Lobo (Mafia Italiana 2) CINCUENTA Y UNO
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CINCUENTA Y UNO

CARA

N o tengo esa sensación de que todo ha vuelto al principio.

No siento ese pánico que tuve cuando entré en el monasterio por primera vez.

Porque aunque me de rabia admitirlo, con Ciro siento cierta seguridad.

Mi instinto me dice que aunque le suelte barbaridades, insultos o incluso llegue a pegarle, él no me haría daño.

Y odio sentirme así, porque sí lo ha hecho.

Más emocional que físico, pero no me quito de la cabeza cómo me trató en mi casa cuando lo hicimos por última vez.

Se comportó como uno de esos engendros, dominándome, con frases hirientes.

Su hombre me ha encerrado en un coche, supongo que es el de Ciro. Es muy lujoso, un deportivo negro con una “L” en el salpicadero.

L de Lobo.

Creo.

Me he cruzado de brazos. Tendré que esperar a que él se monte para intentar escapar.

Él baja la guardia conmigo. No es como estos tíos que no me dejan hacer nada.

He intentado varias veces abrir la puerta, ya que estoy sentada en el lado del copiloto, y solo me encuentro con un muro.

El tío este que parece un ropero empotrado me vigila cada movimiento y no me da opción a actuar.

La luna llena ilumina la calle con fuerza.

Veo a personas salir de lo que queda del club.

Qué irónico, está todo el interior derrumbado, pero la puerta principal sigue en pie.

La fachada aguantando el peso de su interior.

Como todos estos hombres con aspectos elegantes y cuidados pero con almas podridas.

Al fin sale Ciro del interior, lo acompaña su hermano. Sé quién es porque lo vi hace un año cuando asaltó el club.

Cuando Maia todavía vivía.

Por eso he intentado no cogerle cariño a ninguna de mis compañeras.

He evitado entablar una amistad que sería frágil, ya que en cualquier momento podrían acabar con alguna de nosotras.

Aun así, queriendo ser fría, duele. Me derrumba saber que han muerto.

Apenas sabía nada de ellas, pero las veía a diario.

Miel me guiñaba el ojo cada vez que pasaba por mi lado, como una seña de amistad o compañerismo.

Incluso Rua está en mis pensamientos, aunque fuera una cotilla y metiche: pensaba que me chantajearía o que me delataría y no lo hizo.

Mi pecho se encoge al pensar en que yo sí le he fallado a ella, a todas.

No. Están muertas por culpa de Ciro. Es él quien debe rendir cuentas con Dios, no yo.

Camina hacia mí con movimientos lentos y seguros, con el cigarro en la boca, recién encendido.

Elio señala hacia mí. Lobo niega con la cabeza.

Quisiera saber qué están hablando. Abre la puerta del conductor, el armario empotrado le pasa la llave por el techo del vehículo e inclina el asiento hacia delante para que pase primero el Bestia a la parte de atrás.

Luego, Ciro se coloca a mi lado. Para mí son monstruos.

Sus apodos hacen referencia a ellos más que nunca.

—Hola, cuñi —ríe divertido Elio.

Le lanzo una mirada asesina. Ni en sueños. Luego, la dirijo a Ciro.

—¡Suéltame! —exclamo llenándome de valentía para dar guerra.

No dejaré que se salgan con la suya. No.

Él no me contesta. Evade mi orden y enciende el motor. Me invade una furia que quema en lo más profundo de mi ser. Lo odio con toda mi alma. Mi pulso se acelera. Mi corazón late desbocado. Quiero matarlo.

Me lanzo hacia él con las manos por delante, sin pensar en las consecuencias y con el objetivo de agarrarle el culo y estrangularlo. Él es más rápido y no sé ni cómo, pero parece que ha adivinado mis intenciones. Sujeta mis muñecas con fuerza, obligándome a retroceder.

—Guau, la fierecilla —se burla Elio desde atrás.

Su expresión es de estar divirtiéndose. ¿Qué soy? ¿Un puto show ? Ojalá se mueran.

—Estate quieta. Hablaremos cuando lleguemos a casa —dispone Ciro con un tono calmado.

Me enerva más esa tranquilidad. Es como si yo fuera una mosca sin importancia que ahora mismo no requiere de su atención.

Cuando nota que mis extremidades se relajan, me suelta.

Él mete la primera marcha y se incorpora a la carretera.

Aprovecho para girarme con rapidez y abrir la manilla de la puerta.

Si hace falta, me tiro del vehículo. Necesito poner distancia cuanto antes.

—Pero, ¿qué cojones? —escucho al hermano.

No me da lugar a abrir la puerta cuando Ciro inclina su cuerpo sobre el mío y la cierra de un portazo. Escucho el sonido de la cerradura metálica. Me ha dejado sin opciones.

—Hijo de la gran puta —vocifero fuera de mí.

Me lanzo desbocada, llena de ira hacia él. No me importa que podamos tener un accidente. Solo quiero que sufra. Igual que hago yo.

Frena mis manos con una de las suyas, con la otra no suelta el volante.

—Agárrala, Elio —ordena exasperado.

Escucho el sonido del cinturón de seguridad. Con un movimiento veloz, Elio me rodea el cuerpo con él y me pega la espalda al asiento. Me revuelvo. Tengo la adrenalina por las nubes. No pienso parar.

—¡Me las vais a pagar! —bramo enrabietada.

Ciro deja salir un largo suspiro. Se introduce en la boca el cigarro que sostenía entre los dedos mientras controlaba el volante. Busco la forma de deshacerme de mi cautiverio.

—Ni lo intentes. Si sigues no solo te harás daño, sino que tendría que hacértelo yo a ti —advierte Elio en tono de amenaza.

Ciro lo fulmina con la mirada.

—A ver si tienes huevos. Monstruo de mierda —suelto.

—Qué ojo has tenido, hermano. Esta tía no para de dar ruido y problemas —comenta Elio desinhibido, echando la espalda sobre el respaldo.

Puedo verlo por el retrovisor. Parece que no le importen ni mis insultos ni mi actitud violenta. Ciro no le contesta. Solo fija la vista en la carretera.

Luego de unos minutos forcejeando conmigo misma, decido darme por vencida. La ira se ha aplacado un poco y estoy muy cansada. He estado en tensión mucho tiempo y ahora me está haciendo mella. Me quedo sin energía. Giro la cabeza hacia la ventanilla. No quiero ni mirarlos. A ninguno de los dos.

Veo pasar árboles frondosos por el exterior. Vamos por plena autovía. ¿Vamos a su casa? ¿Qué me hará allí? ¿Me encerrará como a un perro? Sé que no es capaz de ponerme una mano encima. Sé que no, pero entonces ¿por qué me retiene? ¿Pretende que me quede a su lado a la fuerza?

—¿Te encuentras mejor? ¿Tienes hambre? —me sorprende la voz de Ciro.

—No te soporto —contesto en voz baja, sin mirarlo.

Escucho cómo deja salir una pequeña risa.

—Ya lo harás. No te queda otra. Estaremos toda la vida juntos —declara muy seguro.

Mis vellos se ponen de punta.

No. No tiene intención de dejarme ir.

He vuelto al punto del principio.

A estar secuestrada contra mi voluntad.