CINCUENTA Y CUATRO
CARA
S iento la mejilla pegajosa, la garganta hinchada y la boca seca. Abro los ojos con lentitud y me cuesta. Creo que también están inflamados. Me quedé dormida llorando. Solo recuerdo eso. Pero mi pecho ya esta bien. No lo noto acelerado ni tengo esa sensación de derrota que tenía.
Despego el rostro de su pecho. Ahora hay demasiada claridad.
Diría que es más que por la mañana, el sol está en su máximo esplendor.
Mis ojos se fijan en el aspecto de Ciro.
Sigue dormido, su camisa está arrugada y llena de mis fluidos y de sangre.
Se ve a la perfección dónde ha estado mi boca, porque hay una mancha que creo que es de saliva.
Recuerdo que llevaba un chaleco antibalas.
Lo sé porque lo veía en la televisión en las series que echaban, pero nunca había llegado a ver uno en persona.
Ojeo la habitación y lo localizo tirado en el suelo.
Se lo quitó antes de acostarse conmigo. Su pelo está enmarañado y en su rostro también hay restos de sangre y polvo.
Si él está así, no me quiero imaginar cómo estoy yo. Mucho peor, seguro.
Me incorporo un poco en la cama quedando sentada en el borde del colchón.
—¿Cómo estás? —Me sobresalto al escuchar a Ciro.
Lo he despertado. Mierda.
Ladeo la cabeza como respuesta. Sigo sin querer hablar de lo sucedido. Necesito un poco de tiempo y ordenar mi mente.
—Entiendo por todo lo que has pasado, cara mia . Aquí estoy para cuando lo necesites —pronuncia con dulzura. Me da un suave beso en la espalda. Seguido, me la acaricia con los dedos—. Debe de ser supertarde. Valiente Don soy, acostado mientras los demás trabajan y nos protegen.
Su comentario hace que sonría un poco. Me ha puesto de buen humor.
—¿No es eso lo que significa ser Don? ¿Que lo hagan todo por ti? —pregunto sin mirarlo por la vergüenza de que me vea tan desaliñada.
—Yo no soy así. Me gusta estar codo con codo con los míos y ser yo el que los proteja.
Eso es para mí ser el líder y no esconderte detrás de un cargo para ser un cobarde —explica.
Sigue rozándome la espalda con su piel, llenándome de mimos y cariño.
Me sale un largo suspiro—. Pero puedo dejar todo y a todos de lado si me necesitas.
Tú eres lo primero, Cara, nunca me cansaré de repetirlo —asegura con suavidad.
Echo la cabeza hacia atrás. Está siendo muy bueno conmigo, y comprensivo. Pero me reitero, necesito tiempo. Tengo que asimilar todo.
Ciro, al ver que no obtiene respuesta por mi parte, se incorpora.
—Te quiero, y estoy seguro de que todo esto pasará. Yo te ayudaré en lo que necesites. Saldrás adelante, que no te quepa duda —afirma a mi espalda.
Siento sus labios rozarme la nuca. Su contacto me produce un escalofrío, pero este no es como el de ayer. Este es agradable, intenso y con mucho significado.
Él se levanta del colchón. Yo sigo con la mirada perdida, pero de reojo lo veo entrar por una puerta. ¿Se ha ido? Un vacío abrumador me invade de nuevo. ¿Qué me pasa? No puedo abrirme a él, pero tampoco quiero que se aleje.
Me recuesto de nuevo sobre el colchón. Aún me siento débil.
Oigo un chorro de agua. Es el baño. Ahora lo sé.
Se está duchando. La duda existencial me produce un nuevo malestar.
No creo que sea capaz de aguantar de nuevo lo que me pasó ayer.
Sentí de verdad que iba a morir y me da miedo volver a pasar por ello.
Mi cuerpo se levanta deprisa como un resorte.
Corro hacia la puerta por la que entró Ciro. Ni me molesto en llamar. No siento que tengamos que tener esa privacidad. Creo que él me ha dado la suficiente confianza.
Al entrar, mi cabeza se gira hacia la derecha buscando el sonido. El vaho llena el ambiente. Veo su silueta a través del cristal translúcido.
Sin vergüenza ni permiso, abro la mampara y lo abrazo. Rodeo su cuerpo buscando consuelo.
—¡Pero qué…! —exclama extrañado.
—No me dejes sola —digo con un hilo de voz—. Por favor.
Sus brazos me atraen hacia él. Pega su barbilla a mi cabeza.
—Nunca lo haré, cara mia . No sabes lo feliz que soy de tenerte conmigo —declara. Cierro los ojos disfrutando del contacto, de su calor. Me he hecho adicta a él. A su presencia—. Déjame cuidar de ti —pide en tono dulce.
¿Me está pidiendo que me bañe con él? Me alejo un poco.
El agua cae por el cuerpo de los dos. Estoy ya empapada.
Me hace un gesto con el dedo para que me dé la vuelta.
Desabrocha mi sujetador y lo deja caer fuera.
Dedica unos segundos a recorrer mi piel amoratada, primero por la espalda, luego el costado, rodeando mis pechos sin llegar a tocarlos.
Ni había podido pensar en eso, pero estamos desnudos. Joder. Noto sus dedos agarrar la costura de mis bragas mientras las baja por mis muslos con lentitud. Me sale un gemido involuntario. Pega su pecho a mi espalda. Noto su miembro erecto y duro sobre mi trasero.
—Si no estás bien, no seguiremos. Solo dilo. Fréname —su voz es ronca.
Joder. No sé si puedo. Mi cuerpo siempre responderá ante él, pero mi mente está muy rota. Ganas de seguir no me faltan, pero ¿y si por ello me culpo más? ¿Y si me pongo peor? El sexo no debería ser lo que solucione los problemas.
Pongo las palmas de las manos en los azulejos de la pared y echo la cabeza hacia atrás. Ciro aprovecha para inclinar a suya y besarme el cuello. Suaves y cortos besos que recorren mi piel. Suspiro.
—No seguiré hasta que me lo pidas, Cara. Necesito que seas tú cuando te haga gritar mi nombre —asegura con tono provocador.
Trago saliva con dificultad. Estoy muy cachonda, pero podría arrepentirme. No quiero admitirlo, pero me frena muchísimo que vuelva a tratarme mal. Me da miedo. ¿Y si todo lo que hemos avanzado se va al garete al tener sexo de nuevo? No soportaría otro abandono.
—No puedo —suelto de repente.
Bajo la barbilla pegándola al pecho. Ciro pega su frente a mi nuca. Noto cómo suspira.
—Lo entiendo. Te quiero —me besa con dulzura.
Me tranquilizo. No se ha enfadado. Tenía miedo también de que se enfadara, no creo que a los tíos les guste que los rechacen, y yo acabo de hacerlo con él por primera vez.