CINCUENTA
LOBO
E stá bien que me odie. Es bueno. Sé que su estabilidad mental y emocional pende de un hilo muy fino.
Ya se culpa por lo que le pasó a su amiga.
Está muy rota por todo lo que ha vivido y pasado.
Si también se culpase de estas muertes, no creo que fuera capaz de recuperarse.
Y prefiero que me odie queriendo vivir a que me ame queriendo morir.
Ese mal trago pasará y yo mismo me encargaré de darle todo lo que necesite. No se me olvida que no soy para ella, que no podré tocarla nunca más. Pero eso no me impedirá tenerla cerca y cuidarla. Será mía para siempre.
Me agacho para comprobar las constantes vitales de Marcel. Nada.
—Gracias, amigo. Te debo mi vida por salvarla —murmuro a su lado.
No olvidaré todo lo que me has ayudado. Todo este tiempo infiltrado por mí.
Ayudando al amor de mi vida. Ayudándome a mí.
Has sido demasiado leal. Solo te dije que lo distrajeras.
No que dieras tu alma por ello. Has demostrado ser demasiado fiel a la familia, a mí, y no te olvidaré nunca, amigo.
Me encargaré de que tu madre viva en un paraíso el resto de su vida.
No podré aliviar el dolor de la pérdida de un hijo, pero me pasaré la vida intentando hacer mejor la suya.
Lo siento.
Me levanto al escuchar la carcajada de Elio. Conociéndolo, ya tiene que estar liándola. Sus ideas no son precisamente buenas ni delicadas. Quedan pocos hombres de La Camorra. Todos están arrodillados, en fila, muy malheridos. Mis hombres les apuntan esperando instrucciones.
—Encárgate de Marcel. Sácalo y organiza todo para que tenga un entierro como se merece —ordeno a uno de ellos.
En una esquina hay chicas sentadas, todas amontonadas, algunas amoratadas, heridas y semidesnudas.
Los rasguños entiendo que sean de la incursión, pero esos golpes amarillentos vienen de antes.
No sé cuál será su futuro, pero estoy seguro de que no será en este lugar.
Me encargaré de ello. No sufrirán más a mano de Gepetto.
—Sácalas de aquí. Llévalas a nuestro piso franco y llama al doctor Espósito para que las revise —indico a otro.
Este asiente. Seguido, se va hacia las chicas, les dice que se levanten y ellas se pegan a la pared con miedo. Él alza las manos mientras veo sus labios moverse. Estará explicándoles que no es peligroso. Sé que a ellas les costará volver a confiar en un ser masculino. Hemos sido su desgracia.
Elio y Taddeo están riéndose, animados. Mi hermano se saca la polla y le mea en la cara a uno de ellos.
—Ahora no te ríes como cuando te follabas a esas niñas, ¿eh? Venga abre a boca —le vacila en tono burlón mientras apunta el chorro a su objetivo.
No puedo decir que no lleve razón. Esos hijos de puta han hecho cosas horribles con niñas, pero yo atajo metiendo un tiro y no haciendo el capullo.
—No quiero rehenes —dictamino.
Avanzo a paso lento por delante de la fila de hombres, disparando en la cabeza uno a uno sin piedad y sin vacilar. Solo ejecuto.
—Qué aburrido eres. ¿No podemos llevarnos uno solo a casa? —insiste mi hermano guardándosela en los pantalones.
Obvio su pregunta. Sabe que no, pero lo hace por dar por culo.
El cañón de mi arma apunta a una persona especial. En ella quito el dedo del gatillo.
Rina.
Está viva.
Por poco tiempo.
Está muy herida. Tiene medio rostro destrozado por la explosión. Apenas puede mantenerse de rodillas. Al ver que no recibe el disparo, se esfuerza por levantar la barbilla y mirarme. En sus ojos veo un poco de esperanza. Sus cejas se levantan solo un poco.
—Te advertí que no me la jugaras. Esto lo has empezado tú —afirmo con seguridad.
No dejo de apuntarle a la cabeza.
—San… toro… San… no… toro… no… está —balbucea con dificultad.
Creo que una parte de su cerebro se ha quedado tocado. No coordina bien las palabras. Tampoco me importa, la verdad.
—Da gracias a que te hago un favor —anuncio con calma.
Le meto una bala en la frente y su cuerpo cae desplomado hacia atrás.
—Vamos, recoged el cuerpo de nuestra familia. Sed rápidos, que los refuerzos que habrán llamado no tardarán en llegar —organizo mirando a todos en tono neutro.
No. Santoro no está, pero él será el siguiente. Ahora que he empezado, no pienso parar hasta darle caza.
Además, hay que darse prisa. Me muero por llegar a casa para luchar con mi futura esposa.
La señora Barone.