Lobo (Mafia Italiana 2) CINCUENTA Y OCHO
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CINCUENTA Y OCHO

CARA

M e paso la mayor parte del día caminando por la terraza o tumbada en el sofá disfrutando de la naturaleza.

No he salido de esta habitación desde que llegué.

Ciro ha llenado el armario con ropa que ha ido comprando su madre.

No puedo quejarme con lo que hay. Los primeros días trajo alguna prenda demasiado elegante, y no me sentía cómoda.

Lo hablé con él y a partir de ahí me trajo varios días seguidos conjuntos más cómodos y casual .

No sé qué me estará pasando, si es por la libertad o por la tranquilidad que siento, pero no puedo parar de comer.

Tampoco me muevo lo suficiente para quemar las calorías y noto mis muslos más gordos y ahora cada vez que me siento se me forma un michelín en el abdomen.

Los primeros días me sentía culpable por ello.

Ya no. Ciro notó mi inquietud y le confesé mi inseguridad, a mí nunca me ha importado tener kilos de más, pero por mi estilo de vida, era un peligro.

Me repitió hasta la saciedad que estaba a salvo, que tenía que seguir comiendo.

Me trajo más comida aún al verme llorar.

Y desde entonces, ya no me preocupa. Sé que nadie me pegará un tiro por haber engordado.

Está siendo muy caballeroso conmigo. No se me ha insinuado ni una sola vez desde que lo frené en la ducha el primer día.

Supongo que está esperando a que yo dé el paso.

Aunque confío en él, no puedo evitar no hacerlo en el tema del sexo.

No quiero echar a perder lo que tenemos.

Si volviese a pasar aquello, si volviese a tratarme de esa forma, esta vez sí me rompería en mil pedazos.

Para evitarlo, prefiero no llegar a ese punto. Está siendo muy paciente, y no sé hasta cuándo será así. Cuando sobrepienso el tema, me pongo muy nerviosa y al final acabo yendo a vomitar.

Ese es otro problema. Llevo varios días con muchas náuseas, supongo que por un virus.

Suelo escondérselo a Ciro. Me aguanto como puedo las ganas hasta que él se va.

Cuando más me pasa es por la mañana, después de desayunar.

Podría referírselo y que me viera un médico, pero está muy ocupado y no quiero importunarle.

Se dedica todo el día a obtener información sobre La Camorra. Siguen sin haber movido ficha, pero Ciro está obsesionado con que están planeando algo grande.

No puedo quejarme. Yo estoy en el paraíso, sin rendirle cuentas a nadie y haciendo lo que quiero en todo momento.

Ciro me ha comprado varios libros, también me ha instalado una aplicación de series en la televisión que está colgada en la pared de nuestra habitación.

Ha comprado un nuevo teléfono móvil para mí.

Casi todo el día hablo por WhatsApp con él para su tranquilidad y la mía.

Pasamos las mañanas y noches charlando en compañía en nuestro sofá favorito. Él me cuenta todo lo que ha hecho y yo todo lo que he leído o visto. Jasmine ha venido a visitarme un par de días, hemos visto juntas la serie de La casa de papel , que se está convirtiendo en nuestra favorita.

Muchas veces veo a Sofía, la madre de Ciro, salir al jardín que da justo debajo de mi terraza.

Evito que nuestras miradas se encuentren porque supongo que me odia a muerte.

Su hijo le afirmó siendo muy directo que me preferiría a mí antes que incluso a ella.

Eso fue lo que hizo que mi rabia hacia él fuese disipándose hasta desear con todas mis fuerzas darle una segunda oportunidad.

Excepto en el sexo, en todo lo demás es perfecto.

Me he dejado crecer los vellos de las piernas, no me molesto ni en peinarme y por muy descuidado que parezca mi aspecto físico, mentalmente estoy mejor que nunca.

No pretendo gustarle a nadie, ya no tengo por qué, y Ciro me mira de la misma forma.

Sé que sus sentimientos no cambiarán por que no me eche maquillaje o no me pinte las uñas.

Lo que siente hacia mí es real. Tanto que me come con los ojos incluso con el pelo enmarañado y la boca llena de miguitas de palomitas. Lo noto.

Hoy me apetece salir de aquí. Creo que ya es hora de dar otro pasito más.

En algún momento tendré que enfrentarme al mundo real.

Ciro hace horas que se fue. Me han subido el almuerzo hace poco y he disfrutado de él en mi lugar favorito junto con un libro cuya trama me está encantando.

Va sobre una mujer maltratada que contrata a otra mujer como empleada pero con doble intención.

Pretende que su marido se enamore de la nueva chica y así ella ser libre de su cárcel disfrazada de lujo.

Me quedan pocas páginas para terminarlo y, madre del amor hermoso, juro que me leeré todos los libros de esa autora.

Con el conjunto morado de hilo más cómodo que encuentro en el armario, me dispongo a descubrir un poco más de la vida de Ciro. No sé ni cómo de grande es esta casa. Lo poco que vi cuando llegué, me dio la sensación de ser monumental, pero no presté mucha atención ya que solo pensaba en escapar.

No hay movimiento por el pasillo, y tampoco apenas ruido.

Sé que la mayoría de los hombres salen con Ciro cuando él se va.

Por lo que me ha contado, viven todos aquí.

Él y su familia tienen las habitaciones en el ala este y todos los demás en la oeste.

Si las habitaciones son la mitad de la mía, este sitio tiene que ser un castillo.

Cada uno come en su habitación, a veces se juntan en la cocina, que cuenta con una mesa larga, y allí se reúnen y charlan.

También me ha contado que solía pasar muchas tardes con muchos de ellos en el salón comentando tonterías y pasándolo bien.

Desde que yo estoy aquí, él no ha salido de la habitación si no es por trabajo.

Me siento un poco culpable por quitarle la vida social que tenía, y como sé que soy un estorbo ahora mismo, voy a obligarme a relacionarme con su entorno.

Me cruzo por las escaleras con dos hombres que se quedan mirándome con desdén. Creo que no les caigo muy bien. Puedo llegar a entenderlo. He puesto patas arriba toda la estabilidad de La Cosa Nostra. Ahora deben estar alerta día y noche y cuidar sus espaldas por mi maldita culpa.

Consigo llegar hasta lo que creo que es el salón.

Es amplio y elegante, dominado por una gran chimenea de piedra.

Varios sofás y sillones de cuero oscuro rodean una mesita baja, creando un espacio perfecto para reuniones privadas.

En una esquina, un minibar de madera y mármol exhibe botellas de licor bajo una iluminación tenue.

El aire huele a whisky , humo de leña y cuero, esos olores refuerzan la sensación de poder que impregna cada rincón.

Sigo avanzando por la casa. Veo una cocina enorme, equipada con encimeras de mármol oscuro y electrodomésticos de última generación que brillan bajo una iluminación elegante.

Una biblioteca privada ocupa otra ala de la mansión, con estanterías que llegan hasta el techo y sillones de cuero desgastado junto a grandes ventanales.

También hay un gimnasio privado y una sala de cine con butacas de terciopelo negro.

Salgo al enorme jardín. Me encuentro con una extensión de césped verde cuidada al detalle y arbustos perfectamente recortados.

En el centro destaca una gran piscina de aguas cristalinas.

A su alrededor se distribuyen varias hamacas acolchadas, preparadas para descansar bajo el sol.

Cerca de mí, de la entrada al interior, hay una zona independiente pavimentada con piedra clara, donde varias mesas y sillas elegantes se agrupan bajo amplias sombrillas de color crema.

No quiero ser mala, pero las vistas de este lugar desde mi terraza son más impresionantes que desde aquí.

Me imagino nadando en el agua y… ¿Qué cojones estoy diciendo?

Si no sé nadar. Mi padre nunca me llevó a cursillos de natación ni a piscinas.

Tampoco a la playa. Solo salía al parque a fumar porros y a liarme con chicos, así desde los diez años hasta que me secuestraron.

Vuelvo a pasear por el interior, pensaba que habría más movimiento, y en parte me alegra que no lo haya, porque así puedo respirar tranquila, sin presión y sin explicaciones. En realidad no sé si estoy preparada para mantener una conversación; solo de pensarlo se me oprime el pecho.

Quizá sería mejor que volviese a mi habitación.

Observo los cuadros nivelados a la perfección mientras un olor a café recién hecho me hace sentir la curiosidad de saber de dónde viene.

Hay una puerta entreabierta en la planta de abajo que está en el lado opuesto al salón.

Dudo si abrir o no, pero me pueden las ganas de saber más.

Es de las pocas estancias que me he encontrado abiertas.

No pienso acceder a las que están cerradas para no invadir la privacidad sin saber qué puedo encontrarme detrás.

La sala parece un despacho. Hay una mesa grande de madera oscura ocupada por dos pantallas encendidas, una taza de café a medio terminar y varios cuadernos abiertos a su lado.

Entra luz natural desde una ventana que da al jardín.

Es un espacio de trabajo, pero tiene mucha calidez.

Me fijo en la planta que hay en una esquina, en una fotografía enmarcada en la pared de Sofía con todos sus hijos y en la gran alfombra tapizada que cubre parte de la habitación.

Por el cabello que sobresale por los lados de los equipos informáticos, intuyo quién está detrás, y no sé si estoy preparada para afrontar lo que está por venir.

Sofía.