CUARENTA Y SEIS
CARA
M i mundo se ha venido abajo. ¿Cómo he podido ser tan tonta de creer que Rina aceptaría el trato de Ciro?
Lleva muchos días sin aparecer por aquí.
Aunque le pague, supongo que ella ha visto que estoy desaprovechando el tiempo.
Todo esto suponiendo que sí haya estado pagándole, porque si no, no entendería que me haya dejado en paz todos estos días.
Gennaro camina con pasos cortos, se nota que le cuesta bastante andar por el sobrepeso que tiene. Su sonrisa se va agrandando con cada distancia que va acortando. Es terrorífico. Rina me da una palmada en el cachete del culo para que me ponga recta. Mi espalda se tensa al instante y se yergue.
Al llegar hasta mí, el viejo ronronea.
—Pero bueno, ¿qué tenemos aquí? Espero que hayas aprendido de tus errores —pronuncia en tono prepotente.
—Estamos felices de recibirlo, señor Fabianni. Axa le hará su estancia lo más agradable posible y espero no importunarle por su aspecto —suelta la muy asquerosa—. Si desea otra, puedo ofrecerle…
—No —le corta—. Quiero a Axa.
Me dedica una mirada lasciva. Aguanto las náuseas. Joder.
—Está bien. Si necesita cualquier cosa, ya sabe dónde estoy. —Le guiña un ojo.
Antes de irse, mi madame me dedica una expresión furiosa a espaldas de Gennaro.
—¿No dices nada? —pregunta el asqueroso mientras me indica que me siente a su lado.
No sé cómo voy a aguantar. Yo ya no pertenecía aquí. Me había disociado tanto que había confundido mi realidad, y ahora no puedo volver a comerle polla como hacía antes. No es que no quiera. NO PUEDO.
—Es un placer volver a verle, señor Fabianni —consigo soltar.
—¿Ya no soy Gennaro? ¿Ya no me tuteas? —insiste—. Bueno, ya lo harás luego, a solas, cuando te recuerde a quién perteneces —finaliza en tono perverso.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
Me va a estallar el corazón.
Me niego a hacer nada con él. Esto no puede estar pasando. Me dejo caer en el taburete mientras “mi cliente” —será mejor que empiece a llamarlo así para ir haciéndome la idea— le pide bebida a Marcel.
Mi vista se fija en el camarero, buscando aunque solo sea apoyo moral. Me está observando con el ceño fruncido, parece preocupado.
Aparto la mirada porque siento que mis ojos se llenarán de lágrimas en cualquier momento.
En Marcel he encontrado un amigo, y si encontrara ese amparo en él sería capaz de desmoronarme en este mismo instante.
Hace que sienta que pueda ser yo y desahogarme.
Mi cuerpo deja de estar en tensión cuando charlo con él, es como si no tuviera que estar alerta porque sé que no me hará nada malo.
Mi muslo es invadido por la manaza de Gennaro. Con la otra agarra el vaso que le acaban de poner y se lo bebe de un solo trago.
Maldito alcohólico hijo de la gran puta.
Marcel pone otro vaso delante de mí. Cuando va a llenarlo, se le escapa la botella y el cristal golpea contra el roble de la barra partiéndose en pedacitos. El líquido se derrama sobre Gennaro y sobre mi pecho.
—Maldito imbécil. ¡Ni tu trabajo haces bien! —exclama el viejo con evidente furia.
—Perdone, señor. Nunca he tenido un fallo, le aseguro que no volverá a pasar —se justifica.
La vista de Rina se dirige hacia nosotros. Con el ceño fruncido y mirada interrogativa, se acerca a paso veloz.
—Ve a limpiarte ahora mismo —me ordena.
Le dedico una mirada a Marcel de compresión para que vea que no estoy enfadada. Dejo a mi cliente limpiándose la camisa con una servilleta y despotricando sobre el camarero.
Por unos minutos siento alivio. La vida me ha regalado un momento de paz y de calma.
Me ducho con mucha tranquilidad en uno de los baños de las habitaciones.
Hasta que mi respiro es interrumpido por la madame .
Según ella, llevo aquí mucho tiempo. Me doy prisa en volver a vestirme para bajar y ver qué me espera, sabiendo que no creo que la suerte siga de mi parte mucho más. Quizá hoy solo quiere hablar o…
Roza sus dedos por mi piel cuando me siento en el taburete.
Su contacto me produce escalofríos, pero de puro terror.
Estoy teniendo la misma sensación que cuando estaba en el monasterio.
Era todo en contra de mi voluntad, éramos juguetes aprendiendo a comportarse, y esa responsabilidad y libertad que sentía hace casi dos semanas ya no está.
Ciro me ha hecho dudar de mi realidad, tanto que ya no la soporto.
—La próxima vez, me recibirás de rodillas, en la calle y sin ropa. —Se ríe—. Que todos vean quién es mi puta y que tiene dueño. Voy a hacerte tanto daño que suplicarás que pare y aun así no lo haré. Para que aprendas a quién le debes lealtad —murmura en mi oído con un tono ensombrecido y rabioso.
Seguido, se carcajea como a quien le acaban de contar un chiste.
Mientras, se manosea el miembro por encima de los pantalones.
Un temblor incesante me invade de pies a cabeza.
Mis pulmones dejan de respirar. Un pánico enorme me llega en oleadas de escalofríos.
Mi garganta se cierra. Creo que me voy a desmayar.
Mi vista se nubla. Con lo poco que puedo enfocarla solo veo el cuchillo de cortar fruta, lleno de trozos de la pulpa del limón que le ha echado al viejo.
Pero no pienso en utilizarlo contra él ni contra nadie porque sería en vano.
No ganaría. Solo hay una salida. Y esa es mi muerte.
Clavarlo tan hondo en mi cuello que no les dé tiempo a salvarme.
Tengo que hacerlo. No puedo seguir viviendo así.
Quizá Maia tenía razón. La venda se ha caído.
Con ella fue por amor, conmigo por desamor.
Porque gracias a él me he dado cuenta de todo lo que me rodea y todo lo que yo hacía por cubrirlo.
Obligo a mi brazo a moverse. Un último esfuerzo. Necesito acabar con el sufrimiento.
Antes de poder siquiera levantarlo, la frente de Gennaro estalla en pedazos, llenándome de trozos de carne y sangre.
Mis ojos se abren al instante recuperando toda la visión. Mi cuerpo se queda impactado y, aunque esté consciente, mis músculos no pueden moverse.
¿Qué cojones ha pasado?
Lo único evidente es que Gennaro Fabianni no podrá llevar a cabo su palabra porque está muerto.