Lobo (Mafia Italiana 2) CINCUENTA Y SIETE
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CINCUENTA Y SIETE

LOBO

M e desabrocho los primeros botones de la camisa mientras subo la escalera con mi lobo.

He visto cada minuto del reloj. No quería dejarla sola, pero tenía que saber en qué punto estamos.

Conocer la gravedad me da el poder de anticiparme a la jugada.

La vida de mucha gente depende de mis acciones y mis decisiones.

De momento, Gepetto no ha tomado cartas en el asunto.

Sé que la calle donde vivían muchos trabajadores y tenían a chicas recluidas está cortada, invadida por su gente.

Las que salvé están recuperándose en un piso que tenemos en la ciudad de Fregene, en mi parte del país, por lo tanto, no creo que estén en peligro, de momento.

Aunque no haya habido una respuesta por parte de La Camorra, no quita que no vaya a haberla.

Tenemos que estar alerta de cada paso, de cada señal.

Por lo poco que me ha contado mi madre, Cara no ha salido de la habitación en todo el día.

La verdad es que todo va mejor de lo que me supuse.

Creía que no me soportaría, que no me perdonaría, y nada que ver.

Estas horas juntos me ha demostrado que necesitaba de mi contacto para calmarse.

Vino a buscarme al baño. Quería mi consuelo, y eso me da esperanzas de un futuro juntos.

Juro que cambiaré, que dejaré el monstruo de lado por ella.

Mi mujer es lo más importante para mí, sin duda.

Sé que está bien. He hecho que uno de mis hombres llamara a la puerta cada dos por tres para comprobar su estado.

No quisiera ni imaginar lo que puede llegar a hacer o pensar.

A las cinco dejó de contestar a las llamadas y Tullio me comentó que había entrado con cuidado y la había visto en la terraza, dormida.

Me urge saber su estado de ánimo, sus pensamientos y la capacidad que tiene ahora mismo de fuerza interior.

—Vamos, chico, tienes que quedarte fuera. Esperemos que esto sea pasajero. —Acaricio la cabeza de Ares.

No quiero que Cara se asuste. Ni sé si está preparada para tratar con mi lobo, por lo tanto prefiero retrasar ese asunto cuanto más, mejor.

Él está acostumbrado a dormir en la cama conmigo desde siempre.

Esto le tiene que parecer muy extraño. Elio me ha dicho que se hará cargo de él, y ya con eso me quedo más tranquilo.

Abro la puerta con cuidado. Está todo oscuro, ya ha anochecido.

Me llega una ráfaga de viento desde el exterior.

La veo tumbada, durmiendo relajada, acurrucada sobre sí misma.

Avanzo hasta ella. El calor que hacía antes ya no está, al anochecer ha llegado el aire fresco, así que tengo que llevarla dentro.

Meto un brazo por debajo de su espalda, el otro por detrás de sus muslos.

Aún no me creo que esté aquí conmigo. Me he tirado muchos días pensando que me volvería loco, que no podría volver a verla.

—¿Ciro? —murmura en voz baja, despertándose.

—Soy yo, cara mia . Voy a llevarte dentro, que hace frío —le hablo muy bajito para no sobresaltarla.

Ella levanta una mano para frenarme.

—Por favor, no. Me gusta estar aquí —replica adormilada.

Bajo la cabeza escondiendo una sonrisa. Siempre a tus órdenes, mi reina.

Retiro los brazos con lentitud. Vuelvo dentro para buscar una manta y me doy cuenta de que apenas ha tocado la comida que dejé en la mesita.

Entiendo que no tenga hambre, pero le insistiré en la cena que nos traerán ahora.

A ver si consigo que se alimente un poco.

Tocan la puerta. Ya está aquí.

—Adelante —pronuncio dirigiéndome a la terraza de nuevo.

Cara se incorpora un poco hasta quedar sentada.

Se espereza. Al hacerlo se le abre un poco el albornoz dejando ver parte de sus pechos y abdomen.

La fuerza de voluntad que estoy teniendo solo la sabe Dios.

Esta mañana casi me arranco la polla de sentir cómo me explotaba.

La deseo tanto que duele demasiado reprimirme.

Le echo la manta con delicadeza por los hombros. Ella me sonríe en respuesta y se rodea el cuerpo con ella.

Rosi, una de nuestras empleadas, entra con un carrito lleno de bandejas y comida. Recoge primero todo lo de esta mañana, acoplando platos unos sobre otros. Me siento al lado de Cara sin esperar ni un segundo más.

—Te he echado de menos todo el día —aseguro. Le beso los nudillos para no invadir su espacio si ella no me da permiso.

—Yo también —contesta con timidez.

La empleada termina de ponerlo todo sobre la mesita. Si Cara quiere estar todo el tiempo aquí, eso haremos.

—Gracias, Rosi —pronuncio cuando la veo irse.

Ella asiente siendo agradable, como siempre.

Es una mujer dominicana, de unos cuarenta años, que no tiene familia a la que cuidar o mantener.

Le pago mucho por sus servicios. No sé qué estará haciendo con ese dinero, pero espero que no sea ahorrarlo para jubilarse con anticipación, ya que no podría prescindir de ella.

Lleva con nosotros desde que tengo uso de razón, y es la jefa de todas las demás.

Cierra la puerta al salir de la habitación.

—¿Qué me pasó ayer, Ciro? Nunca me había sentido así —me sorprende su pregunta.

Voy a ser totalmente sincero. No voy a maquillarle nada. Las cosas son como son y creo que para superarlas no puedes obviarlas, sino enfrentarlas.

—Tuviste un ataque de pánico —afirmo con delicadeza.

Ella abre mucho los ojos. Según dice, no lo había experimentado nunca, y me resulta muy extraño sabiendo todo lo que ha vivido.

—¿Dices que no lo has sentido nunca? No es por quitarle hierro al asunto, Cara. Te prometo que lo entiendo, pero has vivido horrores más duros que una simple noche de tiroteos —expongo mientras corto su filete para que le sea más fácil comer.

Ella se queda pensativa unos minutos hasta que al fin se decide a hablarme.

—Siempre he vivido en modo supervivencia —explica evitando mirarme—.

Mi cuerpo se acostumbró desde el primer momento.

Supongo que acepté la primera violación porque era muy joven; a raíz de ahí ya nada me afectaba.

Sin embargo, cuando apareciste en mi vida —se sonroja mientras habla—, derribaste todas mis defensas.

Salí de ese modo. Incluso empecé a comer más sin miedo ni duda.

Me sentía… feliz, tranquila. Mi cuerpo y mente se relajaron.

Desde ahí, todo lo que he ido sintiendo y viviendo se ha ido acumulando hasta explotar, creo.

—Lo siento, Cara. —Le acaricio la mejilla—. Todo es culpa mía.

—No. Gracias a ti he vuelto a vivir.

Joder. Me aguanto las ganas de comerla a besos, de lanzarme sin límites. Cuando creía que no podía enamorarme más, la vida va y me demuestra que estaba equivocado.

Giro el rostro para no caer en la tentación. Necesito calmarme o luego me arrepentiré. No quiero asustarla. Estoy en periodo de prueba, lo sé, y no pienso fallarle.

—¿Por qué no quieres estar dentro? Aquí hace frío —la interrogo mientras le indico que coma.

Ella mastica un trozo y disfruta del sabor. Se nota que tenía hambre.

—Aquí soy libre. En la naturaleza. Aunque haga frío o calor, puedo decidir si sentirlo.

No hay nadie encerrándome en cuatro paredes u obligándome a nada —pronuncia feliz—.

Es la primera vez desde que llegué a Italia que he disfrutado de cada detalle del cielo, he podido ver las formas de las nubes sin prisa, sin miedo.

He podido escuchar pájaros, incluso puedo llorar sin tener que esconderme de miradas ajenas.

Su declaración me deja impactado. No me imaginaba lo importantes que eran esos detalles tan insignificantes.

Las personas que tenemos eso todos los días no le damos el valor que merece.

Una vez más, mi corazón se encoge al pensar el infierno por el que ha pasado. Quisiera arrancarles la cabeza a todos.

—Pero si el Don de toda la mafia tiene frío, puedo hacer un esfuerzo y entrar para que no se congele el pobre —me vacila en tono divertido.

Siento una felicidad enorme al verla así. Sonriendo y gastando bromas. Su ánimo cambia el mío.

—Eh, estás hiriendo mi ego. —Me hago el dolido con una mano en el pecho—. Pero yo lo decía por ti, que se ve que estás sufriendo —suelto en tono burlón.

—Sí, sufro al ver cómo tu masculinidad es tan frágil —se cachondea con una risa sonora.

Me tiene embobado con ese desparpajo. Se me cae la baba y no podré esconderla.

—¡Oye! —exclamo haciéndome el enfadado.

Me lanzo hacia ella para hacerle cosquillas. Pone las manos por delante, pero consigo entrar por un lateral hasta su costado. Ella se ríe a carcajadas, intenta frenarme. Me contagia la risa durante un buen rato. Consigue distanciarse de mí hasta la otra punta del sofá, fuera de mi alcance.

—Pero —me pongo serio— no podrás evitar la cena si es lo que pretendías con tus argucias. Tienes que comer.

Pincho otro trozo y levanto el tenedor para que acerque su boca. Ella lo hace aún reticente. Cuando está masticando, suelto el cubierto y al ver que está cerca de mí, la apreso junto a mi pecho. Ella se revuelve muerta de risa.

—¡Que me voy a atragantar! —grita.

—Pues ya sabes, deja de ser tan insolente y no pasarán estas cosas —comento de broma.

No paro de hacerle cosquillas, se resbala hacia abajo, la agarro para que no se caiga. Me gusta tanto tocarla que podría estar así el resto de mi vida.

Paro de molestarla viendo que está tosiendo y el trozo se le ha atravesado de verdad. Le ofrezco agua. Cara bebe intentando que baje la comida por su esófago.

—¿Estás bien? —Acaricio su espalda tensa.

Ella asiente intentando recomponerse. Se me viene un dato a la mente. Tengo que decírselo. Sé que puede dolerle, pero, como he dicho, no creo que sea bueno esconderle nada. Tiene que afrontar el presente.

—Cara, he estado en tu antiguo piso. La calle estaba llena de personal de La Camorra, no he podido traer nada, y no creo que podamos hacerlo —le explico con delicadeza—.

Se habrán deshecho de todo creyendo que estás muerta, igual que todas las chicas que faltan.

La Nonna está calcinada por completo. No podrá reconstruirse como la última vez.

Lo siento mucho por tus pertenencias, supongo que allí tienes parte de tu vida.

Ella me ha escuchado con atención. Al ver que no responde, me temo que pueda volver a caer en otro ataque de pánico, o a saber. Están siendo días de muchas emociones.

—Di algo, por favor —insisto nervioso.

—No me importa, Ciro —anuncia al fin—. Allí no queda nada de mí.

No quiero volver a utilizar esa ropa interior ni esas cremas hidratantes que me recuerdan a que era usada.

Ojalá ardiera también —finaliza en tono decidido.

Analizo su mirada, sus gestos, queriendo saber si está siendo sincera, si de verdad está pudiendo avanzar—.

Gracias por salvarme, Ciro. Solo es cuestión de tiempo que pueda superarlo —sostiene decidida.

Se lanza hacia mí y me abraza con fuerza. Sé que le duele, pero está luchando para salir adelante. Eso es lo que veo y percibo.

La atraigo y la siento encima de mí.

—Puedo quemarlo si quieres —le ofrezco por ver su reacción.

No puedo sacar sus cosas de allí, pero un fuego intencionado es mucho más fácil. A mí se me da bien meter fuego, no apagarlo. Se me da bien el caos, la destrucción.

—Hazlo. Que no quede ni el cepillo de dientes donde me limpiaba los fluidos que me dejaban esos asquerosos en la boca —su tono está lleno de ira.

Pero no más de la que ha crecido en mi interior solo de escucharlo.

Estoy lleno de una rabia que me carcome las putas entrañas, me hierve la sangre y me dan ganas de arrancarle la cabeza al mundo entero a mordiscos.

Quiero destrozarlo todo, romperlo, pisotearlo, hacer pedazos cada cosa que respire hasta que solo queden ruinas sangrientas y huesos rotos.

Y juro por Dios en este instante que mi mujer no volverá a pasar por eso.

Nunca más.

Por encima de mi cadáver.