Lobo (Mafia Italiana 2) CINCUENTA Y SEIS
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CINCUENTA Y SEIS

CARA

S us pequeñas manos abren la puerta con lentitud.

En su rostro percibo la timidez. Le dedico una sonrisa.

No me encuentro bien, pero ningún niño se merece pagar mis traumas.

No estoy para tratar ahora mismo con nadie, no puedo ser una adulta funcional, y aun así, no puedo echarla o negarle la entrada.

Al fin y al cabo, soy yo quien está invadiendo su casa.

—¿Puedo sentarme contigo? —pregunta en voz baja caminando hasta mí.

Asiento. Lleva el cabello castaño recogido en una trenza. Viste con unos pantalones cómodos y un jersey amarillo. Su aspecto es adorable.

Se deja caer en el sofá enfrente del mío.

Le ofrezco comida de la mesa. Ella niega con la cabeza con dulzura.

Creo que tampoco sabe qué decirme. Se queda en silencio, mirándome fijamente.

Podría sentirme incómoda, pero nada más lejos de la realidad.

Tengo hambre, pero ahora no veo bien comer con ella delante.

Quizá quiere tener una conversación y, si me pongo a masticar, sería una clara señal de que estorba.

Junto las manos en el centro. Entrelazo los dedos. Observo el paisaje. ¿Qué le digo? ¿Qué pensará de mí? Debería tomar el control de la situación, soy yo la mayor.

—Espero que no te haya molestado mi visita —comenta ella rompiendo el hielo.

Así que una niña tiene más iniciativa que yo. Genial, vaya.

—No te preocupes. Es tu casa —respondo con una sonrisa tensa.

—Y ahora también la tuya, por lo que dice Ciro —expone.

Coge un tenedor para pinchar un trozo de fresa.

—¿No comes? —averigua curiosa.

Debería hacerlo y dejar de comportarme como una inmadura. Soy la adulta. Yo debería de tener el control. No quiero que me vea como alguien débil o un impedimento.

Vuelvo a coger el pan para seguir con mi desayuno.

—¿Cuántos años tienes?

Vaya pregunta más tonta me ha salido.

—Doce. ¿Y tú?

—Veinte.

—Eres mayor que Ciro. ¿Cuándo es tu cumpleaños? El de él es el quince de agosto, cumple tu edad —explica después de masticar otro trozo.

—¿Mi cumpleaños? Pues es que… —no termino la frase.

Hace tanto que no pienso en ello que casi se me olvida por completo. Tampoco es que tenga buenos recuerdos de ellos. Mi padre nunca los celebraba tampoco.

Mi corazón se encoge. Todo el mundo tiene su día especial, yo nunca lo he tenido. Pero no puedo contarle eso a Jasmine. No tiene que lidiar con mis problemas.

—Es el diez de julio —anuncio al fin.

—¡El mío es el doce de julio! Podríamos celebrarlo juntas —propone con mucha felicidad. Me contagia su estado y me hace sonreír—. Aunque a lo mejor a ti no te gustan las piñatas ni las chuches —baja la voz.

—Claro que me gustan. Las que más me gustan son —tengo que dedicar unos segundos a pensar— las dentaduras.

Dios mío. Chucherías, gomitas. Hace años que no pruebo una.

Desde que me fui de España. En mi barrio había un quiosco en la esquina, era de Pepa, una mujer mayor que nos conocía a todos los niños de los alrededores.

Era muy amable y siempre estaba regalándonos ladrillos de azúcar.

Creo que sería porque era lo que menos vendía.

Sonrío al pensarlo. ¿Qué habrá sido de ella?

—Son las más duras, Cara. Te vas a partir los dientes —se ríe divertida—. A mí me gustan mucho las cerezas. Primero me como el tallo verde y luego lo rojo —finaliza con ímpetu.

—Creo que todo el mundo se las come así. Yo lo hacía también —afirmo contenta.

—Y con los escalofríos, mojo el dedo. El huesito que viene casi nunca me lo como. Me gusta chuparme la yema con los polvitos —aclara haciendo el gesto.

Me río al escucharla y verla tan feliz. Es una niña increíble.

No me ha juzgado. Al revés, ha venido a conocerme a la primera de cambio.

Podría estar haciendo cosas mucho más interesantes que charlar aquí con una persona rota y desconocida.

Y menos mal que no se ha ido, porque me ha hecho sonreír y distraerme un poco.

Observo cómo sigue hablando, ahora con total confianza.

A los niños no les hace falta mucho para entablar una conversación.

De repente, mi rostro se oscurece. Mierda.

Acabo de caer. A mí me secuestraron cuando tenía solo un año más que ella.

Me violaron por primera vez. Mi corazón deja de latir.

Pienso en esas atrocidades que cometieron conmigo haciéndoselas a Jasmine y casi no puedo respirar.

Sería inhumano. ¿Cómo han podido hacerlo?

¿Cómo hay gente que lo hace y se consideran personas?

—¿Te encuentras mal? —Jasmine ha dejado de reírse también.

—No, es solo que… —apenas me salen las palabras.

No me puedo quitar de la mente a Jasmine sufriendo a manos de Vivaldo.

Santoro me aseguró que moriría en la trampa que le tendió, pero si Ciro me ha dicho que Pantera está vivo, puede ser que ese hijo de puta también lo esté.

Y mientras él exista, el peligro es real para todas las niñas como ella del mundo.

Me cuesta tragar saliva.

—Será mejor que te deje sola. —Se levanta de su asiento. Da unos pasos para ponerse muy cerca de mí—. ¿Puedo darte un abrazo?

Asiento con los ojos llenos de lágrimas. Sus pequeños brazos me rodean. Con tan solo unos segundos, los malos pensamientos se van esfumando de mi mente.

—Sé que lo has pasado mal. Intentan que yo no me entere de mucho, pero lo sé todo —susurra muy cerca de mi oído—. Ciro ha sufrido mucho por ti, también. Te quiere, Cara. Solo espero que seáis felices.

Joder. Me deja sorprendida por sus palabras. En realidad, al vivir dentro de la mafia no le queda otra que ser avispada. Seguro que no le va tan mal como la película que me he hecho en mi cabeza. Es inteligente y estoy segura de que sus hermanos no dejarán que le ocurra nada malo.

—Gracias, Jasmine. Eres una niña increíble. —Le sonrío más calmada.

Ella se aleja de mí. Me devuelve el gesto amable. Avanza hasta la puerta de la habitación y antes de desaparecer me vuelve a dedicar una mirada dulce.

Suspiro al volver a quedarme sola. Vaya lección me acaba de dar una cría. Ha tenido más entereza que yo. Sin prejuicios. Sin reproches. Solo me ha dado la bienvenida. Ahora me siento más relajada.

Nota mental: regalarle cerezas.