Lobo (Mafia Italiana 2) CUARENTA Y NUEVE
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CUARENTA Y NUEVE

CARA

C iro no tiene una expresión tranquilizadora.

Avanza hacia mí entre todo el caos como si fuera inmortal.

Parece que no le afectara nada, ni lo más mínimo.

Mi alrededor deja de existir por un instante.

Ni los gritos agónicos ni las llamaradas devorándolo todo a su paso ni el intercambio de balas que se produce entre los supervivientes. Solo él.

Una parte de mí intentaba olvidarlo aunque lo echara de menos. Esperaba no volver a encontrármelo nunca más.

Llega hasta mí. Su aspecto es salvaje. No ha dejado los pantalones de pinza atrás, pero están sucios y arrugados.

La camisa apenas se ve por el chaleco antibalas negro que lleva encima.

Está preparado para una batalla. Tengo que enfocar bien la vista para verlo.

Me noto todo el rostro lleno de polvo y el suyo cambia cuando me observa durante unos segundos. Noto su ¿alivio?

—Ven conmigo, cara mia —pide en tono calmado.

Me ofrece una mano. Nos separa la barra de roble macizo. Y me siento mejor teniendo una barrera entre nosotros. Más segura. Más…

Marcel.

Mi vista vuelve a su cuerpo. Ciro también lo mira. Vemos cómo le sale un pequeño chorro de sangre por la nariz.

—Cara, ya no podemos hacer nada por él —comenta con aflicción—. Fue un buen amigo y sirvió a la familia con honor, pero debes irte. Conmigo estarás a salvo —me insiste con la palma hacia arriba esperando mi respuesta.

La rabia me aumenta por segundos. ¿Marcel era de los suyos? Le importa una mierda su muerte, por lo que veo. De repente, mi vista se centra en todos los cuerpos inertes de algunas de mis compañeras repartidos por la sala. Ha hecho una masacre. Justo lo que he intentado evitar todo este tiempo.

Si fue capaz de tratarme a mí así y ahora hacer esto sin ningún tipo de remordimiento, ¿con qué clase de monstruo estoy tratando?

—¿A salvo? Contigo no podría estarlo en la vida, Ciro. Eres un desgraciado que tratas a las personas como objetos. Para ti la vida humana no importa. Eres un maldito hijo de la gran puta —escupo con odio.

—Prefiero que estés viva y enfadada conmigo que conforme y muerta. Si para que respires tengo que quitar vidas humanas, lo haré sin dudar, Cara. No me importa nadie más que tú —declara exasperado, intentando guardar la compostura.

—No pienses ni por un segundo que me iré contigo —amenazo.

Él ladea la cabeza con un movimiento lento, demuestra calma. Tiene la situación controlada. Estoy a punto de dar un paso atrás cuando sus manos me agarran los brazos. Tira de mí hacia él, pasando mi cuerpo por encima de la barra.

—¡Suéltame! Ni se te ocurra tocarme —grito hecha una energúmena.

Forcejeo con él. Aun así, consigue pasarme a su lado sin mucho esfuerzo. Me pega a su pecho, rodeándome con los brazos. Lo empujo con todas mis fuerzas.

—Para tu consuelo, no te irás conmigo. Te llevará Tullio a casa. Pero para tu desgracia, sí, Cara, voy a tocarte. A abrazarte, a venerarte. Y tendrás que aguantarme toda la vida porque no dejaré que nos volvamos a separar —sentencia dándome un beso en la frente.

No dejo de luchar contra él, aunque su brazo es el doble del mío. Los disparos se han calmado. Solo veo hombres armados pasearse por lo que queda en ruinas, matando a los pocos hombres de La Camorra que quedan malheridos. A sangre fría.

Ciro le hace señas a uno de los suyos. Este viene enseguida.

—Llévatela. Ten cuidado. Que no sufra ningún rasguño o lo pagarás con tu vida —ordena.

No pienso irme y dejar aquí a Marcel. Ni por asomo. Ese hombre me agarra con fuerza rodeando sus brazos aprisionándome los míos entre mi cuerpo. Me obliga a caminar hasta la salida.

—Maldito desgraciado. ¡Ayuda a Marcel! ¡Lo has matado tú! Asesino de mierda —se me quiebra la voz.

Ciro me mira con determinación. Da unos pasos y frena al hombre que me tiene cautiva. Me levanta el mentón para que mis ojos se encuentren con los suyos. La intensidad es palpable.

—Te aseguro que volvería a hacerlo mil veces si con eso te tuviera a mi lado —declara con su boca muy cerca de la mía.

Lo odio. Tanto que creo que me va a estallar el pecho. ¿Cómo he podido enamorarme de un tío así? Uria, Marcel, Miel… Todos muertos. Por su culpa. Por su sadismo enfermizo.

Le escupo llenando parte de su rostro con mi saliva.

—Vete al infierno —susurro llena de ira.

Esboza media sonrisa. No parece haberle afectado mi gesto. Impregna uno de sus dedos con mi escupitajo. Llena su yema para luego metérselo en la boca y lamerlo con provocación.

—Me crié en él, cara mia. Y ahora vivirás conmigo. —Frunzo el ceño. ¿Está loco? ¿Qué mierda hace haciendo eso? ¿Dónde cojones me he metido? ¿Con quién he compartido mis secretos?—. Llévatela —le ordena al que me tiene agarrada.

Se gira para entrar detrás de la barra y deja de estar en mi vista porque tiran de mí sin darme opción a nada.

Mi mente se ha quedado bloqueada.

Creía que él era mi salvación.

Y ahora siento que me he metido de lleno en la boca del lobo.