CINCUENTA Y CINCO
CARA
E stá tan dedicado a mí que me hace sentir querida y valorada.
En la ducha me ha ayudado a lavarme con cuidado.
Después, mientras él me echaba crema por todo el cuerpo, yo me he desenredado el cabello.
No han hecho falta palabras entre los dos.
Él sabe que estoy frágil y guarda las distancias sin que eso impida poner atención en mí.
Me ha rodeado su albornoz porque no tengo ropa.
Me ha pedido que bajara con él a comer, pero enseguida ha reculado.
Ha visto que no estoy preparada, que necesito soledad, y se ha ofrecido a subirla para que desayunemos juntos.
Eso me ha parecido mejor. No soporto la idea de que se vaya de mi lado aún.
Sé que él tiene que seguir con su rutina, con su vida, y que yo me estoy interponiendo en todo.
Estoy siendo un estorbo, lo sé, pero soy una egoísta y no quiero dejarlo ir.
Al quedarme sola, me he dado cuenta de cómo es el dormitorio.
La estancia se extiende varios metros en todas direcciones, envuelta en una combinación de negros, grises oscuros y madera de nogal que absorben la luz y le dan un aire elegante y peligroso.
Una cama inmensa domina el centro de la habitación, cubierta por sábanas de algodón egipcio muy suaves.
A un lado hay una zona de estar con un sofá de cuero negro, amplio, frente a una televisión gigantesca empotrada en la pared y una mesita baja.
Más allá, una mesa de madera oscura rodeada de sillas de diseño ocupa su propio rincón.
Este espacio parece haber sido concebido para no necesitar nada del exterior.
También hay estanterías, una pequeña barra con bebidas, lámparas de luz tenue y ventanales que van desde el suelo al techo.
Me he dado cuenta de que tiene varios objetos personales repartidos por ella. Debe de ser su dormitorio.
Me dirijo a la terraza. Bajo mis pies, una alfombra gruesa amortigua cada paso que doy. Hace un día espectacular. Cada vez hace más calor. Ya apenas queda nada de la época invernal. La temperatura en el exterior es muy agradable.
Avanzo hasta el centro, donde hay una mesita baja, y me dirijo a los sofás que hay a un lado de la terraza.
Me tumbo en uno de ellos. Estiro mis músculos engarrotados.
Esto es lo más parecido al paraíso en que he estado nunca.
Sin obligaciones ni gritos. Solo este cielo azul iluminando mi futuro y yo.
Los pájaros pían, la brisa me envuelve el rostro, oigo el crujir del tronco de los árboles y hasta las hojas moverse.
Cierro los ojos para disfrutar de la naturaleza.
Parece un sueño. Demasiado bonito para ser real. Quizá ayer sí que me morí y esto es lo que se siente después de la muerte. No siento presión. No siento miedo. Me quedaría aquí para la eternidad.
—No te puedes dormir sin comer. Tienes que alimentarte —la voz de Ciro y su sombra invaden mi relajación.
Al abrir los ojos, veo su rostro pegado al mío. Me sale una amplia sonrisa demostrando lo feliz que soy. Sus palabras podrían parecer una orden, pero por el tono y por cómo es, sé que se trata de una petición.
—Podría vivir en esa sonrisa el resto de mi vida —asegura sonriendo él también.
Me levanto con su ayuda. Ha traído una bandeja con muchos tipos de alimentos. Hay frutas, pan, mermelada…, y hasta el café preparado tal y como sabe que me gusta, con poca leche y sacarina.
—¿No crees que es mucha cantidad? —pregunto pensando qué coger primero.
—Come lo que quieras. Todo es poco para ti, cara mia —afirma sentándose a mi lado.
Ahora vuelve a estar impecable con uno de sus trajes habituales—.
Por cierto, he enviado a mi madre a comprarte ropa.
Vaciaré todo el espacio que te haga falta de nuestro armario para que tú metas toda tu ropa y enseres personales. —Bebe de su café y yo frunzo el ceño.
—Es tu armario. Y no creo que haya sido un acierto enviar a tu madre. Ella no tiene por qué molestarse en eso —respondo pendiente del plátano que me mira con ojitos de “cómeme”.
—Mi madre solo va a comprar alguna ropa provisional.
Quien llenará “nuestro” —hace énfasis en la palabra para que me quede claro— armario eres tú.
—Saca su cartera del bolsillo y tira la tarjeta de crédito encima de la mesa—.
Mi armario es tuyo; mi dormitorio, también.
Mi dinero, mi casa y hasta mi vida si apuras.
Utiliza todo lo que quieras y haz lo que te apetezca. Tú eres la que mandas, Cara.
Dejo de masticar. Más para asimilar, es demasiado abrumador. Se está desatando una guerra a mi alrededor y yo siento más paz que nunca. Me siento ¿libre?
—Ciro, yo… —no me salen las palabras.
—Solo quería informarte de la situación.
Sé que te adaptarás. Sé lo fuerte que eres.
Cualquier cosa que en algún momento necesites, solo tienes que ordenarla.
Porque yo soy el Don, pero tú eres mi reina.
La reina de la mafia de La cosa Nostra. Y tienes cientos de hombres a tus pies.
Yo, el primero. —Se arrodilla a mi lado y me besa los nudillos.
Mi mandíbula se desencaja. ¿Qué declaración es esa? Dios mío, nunca dejará de sorprenderme. No tengo respuesta para eso. Me he quedado sin palabras.
Al momento, mi pecho se encoge solo de pensar las veces que me ha declarado su amor en estas horas. Y yo no puedo corresponderle. ¿Cómo le digo que me da miedo? ¿Que no puedo volver a confiar en él? Giro el rostro avergonzada.
—Lo entiendo, Cara, y esperaré lo que haga falta. —Me besa en la mejilla—. ¿Podrás quedarte sola unas horas? Debo dejar algunos asuntos solucionados —pregunta acabando el último sorbo de su café.
Sí. Ahora sí quiero quedarme sola. Es más, me urge. Porque me muero de culpa y vergüenza al saber que soy una puta embustera que no le dice la verdad. Asiento despacio. Él sonríe con expresión relajada. Me da un suave beso en la frente antes de irse. Otra vez ese gesto que me desarma.
Lo veo salir por la puerta de la habitación y me dejo caer sobre el respaldo del sofá. Soy una aprovechada. Él no para de decirme que me quiere y de cuidarme, de protegerme, de ayudarme, y yo…
Quiero salir corriendo. No merezco nada de él. Si él no está en la casa, ¿tendrá a alguien que me vigile? ¿Podré escaparme?
Mi mente piensa mil posibilidades, pero todas se esfuman cuando alguien toca la puerta.
—¿Pasa? —digo en voz alta sin saber muy bien quién puede ser.
Entonces intuyo que dentro de unos minutos, cuando la conozca, no querré huir. Porque apenas sé quién es y ya me ha ganado al entrar con esa tímida sonrisa y sus ojos brillantes llenos de curiosidad.
Es Jasmine.