo ha empeorado, porque estoy más excitado aun.

—Te quiero tanto que hasta duele, Cara. Si no vas a dejarme consentirte, adorarte y venerarte, será mejor que me dejes solo, porque no sé de lo que soy capaz. Te juro que no te haría daño aposta, pero la verdad es que no te puedo prometer nada —suelto con sinceridad.

Ella me mira impresionada.

—¿Serias capaz de dejarme ir? ¿De no verme nunca más? —pregunta ella, impactada.

—No. He querido decir que me des un descanso para recomponerme, no que deje que te vayas para siempre. Tienes tres segundos para irte de tu habitación antes de que te folle tan fuerte que…

—¿Has dicho “tu”? —me corta con un hilo de voz.

—Tuya, Cara. Tú decides, tú ordenas. Todo lo que tengo es tuyo, incluido yo en cuerpo y alma. Tú lo eres TODO —enfatizo en la palabra— para mí. Tú y la familia que construiremos.

No sé qué ha cambiado, pero se acaba de desatar la mayor de las locuras. Porque ella viene corriendo hacía mí como una obsesa y en vez de golpearme en la cara con los nudillos, se lanza a mis labios.