Lobo (Mafia Italiana 2) SESENTA Y UNO
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SESENTA Y UNO

CARA

M e he pasado todo el final echa un mar de lágrimas. Es tan bonita que es imposible no llorar. Es tal y como la recordaba, mejor aún al haberla visto en una gran pantalla. Mucho más emocionante.

No he parado de comer palomitas, masticaba y tragaba con ansiedad. Mi barriga ha crecido varios centímetros desde que vivo con Ciro. Ya no se ve plana ni delgada, ahora tengo michelines; igual que mis caderas, que se han agrandado varios centímetros.

No me importa, porque Ciro me repite todos los días que estoy preciosa y que cada vez le gusta más mi físico. Cuando le enseño el abdomen, lo besa y terminamos haciéndonos cosquillas porque me raspa con su barba.

—Vaya tostón. Casi me muero de aburrimiento —comenta en voz alta saliendo del edificio—. Ya no tengo que aguantar solo a mi hermana en los teatros, sino también a mi mujer con las películas ñoñas. Genial. Me he vuelto un calzonazos —finaliza en tono divertido.

Me río al escucharlo. Pues yo adoro a ese calzonazos, y estoy segura de que Jasmine, también.

—Gracias. —Le doy un corto beso en la mejilla.

Mi gesto lo impacta y deja de caminar. Me clava la mirada con intensidad. Percibo que está sopesando en su interior varias opciones. Creo que quiere lanzarse hacia mí, pero al final no lo hace y retoma el camino con mi mano entrelazada a la suya.

—No tienes que dármelas. Te daría hasta mi vida si me la pidieses —asegura muy serio.

Repite el mismo movimiento de antes: me abre la puerta y se asegura de que entre con cuidado en el vehículo. Me abrocho el cinturón mientras me miro al pequeño espejo. Mis ojos siguen rojos de haber derramado tantas lágrimas.

—¿Preparada para volver a casa? —pregunta Ciro observándome con tanta fuerza que hace que se me pare el corazón.

“A casa”.

El significado es tan grande e importante que siento que me rompe en mil pedazos. Algún día ya no será mi casa, y solo de pensarlo siento que me muero de tristeza.

Trago saliva con dificultad. Él sabe que algo no va bien, porque cada vez que me dice esas palabras tan bonitas, yo las disuado o cambio de tema. Sé que él me observa de reojo, lo lleva haciendo desde siempre, pero supongo que no se atreve tampoco a incidir en el tema.

Maia se me viene al pensamiento. Aquel día en que pude robar un bombón, lo primero que quise fue compartirlo con ella.

Me moría de hambre, pero no sería egoísta, y menos con la que considero como una hermana.

La echo tanto de menos que su recuerdo duele.

Se me aprieta el pecho y se me forma un nudo en la garganta que apenas me deja respirar.

Ahora entiendo el amor que sentía. Si ella me viera, estaría muy orgullosa de lo que he conseguido.

Me he liberado de las cadenas por ti y por mí, amiga mía.

Ciro me aprieta la mano y me observa con atención. Escondo mi tristeza y le dedico una débil sonrisa.

De repente pienso en que quizá él crea que estoy así porque no lo quiero y solo estoy aquí por obligación.

Espero de verdad que no imagine eso, porque no es así.

Pero tampoco quiero abrir la veda para hablar de ello, ya que tendría que salir también el tema del sexo porque me hace sentir incómoda y no quiero que se precipite nuestro final. Quiero alejarlo cuanto más, mejor.

Su móvil, que está sobre el hueco que hay delante del freno de mano, se ilumina. Por inercia, al ver luz, miro hacia él. En la pantalla veo “MILA”. ¿Quién cojones es esa y por qué lo llama a esta hora? Es tarde. Podría ser trabajo, pero mi intuición me dice que no lo es.

Mis ojos se clavan en los de Ciro. Un fuego se despierta en mi interior. ¿Está con otra? ¿Es esa a la que se folla? Por eso no ha intentado tocarme estos días, ¿no? Porque ya estaba bien servido. Entonces, ¿qué soy yo para él? ¿A qué vienen todas esas palabritas de amor fingido?

La furia me ahoga con tanta fuerza que estoy a punto de explotar. Necesito explicaciones. Ya.

—¿Quién es esa? —interrogo controlando el tono en voz bajita, pero se nota que no estoy nada contenta.

—Nadie de quien debas preocuparte —responde él dándole la vuelta al móvil.

Me ha soltado la mano para esconder la pantalla. Y no me devuelve la mirada. Me evita a toda costa. Para mí eso SIGNIFICA MUCHO. Está ocultándome información y no pararé hasta obtenerla.

—Dime la puta verdad —exijo con el tono más duro.

—Nadie —recalca.

Pero noto su inquietud, y eso me pone más furiosa porque confirma que no son imaginaciones mías.

—¿Te follas a otra? —inquiero directa en tono de amenaza.

Él abre mucho los ojos. Me clava su mirada al fin.

—Ni se te ocurra pensar eso —pronuncia con contundencia.

—Entonces, ¿por qué no me dices quién es? —insisto cruzando los brazos—. Tienes a otra. Yo te creía, ¿sabes? Todos los tíos sois iguales. Solo pensáis en meterla en caliente. Os importa una mierda ser fiel y leal. Eres un cabrón —escupo furiosa.

—No consiento que me taches de lo que no soy, Cara —se dirige a mí en tono de advertencia—.

Sí, me la follaba antes, pero desde que te conocí no he vuelto a verla.

Lleva unos días llamando sin cesar. No se lo he cogido ni lo haré porque yo te quiero a ti.

Estoy enamorado de ti, joder —finaliza en tono desesperado.

En la penumbra del vehículo veo cómo vuelve a encenderse la pantalla, aunque esté boca abajo veo los bordes iluminarse.

Mi cuerpo da sacudidas furiosas. Me recorre una corriente que busca salir como un huracán.

Ella sigue ahí detrás porque él tampoco la ha frenado.

No ha sido capaz de dejarle las cosas claras.

—Insiste porque no le has cortado el rollo —bramo encolerizada.

—Insiste porque no acepta un no —se excusa él—. Yo creo que si no te cogen el teléfono significa que se acabó. Si no lo ha entendido, es su problema, no el mío.

La pantalla sigue iluminándose, me está sacando de quicio y estoy a punto de explotar. La tensión en el interior del vehículo podría cortarse con un cuchillo. El silencio hace demasiado ruido en mi mente.

No puedo más.

Cojo el móvil con una mano y pulso la tecla verde. Ciro me mira perplejo, pero en ningún momento hace nada por quitarme el teléfono o por frenarme.

—¿Lobo? —escucho una voz aguda y chillona a través del aparato.

—Te voy a decir una cosa. Si vuelves a llamarlo o a mandarle un puto mensaje, te cojo de los pelos y te arrastro por toda Italia. Hija de la gran puta —enfatizo en el insulto final.

Silencio. No se escucha ni su voz ni absolutamente nada.

Solo mi respiración agitada. El pecho me sube y baja acelerado invadido por la adrenalina, ardiéndome los celos por todo el cuerpo.

Mis manos tiemblan por todas las emociones.

La zorra me cuelga y yo giro el rostro para observar la reacción de Ciro.

Me mira con tanta intensidad que me desarma. Sus dedos se hincan con fuerza en el volante.

—Verte así, tan celosa por mí —murmura con voz ronca—, me ha puesto muy cachondo.

Las palabras de él impactan de lleno en mi vagina. Una chispa me enciende todo el interior. La adrenalina del momento, la rabia, el deseo… Todo se mezcla en una ola abrasadora que me quema en el cuerpo. Estoy excitada. Mucho. Tanto que me cuesta pensar con claridad.

A la mierda todas mis dudas.

Me lanzo hacia él con ansia, tirando el teléfono al asiento de atrás.

Le sujeto el rostro con ambas manos para besarlo con desesperación.

Nuestros labios se encuentran con urgencia.

El coche da un leve bandazo, pero Ciro lo corrige con rapidez con una mano mientras con la otra me sujeta la cintura para presionarme más contra él.

—Ven aquí —gruñe con deseo.

Tira de mí con fuerza, paso una pierna por encima de las suyas, doblo las rodillas y me siento a horcajadas encima de él y de su más que prominente dureza.

Nuestra cercanía se hace tan abrumadora que arde en nuestra piel.

Él lo sabe y yo lo sé. Nos morimos de ganas el uno por el otro.

Juntamos nuestros cuerpos, presionándonos hasta querer hacernos uno.

Reanudo el beso, que se vuelve más profundo y más hambriento.

Nuestras bocas se devoran con lentitud y pasión.

Le muerdo el labio, su lengua me busca, nuestros alientos se mezclan.

Rodeo su cuello con los brazos y hundo los dedos en su cabello.

Con la mano que no tiene en el volante, recorre mi espalda, apretándome más contra él.

A cada segundo siento más descargas de placer por todo mi cuerpo. Noto su erección y me froto contra ella. Mis caderas se mueven buscando más contacto. Necesito más. Mucho más. Un gemido involuntario sale de mi garganta. Él me devora la boca con más intensidad.

Tanto es el placer que se vuelve insoportable. Creo que puedo llegar al orgasmo solo así, con sus besos, con el roce constante de nuestros cuerpos, con la sensación prohibida y peligrosa de estar así mientras él sigue conduciendo.

Nuestras bocas se separan apenas un segundo, jadeando, y vuelven a unirse con más fuerza.

Es como si quisiéramos fundirnos el uno con el otro, como si cada beso me llevara más cerca de un precipicio dulce y vertiginoso.

La excitación crece rozando el borde del clímax sin siquiera haberme quitado la ropa.

No quiero frenar, y creo que él tampoco.

—Estamos en casa, cara mia . Y ya puedes rezar lo que quieras a ese Dios tuyo que tanto mencionas porque no pienso parar hasta que a quien le reces sea a mí —sentencia.