SESENTA
CARA
M i mente viaja buscando una explicación a mi problema.
Porque sí, es uno y enorme. No veo seguro traer un niño a un mundo lleno de persecuciones entre bandas, luchas de poder y sabiendo que tienes que vigilar tu espalda veinticuatro horas.
Aparte, yo tampoco creo que esté preparada para ello, aún estoy recuperándome.
¿Y qué pensaría Ciro de esto? No hemos hablado nada sobre el tema, y no sé si la idea le espantaría y se echaría las manos a la cabeza.
¿Cuándo ha pasado? Siempre he sido muy precavida en este tema. Siempre he utilizado preservativos en el sexo.
Mi corazón se detiene al pensar en nuestra primera vez. Y en la segunda. Nunca hemos utilizado protección.
¿Qué mierda he hecho?
Debe de ser un error. Seguro que no es posible. He pasado por etapas de mucho estrés y de situaciones límite estos últimos días. No es que sea una experta, pero sé que eso puede provocar un descontrol en el ciclo menstrual. Me pasaba mucho en el monasterio.
—¿Cara? —Ciro se da cuenta de mi estado pensativo.
Intento forzarme a sonreírle. No quiero hablar de esto con nadie porque tengo que asegurarme de que son invenciones mías y no la jodida verdad.
—Solo pensaba en… que tengo hambre —suelto lo primero que se me viene.
Él frunce el ceño poco convencido de mis palabras. Me doy cuenta de que a su lado está el lobo que vi el primer día. Está como un guardián, pegado a sus piernas.
—¿Cuál es la sorpresa? —pregunto para cambiar de tema.
Ciro cede y deja de escrutarme con la mirada.
—Para eso tienes que venir conmigo. —Tira de mi mano hacia él.
Me lleva a su lado y, mientras caminamos, me agarra por la cintura.
Siempre tiene tanta delicadeza conmigo que me siento en casa.
Mi mente vuelve al problema, pero me esfuerzo por apartarlo y me repito que es todo imposible.
Según mis compañeras, hay parejas que intentan tener un hijo durante años; no puede ser que las pocas veces que lo hemos hecho haya cuajado a la primera.
Es imposible.
Me saca fuera de la casa. Su deportivo nos espera justo al lado de la escalera de entrada. Ciro coge las llaves de su bolsillo, presiona un botón y las luces parpadean. Vamos a salir.
—Ciro, ¿a dónde vamos? —inquiero un poco nerviosa.
Jolines, demasiadas emociones hoy.
—Lo sabrás cuando lleguemos. He visto que has salido de nuestra habitación y creo que esto podría gustarte —admite sonriente.
—Pero mira mi ropa —contradigo inquieta—. Debería cambiarme y no sé si… —las palabras me salen atropelladas.
Él se frena y se pone frente a mí. Me agarra con suavidad de la barbilla para levantarme el rostro hacia él.
—Para mí eres preciosa de todas las maneras, con cualquier tipo de ropa, sin ella, recién despierta, con maquillaje, sin él, hasta en el peor de día que creas tener. No sé si te lo he dicho las suficientes veces, pero nunca me cansaré de recordártelo —declara.
Se me queda la boca seca. ¿Cómo puede ser un mafioso tan mono?
Me besa con dulzura. Junta sus labios con los míos no con ansias, sino con amor y delicadeza.
Es la primera vez que nos besamos desde que se fue de mi antigua casa.
Las mariposas vuelven a mi estómago y revolotean confirmándome que sigo embelesada por él.
—Me quedaría aquí toda la noche disfrutando de ti y de tus increíbles labios, pero me muero por seguir haciéndote feliz, cara mia .
Se aleja de mí. Al momento siento que mi cuerpo pide más. ¿Y si vuelve a sacar ese lado oscuro que me asusta? ¿Y si todo este sueño maravilloso lo estropea el sexo? Frunzo los labios.
Él se gira para llegar hasta su coche. Me abre la puerta del copiloto y me ofrece una mano para ayudarme a entrar en él.
Luego, él da la vuelta caminando con esa seguridad que me hace suspirar y se monta a mi lado.
Mientras lo observo, mis ojos se fijan en el bulto de su entrepierna; me desea, y con fuerza.
Yo también a él, pero no quiero echar a perder lo que tenemos.
¿Cuánto tiempo aguantará sin ese tipo de intimidad? Mi pulso se acelera solo de pensar que en algún momento él se cansará de pedir, de dar, y que solo quedarán dos opciones: o cedo o me alejo. Y, joder, no quiero. Me destrozaría volver a perderlo.
Entrelaza sus dedos con los míos y me besa los nudillos sin apartar los ojos de mí. Enciende el motor y conduce poniendo nuestras manos encima de mi muslo, sin separarlas. Cuando tiene que cambiar de marcha, lo hace conmigo. Me derrito con todos sus gestos de cariño.
—¿Puedo saber qué has hecho con mi madre? —se interesa.
Procedo a contarle un poco todo lo que me ha enseñado, obvio la parte de que las mujeres somos las que manejamos verdaderamente el negocio desde las sombras. Le informo de todo lo que me ha explicado sobre los números.
—Es la mejor haciendo ese trabajo, Cara. Estoy seguro de que te enseñará muy bien. Yo prefiero dejar de lado el papeleo. Lo veo demasiado aburrido. —Se ríe desinhibido—. Además, sé que lo hace impecable. Nunca hemos tenido problemas.
De repente, siento una opresión en el pecho. Un miedo profundo de no estar a la altura de la situación.
—¿Y si a mí no se me da bien? —inquiero nerviosa.
—No solo eres preciosa, eres caritativa, altruista y muy inteligente —enumera mirándome con intensidad—.
Has sobrevivido a un infierno, tomando las decisiones correctas para salir adelante.
Sabes arreglártelas muy bien sola. Y no dudo de que todo lo que te propongas te saldrá bien.
Yo creo en ti, en tus capacidades y en lo valiosa que eres.
Bajo la barbilla. Yo no estoy tan segura de todo eso.
¿Cómo puede él creer tanto en mí? Me ha conocido siendo una simple puta.
Solo servía para chuparla y follar. No sabe si podría manejar un ordenador o hacer números.
Que él tenga más fe en mí que yo misma me apena.
Sé que tengo que salir adelante y sé que estoy muy rota.
Dicen que el primer paso es reconocerlo, y eso hago, pero no sé cómo conseguiré superarlo.
Después de unos minutos, atravesamos las calles de la ciudad de Roma.
Me he dado cuenta de que llevamos algunos coches pisándonos los talones.
Serán los hombres de protección de Ciro.
Me ha ido contando la historia de su familia por el camino.
Cielo santo. No me imaginaba lo difícil que ha sido su vida.
Su padre, Pierino, murió poco después de nacer él, momento en el que apareció en su vida otro hombre, cuyo nombre no me ha dicho.
Solo me ha explicado que Sofía y él tuvieron una relación durante años.
Ciro creyó que ese tío protegía el negocio y la familia.
Al escucharlo se me encoge el corazón al saber por todo lo que ha pasado ese pobre chico.
Supongo que al tener Elio esa vida tan difícil no le quedó otra que ser una persona fría y convertirse en el Bestia, como le apodan.
Ciro descubrió que era un farsante. No ha querido entrar en detalles, pero el caso es que él mismo se hizo con el control de la organización y consiguió echar a ese hombre.
Él tampoco ha tenido una vida fácil. Perder así a tu padre…
Según ha insinuado tampoco es que el señor Barone fuera muy buena persona.
Sofía le contó a sus hijos que le pegaba y vivía en un infierno hasta que murió.
Me da la sensación de que fue un embustero que se aprovechó de la debilidad de Sofía, la hizo sentirse querida o le prometería un futuro maravilloso.
Puedo comprender que ella sea así de reticente con todo lo que ha vivido.
Todas las personas tienen una historia detrás, no podemos juzgar a la primera de cambio.
Ciro aparca justo delante de lo que creo que es un cine. El edificio se alza bajo la tenue iluminación exterior, con los grandes carteles que reflejan las películas del momento y las puertas de cristal cerradas.
—Me contaste cuál era tu película favorita —lo escucho a mi lado mientras observo la fachada—, así que la he buscado hasta que he dado con ella. He conseguido que nos la pongan hoy solo para nosotros. Está cerrado al público.
Giro el rostro hacia él. Ha robado mi corazón por completo.
Este detalle significa mucho para mí. No es solo una proyección, es lo que representa.
Es que él me escucha cuando le cuento mis pensamientos.
Es que me siento querida al darme todo lo que sugiero.
Es que sin saber el nombre ha movido cielo y tierra para descifrarlo.
—Estoy enamorado de ti, Cara, y haría cualquier cosa por verte feliz —afirma feliz—.
Ver esos ojos brillar de ilusión más que las mismas estrellas es recompensa suficiente.
Cualquier mujer pediría viajes en yates, dinero para ropa, joyería o regalos muy caros.
Tú no; tú te emocionas con una simple película.
Por eso cuando te digo que eres increíble y única, lo digo con razón.
Joder, yo también estoy enamorada, hasta las trancas, aunque me niego a reconocerlo en voz alta porque eso me hundiría más cuando rompamos la relación.
A cada minuto me da más miedo el final, porque sé que llegará.
Lo nuestro está condenado al fracaso. No soy suficiente para él, para su estilo de vida.
No creo que sea capaz de llevar un imperio como Sofía, no puedo satisfacerlo en el sexo y no soy una esposa que pueda seguirlo a todas las reuniones o intercambios de sus negocios sin echarse a temblar.
Mis lágrimas salen sin cesar.
—Espero que sean de felicidad —sugiere extrañado por mi intensa reacción.
—Lo son —miento.
Pero no. Lloro porque cada vez está más cerca el fin, y duele tanto que siento que no lo superaré nunca.