SESENTA Y DOS
LOBO
A pago el motor. La tengo pegada a mí. Deseaba tanto esto que me volveré loco si no la hago mía.
Pensaba que solo estaba siendo amable, que ya no me quería, porque no me ha mirado con deseo ni una sola vez desde que nos volvimos a ver.
No paraba de repetirme que si no sentía esa lujuria por mí era que ya me había superado.
Aun así, no la dejaría ir. Nunca. Aprendería a masturbarme a escondidas, incluso a no hacerlo nunca si ella me lo llegase a pedir.
Pero no la dejaría marchar. Soy un egoísta, lo sé, pero eso no tiene objeto a discusión.
Se quedaría conmigo para siempre, quisiera o no.
Y ahora me ha hecho el hombre más feliz del mundo. No solo me ha demostrado que le importo con ese ataque de celos, sino que me busca desesperada para que le haga el amor. Y si soy sincero, no sé si podré ser suave, porque con ella llego siempre al límite.
Abro la puerta del coche y salgo con ella en brazos, sin soltarla ni un segundo.
Sus piernas siguen rodeándome la cintura, su coño apretado contra mi polla dura como una piedra a través de la ropa.
La beso con brutalidad, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca mientras camino hacia la entrada de nuestra casa.
—Eres mía, joder —gruño contra sus labios hinchados—. Solo mía. Nadie más va a tocarte nunca porque no dejaré que te vayas de mi lado.
Empujo la entrada principal con el hombro y paso sin dejar de devorarla. Tengo las manos agarrándole el culo con fuerza. Mi polla palpita contra su sexo, desesperada por hundirse dentro.
De repente, un gruñido bajo suena a nuestro lado. Mi lobo está aquí, mirándonos con curiosidad y moviendo la cola. Intento alejarlo con una mano.
—Fuera, Ares. Ahora no.
Sé que ella le tiene miedo. Como siempre he dicho y diré, ella está por encima de todo y de todos. Pero ella me detiene, sujetándome la cara con las dos manos y mirándome con los ojos brillantes y llenos de deseo.
—No —susurra contra mi boca—. No lo alejes de tu vida por mí. Quiero aprender a convivir con él. Es parte de ti.
Hostia puta.
Esas palabras me llenan por completo. Está dispuesta a ceder y a superar su miedo por mí.
No necesito más muestras de atención por su parte.
Tengo más que suficiente. Está haciendo un gran esfuerzo por adaptarse a esta vida, por salir adelante, y encima ahora sé que me acepta y que me desea. Es el puto paraíso.
—¿Estás segura? —pregunto para confirmarlo de nuevo.
Ella asiente decidida.
La cargo escaleras arriba sin soltarla, besándola con violencia, mordiéndole el labio inferior y chupándolo después.
Mis manos no pueden parar de apretar su culo, luego subo una por su espalda y después la bajo para agarrarle una de las tetas con fuerza, pellizco el pezón por encima de la tela.
¿Están sus pechos más grandes o es cosa mía?
Siempre los ha tenido prominentes, pero he notado que ahora están mucho más abultados.
Ella gime en mi boca, se frota descaradamente contra mi erección. Estoy a punto de reventar.
A mitad de las escaleras nos cruzamos con mi hermano, que sale de su habitación con una cerveza en la mano.
—Vaya, hermanito, al final ha hecho falta que viniera Cara para sacarte el palo del culo —suelta una risa burlona.
Ni siquiera me molesto en contestar. Solo sigo besando a mi chica mientras subo los últimos escalones.
—Quiero follarte hasta que grites mi nombre —le susurro al oído con voz áspera—. Quiero que te corras en mi polla una y otra vez, hasta que solo sepas que eres mía.
Ella se aleja un poco de mí. Ares nos sigue de cerca, escucho el ruido de sus uñas en la madera del suelo. Entro en nuestra habitación con una patada, cierro la puerta de un golpe y la tiro a ella sobre la cama sin delicadeza. Le separo las piernas con brusquedad. Me muero por saborearla.
—Dime que eres mía —exijo. Le muerdo el cuello y bajo la mano para frotarle el clítoris por encima de la ropa mojada—. Dímelo.
Ella me empuja. La expresión de su rostro ha cambiado. Ya no es deseo.
Es terror.