Lobo (Mafia Italiana 2) CUARENTA Y SIETE
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CUARENTA Y SIETE

LOBO

M iro el reloj. Casi las ocho. Mi impaciencia se deja ver al dar toquecitos en la madera de la mesa con mi pistola.

No es que haya tenido muy buen humor estos días.

Elio intentó sonsacarme cuando me vio llegar destrozado, pero no he abierto la boca.

No puedo hacerlo. Si la menciono, lo mandaré todo a la mierda y regresaré a por ella.

A cada día que pasa me importa menos su trauma.

Solo la necesito a ella a mi lado. Ya trataremos lo demás con el tiempo.

¿Por qué no lo he hecho todavía? Porque me odia y sé que necesita tiempo.

Lo sé porque ha ido hablándolo con Marcel.

Han entablado conversación muchos días y no hay nada que yo no sepa o no llegue a mis oídos.

Juro por Dios que estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para no partirle la cabeza a Mustel y salir corriendo a por Cara.

Mustel es el encargado de repartir la coca por todo el territorio.

Si soy sincero, me importan una mierda ahora mismo sus planes y su organización para el próximo envío.

Los negocios siempre han sido mi fuerte; han sido mi momento de paz porque los controlo y sé moverme bien en ellos.

Pero últimamente apenas puedo concentrarme.

La mirada de Elio se clava en mis movimientos, lanzándome un reproche silencioso.

Ruedo los ojos. Me esfuerzo por seguir escuchando las palabras de mi subordinado.

—…y si lo hacemos justo ese día, podríamos contar con más tiempo ya que Gepetto estará ocupado —comenta convencido.

Frunzo el entrecejo al no saber de que habla—.

Lo que te dije hace dos días, que tiene pensado montar una pequeña fiesta de celebración por el cumpleaños de Bella —expone exasperado—. ¿Es qué no me escuchas, Lobo?

Mierda. La verdad es que ni le eché cuenta. Es la primera noticia que tengo. Eso no quita que ese tono es de sobrepasar límites. Estoy a punto de hablar cuando mi móvil suena. Al ver el nombre de Marcel lo cojo al instante.

—Todo se está desmadrando, Lobo. Gennaro está aquí y reclama a Cara. Rina ha aceptado y no podrás hacer nada. Se escuchan habladurías de que el puto viejo ha cogido poder. No sé qué habrá pasado con Santoro —anuncia en voz baja.

Parece que está escondido y por eso me habla así. Mi cuerpo se tensa. No pueden tocar lo que es mío. Y si lo hace, le cortaré las jodidas manos, o la cabeza.

—¿Puedes hacer algo al respecto hasta que llegue? —inquiero poniéndome en pie dando por terminada la conversación con Mustel.

—Haré lo que pueda —responde decidido.

Cuelgo.

Elio me observa interrogativo. Se ha levantado de su silla también al ver mi reacción.

—Prepara a nuestros hombres. A todos. Vamos a dejar La Nonna irreconocible. Esta vez no quiero que puedan reconstruirla. A por todas, Elio —le ordeno muy serio.

Él sonríe de forma perversa, sus ojos brillan. Le gusta las peleas y las matanzas más que un caramelo a un niño. Disfruta demasiado con ello.

Él comienza a dar órdenes mientras mi mente ya está en Nápoles pensando en la sorpresa que se llevará Cara cuando vea que no volverá a separarse de mí. Quiera o no, se quedará a mi lado hasta la hora de mi muerte.

Corro hacia la esquina con mi arma en alto.

Hemos llegado lo antes posible. Ya he dado las órdenes necesarias y todos están en posición.

Vamos a bombardear el club. No lo he hecho antes por respeto a todas las chicas que están ahí.

No se merecen morir en una lucha entre bandas, y menos después de haber sido violadas y maltratadas.

Al colarnos de esta forma tan violenta e imprevisible no se sabe quién puede caer y habrá muchos daños colaterales.

Sé que si muere alguna de sus compañeras, Cara no me lo perdonaría, pero estoy dispuesto a asumir el riesgo.

No me importa nada en el mundo que no sea ella, y si todo a su alrededor tiene que morir entre llamas, le meteré fuego yo mismo.

De verdad que lo siento por ellas, pero me importan una mierda ahora mismo si lo comparo con mi mujer. Ella sí tiene que vivir. Y daría mi vida y las de todo el mundo por ello. Me da igual que todo se desmorone si ella está conmigo.

—¿Estás preparado? —me pregunta mi hermano con una sonrisa de satisfacción.

—Que no quede ni uno vivo —respondo concentrado.

—Eso está hecho —afirma con emoción.

Hago un gesto con la barbilla para dar la señal.

Esto es empezar una maldita guerra, pero por ella no solo la comenzaría, sino que quemaría ciudades enteras, traicionaría a aliados, incluso a mi propia familia; me convertiría en el peor monstruo si hiciese falta, todo, y esa noche dormiría tranquilo con ella entre mis brazos.

Mis hombres trepan por la fachada, me aseguro de que todos hagan lo que les corresponde.

Espero el momento. Elio a mi lado está igual de atento a las confirmaciones de mis hombres a través del auricular.

Acabamos con el guarda que suele estar fuera nada más llegar, y es mi hermano quien se ha hecho cargo de su interfono para espiar al enemigo.

Odio la espera. Según lo último que supe de Marcel era que ella se había ido al baño y ya llevaba un rato allí.

—Problemas. Nos han descubierto —escucho a Ennio.

Está en la planta de arriba. Mierda. Escucho forcejeo. En cualquier momento, todos se alertarán y si se preparan para defenderse, será más complicado actuar.

—Tenemos que entrar —digo en voz alta para que todos me escuchen.

Elio asiente. Va a avanzar, pero le freno con la mano. Entraré yo primero. No voy a exponerlo. No quiero a mi hermano muerto.

Abro la puerta principal solo un poco, dejando una rendija. Apunto con mi fusil por ese hueco. En cuanto dispare, todos se alertarán y ya no tendremos el factor sorpresa. Mi prioridad es poner a salvo a mi mujer, luego lucharé en esta guerra.

Posiciono la culata en el hombro. Cierro un ojo para fijar el otro en mi objetivo.

A través de la mira, observo a mi Cara en ropa interior, y está…

¿temblando? Deslizo un poco el arma para ver al hijo de puta que la atormenta sentado a su lado.

Gennaro no ha sabido perder. Ha querido hacerse el gracioso, aunque para mí no lo es.

Cree que haciendo esto ha recuperado el control.

Me río con brevedad. No podía haberlo hecho peor, el desgraciado.

NO se toca lo mío.

NO se mira si yo no doy permiso.

Y NO se respira cerca.

Todo lo ha incumplido. Esta es tu sentencia, viejo. Ya te advertí una vez cuando me la llevé delante de tus narices. No habrá una segunda oportunidad.

Apunto a su frente, justo en medio del entrecejo. Se está riendo, desinhibido. Lástima que no vaya a poder mear en tu puto cadáver porque mi mujer requerirá toda mi atención. Tendré que aguantar sus reproches, pero ella estará a salvo, y es lo único que quiero.

Aprieto el gatillo. La bala impacta justo en mi objetivo. La sangre salpica toda la cara y pecho de Cara. Bajo el arma con rapidez mientras Elio le pega una patada a la puerta principal. La abre de par en par haciendo que se golpee con la pared de atrás anunciando nuestra llegada.

Ha llegado vuestra peor pesadilla, hijos de puta.

Le hago señas a Elio con la cabeza para que lleve a cabo la siguiente parte. Si entráramos, estaríamos expuestos ante las balas, así que hacemos lo que tan bien se nos da.

Volarlo todo por los aires.

—En marcha —ordena Elio.

—3, 2, 1… —escuchamos a Ennio.

De repente, una explosión. Nos agachamos en el exterior. Espero que Marcel haya hecho bien su trabajo. Si mi chica tuviera un rasguño, él no vería mañana la luz del sol. Quiero confiar en sus habilidades.

Se supone que al abrir la puerta hemos hecho que dirijan su atención a nosotros, y no se esperarían que alguien desde las escaleras los llenara de explosivos. Ojalá me haya cargado a unos cuantos.

Observo a mi hermano. Asiento. Entro deprisa, con el arma en posición de ataque. Todo está lleno de humo, esquinas impregnadas de fuego. Apenas se ve nada. Elio y los demás se encargan del resto de asistentes.

Mis ojos solo buscan a Cara.

Mi corazón deja de latir solo de pensar que ella ha caído en la explosión. No puede ser. Me niego a vivir sin ella. Y si eso fuera así, que se preparen porque no pararé hasta ver el mundo destruido. Porque ella es mi mundo, y si no está, ya nada tiene sentido.