Lobo (Mafia Italiana 2) CUARENTA Y OCHO
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CUARENTA Y OCHO

CARA

S ANGRE.

Mi rostro lleno de ella. Mi cuerpo está paralizado. No puedo articular palabra y casi ni pensar. Las manos me tiemblan incesantemente. ¿Qué está pasando?

Los siguientes minutos parecen pasar a cámara lenta. Giro el rostro hacia el centro del club. Los capos se han levantado, alertados por el disparo. Rina tiene los ojos muy abiertos y me mira con la expresión invadida por el terror.

Juro por Dios que no sé qué está pasando.

Por la escalera se asoma un hombre cuyo rostro me suena bastante, pero no sé de qué.

Lanza un objeto al centro de la sala. Mis ojos recorren la trayectoria como si fuera una simple espectadora, como si yo no estuviera en peligro.

De repente, unas manos tiran de mí con fuerza.

Me levantan sin esfuerzo para tirarme al suelo por detrás de la barra.

Es Marcel. Su cuerpo se echa sobre el mío. ¿Protegiéndome?

Y al momento, una explosión.

Cierro los ojos llena de un pánico que jamás pensaba volver a sentir. Mi mente vuelve al primer día que me secuestraron. Casi es el mismo terror, aunque ahora me siento un poco más protegida. Por Marcel.

Los segundos que pasan se me hacen eternos. El ruido ensordecedor no parece acabar nunca. ¿Voy a morir? Mi corazón late tan fuerte que parece salirse del pecho. Recobro la movilidad en las extremidades.

—¿Marcel? —pregunto en un hilo de voz.

—Tranquila. Pronto estarás a salvo —asegura entre quejidos.

Puede que esté herido. Quizá a él sí le ha llegado la onda expansiva. Se me encoge el estómago solo de pensarlo.

—¿Estás bien? —insisto preocupada.

—Sé feliz, te lo mereces —susurra con una media sonrisa.

Su voz suena muy débil. Puedo ver un poco de su rostro entre el polvo y humo. Parece muy tranquilo, pero mi instinto me dice que no es así. Sus ojos se cierran con lentitud. Su cabeza cae pesada sobre el suelo. ¿Está muerto? No puede ser. Tengo que salvarlo. Como él ha hecho conmigo.

—Oye, mírame. Tenemos que salir de aquí, juntos. Eres mi amigo. ¿Qué podría hacer sin ti? —Zarandeo sus hombros con la voz quebrada.

Su cuerpo cae pesado a mi lado al empujarlo. Desesperación. Mi alma se acongoja. Esto no puede estar pasando. Me levanto deprisa, buscando entre todo el caos encadenado alguna salvación. Quizá Rina pueda ayudarle. Es su trabajador. Tiene que hacerlo.

Es imposible ver entre tanto polvo, fuego y humo. Me fijo en que el club tal y como lo conocía ya no existe.

Déjà vu .

Esto pasó hace un año. La otra mafia le hizo mucho daño a La Camorra. Aunque Santoro supo salir adelante, esta vez creo que será imposible. Todo está en ruinas.

Mi mente vuelve a Marcel. Debo actuar cuanto antes.

—¡Ayuda! —intento gritar, pero mi voz no sale apenas.

Estoy en shock y hasta mis cuerdas vocales se niegan a cooperar.

De repente siento que alguien me observa. Hay gente viva. Por un momento la esperanza me invade. Mi amigo se pondrá bien. Pero ¿qué será ahora de mí? Niego con la cabeza porque me importa una mierda mientras Marcel pueda salir con vida.

Una silueta se acerca a mí con lentitud desde la distancia, y a cada paso, mis vellos se erizan. Creo que la reconozco y espero por todos los dioses que no sea el que mi cuerpo está llamando a gritos.

—¿Hola? —pregunto en voz alta.

No creo que se me escuche entre tanto estruendo. Las vigas se caen del techo. Las paredes se desploman. En cualquier momento yo estaré también bajo las ruinas llenas de llamas.

Mis ojos vuelven un segundo a Marcel. No se mueve. Su pecho no respira. Me niego a pensar que lo he perdido. No.

De nuevo, me vuelvo hacia el caos de la sala. Me sobresalto al ver lo rápido que esa silueta ha llegado hasta mí.

Mierda.

No sé si sentir alivio.

O pánico.