Lobo (Mafia Italiana 2) CINCUENTA Y NUEVE
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CINCUENTA Y NUEVE

CARA

S ofía no se sorprende al verme ni frunce el ceño en señal de molestia, solo me observa con calma.

Ahora que me fijo bien en ella por primera vez, veo lo joven que aparenta.

Parece que no han pasado los años por su cuerpo.

Lleva ropa elegante, el cabello suelto muy bien peinado y su cuello y muñecas están llenos de joyas lujosas.

—Sabía que te quedaba poco para salir de esa habitación —comenta sin apartar los ojos de las pantallas.

—¿Cómo…?

—Llevas una semana sin bajar —afirma, luego hace una pausa—. Hay un momento en el que el encierro deja de darte protección y empieza a ahogarte. Hoy ha sido ese día —asegura en tono neutro.

Joder, no esperaba un gran abrazo por su parte, pero tampoco indiferencia, como está haciendo. Sé que no le caigo bien, pero podría por lo menos fingirlo.

—Puedes quedarte fuera si quieres —añade—, pero me parece un desperdicio. Ven, siéntate.

Obedezco al instante sin saber muy bien por qué. ¿Por curiosidad? ¿Porque ha sido directa y clara? ¿Por Ciro?

Me siento en una silla que hay frente a ella, que sigue inmiscuida en su trabajo sin sentir un mínimo de incomodidad por mi presencia. Trabaja tranquila y concentrada. Al instante levanta la vista hacia mí.

—Ven, ponte a mi lado —me indica.

Acato su petición, porque ha sonado como eso y no como una orden. Me tiene desconcertada y no sé aún qué quiere de mí o qué pretende.

Observo con detenimiento las pantallas. En una hay columnas de números, en la otra lo que parece un sistema de gestión, pedidos, fechas, proveedores…

—¿Sabes lo que hago? —inquiere sin dejar de teclear.

—No —susurro sintiendo un poco de vergüenza por ello.

Ella bebe de su café con una calma que a mí me produce el efecto contrario. No sé qué esperar de ella y me muero de ansiedad por saber cómo terminará esto.

—Te explicaré cómo funciona el negocio. No porque tengas que saberlo hoy, sino porque algún día necesitarás entenderlo. Tú ocuparás mi puesto —declara con seguridad.

Mi mente no termina de procesar esas palabras cuando la vuelvo a escuchar hablar.

—Ciro es el que se encarga de tratar con todos, el que dirige; se le da bien tratar con los que rodean la mafia, con personas peligrosas.

Elio lo ayuda y es su mano ejecutora; es el mayor de los dos, pero es mucho más inmaduro, y él también prefiere hacer uso de su fuerza bruta antes que de su inteligencia.

Yo me encargo de blanquear todo ese dinero que entra, de hacerlo legal —explica con precisión.

Asiento con lentitud. Ella señala la pantalla de la izquierda.

—Esta familia tiene restaurantes, varios por la ciudad y algunos en las costas.

Son negocios reales con clientes de verdad.

—Hace una pausa para esperar una respuesta por mi parte a ver si lo estoy entendiendo.

Asiento por inercia, pero no sé a dónde quiere llegar—.

Un negocio así tiene algo muy útil: mucho efectivo, y el dinero es difícil de rastrear.

—Pasa el dedo por una columna de cifras—.

Cada semana, parte del dinero ilegal que entra en esta casa necesita una procedencia.

Los restaurantes juegan ahí su papel. Ajusto las ventas, reparto las cifras entre días, semanas o lo necesario.

Ahora lo entiendo. Cogen los negocios legales como fachadas para los ilegales. Joder, ¿y cómo la policía no se da cuenta?

—¿Y si os pillan? ¿No revisan las cuentas? —me intereso.

—Por eso los números tienen que respirar.

Un negocio perfecto no existe. Si cada semana facturara mucha cantidad y siempre fuera bien, nadie se lo creería.

Los “nuestros” —hace énfasis en la palabra, supongo que porque antes dije “os pillan” refiriéndome a ellos sin yo involucrarme— tienen altibajos.

Una semana floja en febrero, un pico en diciembre por las comidas de empresa, un martes malo que llovió mucho… ¿Lo entiendes?

No tengo estudios, pero siempre he sido de coger los conceptos con rapidez. De repente, señala la otra pantalla.

—Pero los restaurantes tienen un límite.

No puedes hacer pasar más dinero de lo que es creíble.

Ahí entran otros negocios. Como el de las propiedades.

—Abre un documento en la pantalla con una lista de direcciones, precios y fechas—.

Compramos inmuebles. Pisos, locales, edificios para empresas...

Los reformamos y los vendemos o alquilamos.

El dinero entra y sale limpio con escrituras.

Observo todo al detalle, poniendo especial atención es sus palabras. Esto es como aprender un idioma nuevo.

—¿Y todo esto lo haces tú sola? —pregunto imaginándome cientos de gestores detrás de sus pantallas.

Sofía clava los ojos en mí. En su mirada noto orgullo hacia ella misma y su labor.

—Sola. Desde hace veinte años —suspira al finalizar.

Cierra el documento de la pantalla y reposa la espalda en el asiento—.

Escúchame bien, porque esto no te lo dirá nadie más —su tono es un poco más contundente—.

Los hombres en este mundo son los que disparan, negocian y amenazan.

Creen que el poder está en eso, en hacerse temer.

Tienen razón... solo en parte. Una organización así de poderosa y grande no se sostiene por el miedo.

Lo hace porque alguien, en silencio, se asegura de que todos los cabos estén atados, de que no haya hilos sueltos.

—Hace una pausa—. Ese alguien soy yo, y pronto serás tú. Siempre ha sido una mujer.

No me salen las palabras ante esta declaración. Casi no puedo ni tragar saliva.

—Nos enseñan desde pequeñas a ocupar el menor espacio posible.

A no preguntar, a no saber demasiado, a obedecer.

Ese es el mayor error que puede cometer una mujer en el mundo.

Porque el que no sabe, depende. Y el que depende, no sobrevive —finaliza en un claro tono de advertencia.

Se inclina un poco hacia mí—. Tú has sobrevivido a cosas que habrían roto a cualquiera.

Eso es fuerza. Pero la fuerza sin conocimiento es un arma sin balas.

Yo te puedo dar el conocimiento que necesitas.

El silencio se instala en la sala.

Joder. ¿A qué viene todo esto? Me da la sensación de que me estoy perdiendo información. Se supone que debería estar reticente conmigo. No mostrarme los secretos del negocio familiar. ¿Y si esto tiene gato encerrado?

Sofía le da un sorbo al café mientras me escruta con la mirada. No puedo aguantar más la presión.

—¿Por qué? —pregunto en voz baja—. ¿Por qué haces esto? Pensaba que…

—¿Que te odiaba? —me interrumpe.

Mis ojos se clavan en ella, buscando una explicación, queriendo adelantarme a lo que sea que piense o vaya a hacer.

—Estás equivocada. Me alegro de que mi hijo se haya enamorado de verdad.

Sabía que algún día me reemplazaría una mujer.

—Suspira y corrige el orden de unos documentos que estaban esparcidos por la mesa—.

Voy a ser sincera. Al principio no estaba de acuerdo, a fin y al cabo, estabas en un puticlub. Creía que solo lo querías por dinero.

Su confesión me acongoja, pero necesito llegar al final de todo esto.

—¿Y qué ha cambiado? —insisto envalentándome.

—Las risas que he escuchado estos días desde el jardín.

Las confesiones que os habéis hecho de madrugada.

La preocupación real de mi hijo. Y tu forma de tratarlo —pronuncia—.

¿Sabes? Yo tuve que casarme obligada. Pierino me pegaba, gritaba y maltrataba.

Tuve que hacerme un hueco a la fuerza en la mafia.

Por eso quiero que la futura esposa de mi hijo tenga el camino más fácil, y yo me encargaré de ello.

Ya comprenderás más adelante lo que voy a decirte.

Los hijos son el motor de tu vida, lo que hace que te levantes cada mañana y lo que más quieres en el mundo.

Por ellos harías cualquier cosa, hasta lo que menos te imagines.

Cierro los ojos un instante. Sofía es buena madre y mujer.

Mis dudas y miedos se han esfumado. Ella me transmite confianza; de otra persona no, pero de ella voy a fiarme.

He percibido su sinceridad, y si de verdad tengo que encargarme de esta parte del negocio, tendremos que pasar mucho tiempo juntas.

La puerta se abre rompiendo el silencio de nuestros pensamientos. Es Ciro. Su sonrisa se agranda al verme aquí.

—No sé si echarme a temblar o alegrarme porque estéis juntas —comenta él en tono divertido al vernos a Sofía y a mí juntas.

Ella se echa hacia atrás en su silla y le hace un gesto a su hijo para que se vaya como si estuviera molestando—.

Ven conmigo. Tengo una sorpresa. —Levanta la palma de la mano para ofrecerme su contacto.

—Nos veremos pronto, Sofía —me despido de ella caminando hacia la puerta.

—No lo dudo. Tenemos mucho trabajo. —Me dedica un breve guiño.

—Las mujeres de mi vida juntas. Faltaría mi hermana para que no hubiera nada más fuera de esa habitación que me importase. —Me besa los nudillos cuando pongo una mano sobre la suya.

—¿Y Elio? —inquiero en tono feliz por verle.

—Elio es tonto —se ríe.

Pero sé que también daría la vida por él. Incluso más que por las tres juntas. Otra cosa no, pero leal, familiar y dedicado a los suyos, sí lo es. ¿Cómo sería como padre?

Mi pulso se acelera al darme cuenta de la pregunta y, seguido, una alerta suena en mi mente como si de una bocina anunciando el fin del mundo se tratase: tengo un retraso.

Debería de haberme venido la menstruación hace días.