Lobo (Mafia Italiana 2) CINCUENTA Y TRES
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CINCUENTA Y TRES

CARA

¿Q ué será ahora de mí? ¿Cómo salgo de esta situación? Escucho voces en el exterior. Es la de una mujer. ¿Será la madre? No suena contenta. Al revés, su tono es de evidente enfado.

—¿Esa es la chica? ¿Y por qué actúa así? ¿Qué ha pasado, Ciro? ¡Quiero explicaciones ya! —oigo sus exigencias.

—No estoy ahora mismo de humor —responde él en tono seco.

—Ciro Barone, vas a darme explicaciones quieras o no —insiste ella con autoridad.

—He perdido muchos hombres hoy. Entre ellos un gran amigo.

Ella me odia. Estoy desquiciado, cansado y me espera una guerra en la que seguirá muriendo más familia —expone con dominancia—.

Tengo que protegeros más que nunca. Gepetto no parará hasta encontrarme.

He destrozado su puto burdel. ¿Crees de verdad que tengo tiempo para esto?

Coge a Jasmine e iros lo más lejos posible.

Os quiero vivas, y no sé si lo conseguiré —finaliza con tono abatido.

Mierda.

Una guerra.

Si Santoro encuentra a Ciro, conseguirá dar con mi ubicación. Si lo hace, esta vez no será nada benevolente. Sé como actúan. Van a matarme.

—Sabes que no nos vamos a ir —declara la mujer—. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has empezado esto sabiendo que no podremos ganar?

—Por ella. Por mi futura esposa. Ella se merece todo en esta vida y mi protección y amor es lo primero.

—¿Por encima de nosotros? —inquiere su madre con evidente enfado.

—Ya sabes mi respuesta —dictamina él.

¿Qué? ¿Eso qué significa? ¿Tan importante soy para él?

No me entra en la cabeza. Si fuera así, no me trataría como lo hizo, como si él fuera un simple cliente más y yo su puta.

Esa no es la forma en la que quiero que me amen.

Quiero que vengan a buscarme con un ramo de flores, que calle a sus amigos cuando hablen mal de mí, que deje su trabajo de lado por estar y pasar tiempo conmigo.

Todo como en la película que vi. Un amor bonito, dulce.

Aunque intentara obligarme, no podría conformarme con menos. Él mismo fue el que me dio esas esperanzas. Él me hizo querer una nueva vida. Su cariño y comprensión me llenaron, y fue lo que me abrió los ojos de esta maldita vida que llevaba.

Pero ahora todo se ha derrumbado. No puedo perdonarlo.

Ni esa falta de respeto que tuvo ni que me dejara sola después.

Si fuera otra persona, no me importaría, pero es él el que me ha hecho creer que el amor SÍ existe.

Por eso me duele tanto. Es la única persona que podría haberme hecho daño, y lo hizo.

Me quité toda la armadura con él y me llenó de balas.

Me siento traicionada, pero también confundida. Porque mi corazón lo echa de menos, aún lo quiere, y eso me produce rechazo hacia mí misma. No debería.

Las lágrimas inundan mis ojos. Me pongo una mano en el pecho creyendo que así aliviaré el dolor.

Mis dedos tiemblan. La vista se vuelve borrosa.

Los sonidos se hacen casi inaudibles. Mis piernas fallan.

Apenas puedo respirar. Siento como si tuviera una piedra aprisionándome los pulmones.

Quiero gritar, moverme, pedir ayuda, pero no puedo.

Quiero dar un paso, pero me caigo al suelo.

Abro la boca para articular palabra, pero no sale nada.

No me había pasado esto nunca. ¿Me voy a morir? Siento que sí.

Sentada en el suelo, echo la cabeza hacia atrás, buscando oxígeno. Uno que no llega. Cada vez tengo más claro que me estoy muriendo.

Mi espalda se desploma en el suelo. La cabeza se golpea dejándome aturdida. Apenas puedo ver. En lo poco que visualizo, noto cómo de repente entra más claridad. Una silueta se acerca. No sé quién es. No puedo moverme. Ni respirar.

—¿Me… cuchas?

Esa voz. La conozco creo.

—Respira conmigo. Vamos, cara mia , puedes hacerlo.

Es Ciro. Mi mente no lo reconocía. ¿Qué me está pasando? Sigue hablándome con calma. Su tono me tranquiliza. Me esfuerzo por seguir sus instrucciones y mis pulmones comienzan a responder. Al fin noto un poco de aire. Mi corazón sigue latiendo desbocado.

—Eso es. Eres increíble. Sigue haciéndolo conmigo. Inspira muy lentamente.

Tenía el cuerpo entumecido y ahora siento un poco más las extremidades. Creo que me acaba de dar un beso en la frente. Muevo los dedos de los pies. Me ha entrado mucho frío. Mucho.

—Vamos a superar esto juntos. Sé que no es fácil de digerir todo. Has sido fuerte demasiado tiempo, Cara, pero te prometo que no volverás a estar sola. Yo seré quien te guíe, quien te acompañe y quien te cuide.

Me abraza contra su pecho. De repente, mi pulso va aminorando con lentitud. El oxígeno me entra poco a poco. Mi vista está volviendo a la normalidad poco a poco. Quiero hablar, pero aún no me salen las palabras. Quisiera decirle que me muero de frio. Mi cuerpo tiembla, los dientes me castañean.

Ciro se levanta del suelo, me coge en brazos y me lleva hasta lo que creo que es una cama.

Seguido, me tapa con la colcha. Es verdad que no siento ya tanto fresco, pero aun así, no dejo de dar sacudidas.

Quizá necesite más mantas. Juraría que mi cuerpo está entrando en calor. Entonces, ¿por qué no dejo de tiritar?

—Te echaba tanto de menos que creía estar muerto en vida, cara mia .

Sé que no te merezco, que soy un monstruo, llevas razón, pero no puedo dejarte ir.

Si tú no pudieras estar en mi vida, la mía acabaría.

No concibo un mundo donde no estés tú conmigo.

Te he llegado a querer tanto que no sabía que se podía amar así.

Al escucharlo, se origina un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. ¿Me ha dicho que me quiere? ¿Qué me ama? Joder. Sus palabras hacen tanta mella en mi corazón que se estabiliza, pero no tengo fuerzas para afrontar toda esta situación. Cierro los ojos. De repente me entra muchísimo sueño.

Él se aleja. No sé ni cómo. Solo sé que lo siento.

—No te vayas —las palabras salen antes de pensarlas.

Es mi alma la que habla, la que lo reclama.

—A la mierda todo lo demás. Tú eres lo más importante —lo escucho entrando casi en un sueño profundo.

Me doy cuenta de que me ha abrazado. Ha pegado mi espalda a su pecho. Mis temblores cesan. Mis miedos se alejan. Las dudas se apagan.

Solo él y yo.

Solo por esta noche.

No sé qué me deparará el día de mañana, pero hoy todo mi ser grita su nombre. Me dijo que era suya. Y juro que he intentado luchar contra ello, pero no he podido.

Soy suya, en la misma medida que él es mío.

Me despierto en mitad de la noche. Lo sé porque al abrir los ojos solo veo oscuridad. Desde donde estoy puedo ver el cielo a través de la ventana. Está despejado, se ven pequeñas estrellas repartidas por el firmamento.

No tengo ni idea de qué me ha pasado antes. No hay apenas ruido, estará todo el mundo dormido, lo único audible es la respiración profunda de Ciro. Noto su aliento chocar contra mi nuca.

No quiero moverme. No tengo fuerzas aún para dar explicaciones.

No quiero hablar. Estoy abatida, derrotada.

Pero la presión en el pecho sigue sin irse.

Percibo una lágrima que me resbala por el rostro cayendo sobre la almohada.

Al instante salen más. Tengo muchas ganas de llorar.

Frunzo los labios para no hacerlo. No quiero despertarlo, pero no controlo mi cuerpo.

Mi pecho pega pequeñas sacudidas acompasado por el llanto.

—¿Cara? —la voz ronca de Ciro me rompe más.

Sin poder evitarlo, rompo con un intenso desconsuelo.

—¿Quieres hablar? ¿Qué necesitas? —suena preocupado.

Él me gira el cuerpo para quedar mi rostro frente al suyo. Mi vista no lo ve, está llena derramando todo el dolor que hay en mi corazón.

—Solo abrázame —pido entre quejidos.

Él lo hace. Con fuerza, con ese cariño que siempre me ha demostrado.

He sido demasiado fuerte y ya no puedo más.

He intentado sobrevivir en un mundo despiadado y cruel.

He querido convertirme en uno más de ellos.

Pero yo no soy así. He sufrido en silencio.

Me he visto obligada a salir adelante sola, a solucionar mis propios problemas.

A no contar con nadie, a ser desconfiada.

A vivir a toda costa. A servir. A obedecer.

Me han roto hasta el punto de pensar que mi vida era buena, que era parte de ellos, que era “lo normal”.

He sido fría. Levanté un muro en mi interior para dejar de sentir.

Mi llanto llena la habitación. Mi dolor sale con gritos de frustración, de aflicción, de culpa.

En aquel teatro sentí tanto por primera vez que bajé las defensas y él entro de lleno en mi corazón. Ahora lo sé. Él fue quien terminó de derretir todo el hielo de mi alma. Él ha sido quien me ha abierto los ojos.

Ciro me acaricia el cabello con suavidad. Hundo el rostro en su pecho. Necesito esto. Dejar salir todo. Me he tirado mucho tiempo sin poder sentir. Siendo un puto robot. Una jodida muñeca de usar y tirar. Y al fin soy libre para sentir.

Para gritar.

Para llorar.

Para amar.

No le desearía ni a mi peor enemigo pasar por todo lo que he pasado yo. Me han destrozado por completo.

Pero Ciro ha conseguido coger esos trozos y unirlos poco a poco.

No estoy bien, pero espero estarlo. Y, joder, si he podido llegar hasta aquí, nada me impedirá buscar el futuro de mis sueños, aunque ahora mismo lo vea todo negro y solo quiera desaparecer de la faz de la tierra para tener lo que tanto ansío: paz.