CINCUENTA Y DOS
CARA
U na enorme mansión aparece en mi vista.
Se alza ante mí como un palacio sacado de otro mundo.
Soy incapaz de apartar la mirada de la fachada inmensa de piedra clara que resplandece bajo la luz.
Altos ventanales recorren los pisos como espejos gigantes, reflejando el cielo nocturno, mientras columnas elegantes custodian la entrada principal, que está al final de escalones revestidos de mármol.
Los jardines cuidados se extienden a ambos lados, adornados con fuentes y esculturas que deben de ser auténticas obras de arte.
Cada detalle desprende riqueza, poder y exclusividad.
Por un instante me siento diminuta frente a semejante espectáculo.
De reojo veo a Ciro mirarme con una media sonrisa. Ha visto mi reacción, sabe que estoy impresionada. Le giro la cara con despotismo para que crea que no me afectan este lujo y esta ostentosidad.
¿Cómo puede pasar tan desapercibido un hombre así? ¿Cómo es que no sale en todos los telediarios? Ya no solo por todo lo que posee, sino por cómo es él, por su presencia.
—Te presento tu nueva casa, cara mia —anuncia aparcando justo en la entrada.
Está mucho más relajado porque he dejado de dar ruido en el coche al ver que no podía soltarme. Eso pretendo, que baje la guardia.
Primero deja salir a su hermano del vehículo.
Luego, a paso lento y seguro, le da la vuelta al coche para llegar hasta mí.
Mi puerta se abre. Mi corazón comienza a bombear con rapidez.
Pienso dar guerra. Él mismo me enseñó que no soy ningún juguete.
Él me hizo volver a creer en mí. Y ahora pagará las consecuencias, porque no dejaré que me maneje nadie más, ni siquiera él.
Inclina su torso junto al mío. Busca el nudo que hizo Elio casi en la parte de atrás del asiento. Supo amarrarme demasiado bien. Antes de sentir esa liberación, noto cómo su respiración está muy cerca de mi cuello. Ciro ladea la cabeza un poco, roza su nariz en mi piel. Inhala.
—Por fin puedo respirar. Ya te tengo, para siempre —susurra con sus labios pegados a mi garganta.
Mi estómago da un vuelco. Lo odio, pero mi cuerpo no piensa lo mismo.
Mi pecho se aprisiona solo de pensar en lo destrozada que me dejó.
He tenido que superar la peor ruptura de mi vida.
Sola. Miento, con un poco de ayuda de Marcel.
La única persona que ha tenido bondad conmigo ha muerto.
Él no ha hecho nada por ayudarlo, ni sentir lástima siquiera.
Es muy mala persona. Es frío. Es lo peor. Y me da rabia que mi cuerpo no lo comprenda, joder.
El cinturón se afloja. Me ha soltado y no perderé la oportunidad. Se incorpora, quedando de pie, tapándome la salida. Me ofrece una mano para ayudarme a salir. Sonrío con falsedad. Quiero que crea que me he vuelto dócil.
Espero hasta que veo a Elio entrar por la puerta de la casa. Tengo que ser inteligente, y contra dos no podría. Me muerdo las mejillas por dentro.
Es mi momento.
Levanto las piernas, las giro hacia él. Le hinco los tacones en el pecho haciendo acopio de toda mi fuerza.
Tiene un chaleco antibalas, no le haré daño, pero al verlo retroceder y perder un poco el equilibrio, sé que tengo unos segundos muy preciados para escapar.
Dejo caer los zapatos al suelo. Con ellos no puedo correr.
No tengo ni puñetera idea de a dónde podría ir. Ya lo pensaré luego. Me dirijo a la verja de entrada para buscar la salida. Las piedras se me clavan en los pies. Siento un dolor tremendo, pero la adrenalina lo camufla. Corro con todas mis fuerzas.
Un lobo me sobrepasa a gran velocidad, derrapa y me enfrenta haciendo que tenga que frenar.
Mierda.
Este será el lobo de Ciro, ese animal del que tanto hablan. Ahora que lo pienso, creo que lo vi de soslayo la vez que peleó con la pantera en el club, aunque no les presté atención y por eso lo olvidé. Hasta hoy.
Es como si fuera un perro, pero tiene mayor tamaño, intimida.
Permanece inmóvil a pocos metros de mí, en posición de ataque.
Es tan grande que resulta imposible ignorar su presencia.
Su espeso pelaje mezcla tonos plateados, ceniza y gris oscuro que brillan bajo la luz de la luna, dándole un aspecto salvaje e indomable.
Tiene el pecho ancho, las patas fuertes y una musculatura marcada.
Sus orejas erguidas permanecen alerta, sus ojos grises y penetrantes parecen observarlo todo con una inteligencia inquietante.
Ese color me recuerda a uno de los de Ciro. Son idénticos.
Cuando el animal levanta la cabeza, transmite una autoridad que es difícil de ignorar.
Me enseña sus dientes, sus colmillos sobresalen.
Mi cuerpo se queda paralizado por el miedo.
Mi pecho sube y baja acelerado. De repente, decenas de coches entran por el camino y me rodean hasta quedar atrapada en medio por completo.
Doy vueltas sobre mis pies, observando la encerrona en la que estoy. Es imposible escapar de aquí. No podré. Estoy perdida.
—Como ves, no me hace falta sudar para conseguir lo que quiero. No tienes escapatoria, Cara. Cuanto antes lo asimiles, mejor —escucho la voz de Ciro a mi espalda.
Me giro para enfrentarlo. Mi pecho aumenta de rabia al instante.
¿Quién se ha creído el gilipollas este? Corro hacia él, obcecada, para pegarle.
Grito llena de frustración. Justo cuando llego, él me esquiva.
Con agilidad, desde el lateral, se inclina para levantar mi cuerpo y echarse mi torso sobre el hombro.
—¡Suéltame, hijo de la gran puta! —vocifero.
Pataleo como si no hubiera un mañana. Si me encierra, estoy perdida. Le pego puñetazos en la espalda. Los pelos se me pegan al rostro lleno de sudor. No me importa estar en ropa interior y que esté a punto de salirse un pecho del sujetador.
—Te juro que… —amenazo furiosa.
—Que me amarás hasta la eternidad —me interrumpe él en tono divertido.
Al entrar en la casa, una niña y una mujer llegan corriendo al vestíbulo. Elio está de brazos cruzados con un hombro apoyado en el quicio del arco que creo que da al salón, mirándonos como si fuéramos una escena de la televisión.
—¡Gilipollas de mierda! —bramo sin dejar de pegarle.
La mujer nos sigue escaleras arriba. Creo que lo normal es que encierren a los prisioneros en sótanos, ¿no? ¿A dónde me lleva?
—¡Hijo! —lo llama la mujer.
Así que es su madre. Por lo que sé, es Sofía Barone; entonces la niña es su hermana pequeña, Jasmine.
¿Dejan a una niña ver estas cosas? Dios mío, son verdaderos monstruos.
—¡Bájame! —ordeno casi sin fuerzas ya.
Para mí sorpresa, lo hace. Abre una puerta de madera y me empuja con suavidad hacia dentro. Tropiezo sobre mis propios pies y pierdo el equilibrio. Caigo de bruces contra el suelo.
—Cuando te calmes, hablaremos. Vaya numerito estás dando delante de toda mi familia —brama con enfado—. He apostado mucho por nosotros y me ha costado mucho tener la confianza de mi madre, joder.
—Pues si no te gusta, te jodes —susurro en tono rabioso.
Le levanto el dedo corazón y sonrío. Con actitud, vacilándole. Su ojo tiembla; supongo que estoy poniendo al límite su sistema nervioso.
Da un portazo para cerrar sumiéndome en una soledad arrolladora.
Quizá quedarme sola conmigo misma es lo peor que puede pasarme porque tengo tanto guardado que siento que si gana la partida y sale, me ahogaré.