Lobo (Mafia Italiana 2) CUARENTA Y CINCO
58%

CUARENTA Y CINCO

CARA

U na semana. Una maldita y eterna semana. Intento autoconvencerme de que esto es lo mejor, de que no debería echarlo de menos, de que no es para mí. Pero a veces, los recuerdos buenos vencen a los malos.

Aquel día que casi abusa de mí sentí mucho miedo.

Recordé todo el maltrato que había estado viviendo.

Un montón de oleadas de pensamientos dolorosos me invadió el cuerpo y quise morirme.

Pero lo que más dolió fue recibirlo por parte de él.

Ciro había sido todo un caballero, un chico que se ganó mi confianza plena.

Había abierto un mundo nuevo para mí, estaba sintiendo un amor que creía que no podría sentir nunca.

Hasta llegué a creer que tendríamos un futuro.

Todo se esfumó en cuanto vi que parecía un verdadero animal, me dejó ver la sangre fría que ostenta y me enseñó su lado más oscuro. Juro que hice todo lo posible por soportarlo, pero me han hecho tanto que estoy muy rota. Al sobrepasar la línea fina de mi límite, creí morir. Quería morir, más bien.

No quiero ni puedo volver a sentirme así. Tan… humillada, avergonzada, usada. Me quedó claro que él no es para mí. No digo que haya mentido ni que me haya engañado. Me ha demostrado que era real. Pero sus gustos peculiares o esa forma de ser… No creo que pueda soportarla ni un solo día.

¿Así de violentos y agresivos son todos los que trabajan en la mafia?

Por lo que estoy viviendo, diría que sí.

Mis esperanzas han muerto junto a ese día.

Quedé en shock y me costó más de veinticuatro horas asimilar que no volvería a verlo.

Hasta que al fin lo he aceptado. Aunque sigue doliendo, porque, joder, si de verdad te has ido de mi vida, ¿por qué paso las noches en esta maldita barra viendo cómo mis compañeras si trabajan?

Rina sigue fervientemente las indicaciones de Ciro, y por lo visto él sigue pagando por mí, para que nadie me toque.

¿Por qué? Si se supone que lo nuestro acabó, ¿por qué hace esto?

Dejo el vaso en la barra de madera con más fuerza de la cuenta.

Tengo muchas horas libres ahora, y de pensar tanto, la cabeza me explota.

Además, apenas he bebido un sorbo de alcohol.

El estómago no lo acepta. Mi cuerpo lleva unos días extraño.

Lo huelo y me entran unas náuseas enormes.

He pensado que puede ser por lo triste que estoy.

Tengo todo el día el pecho encogido y aguantando las lágrimas.

Es muy difícil vivir en esta contradicción.

Lo echo mucho de menos y quisiera verlo entrar por esa puerta, pero sé que no podemos estar juntos y que no podría aguantar ese tipo de vida.

También me siento aliviada de pensar que toda la guerra que comenzaríamos si nuestra relación hubiera seguido hacia delante, ya no se llevará a cabo.

No sé tampoco si estoy preparada para afrontar matanzas, luchas e historias.

Siempre le he dado mucha importancia a la estabilidad, a la rutina.

Y, joder, por él iba a echarlo todo al fuego e iba a dejarme llevar.

—¿Sabes? Rina está muy nerviosa hoy —comenta Marcel ordenando vasos en la estantería que tengo a mi lado.

Como paso aquí muchas horas muertas, hemos llegado a conversar más y hace que este tiempo se haga más ameno.

—Lleva así casi toda la semana —respondo.

Giro la cabeza para disimular cuando hablo.

—Pero hoy peor, créeme. Ten mucho cuidado —me advierte muy serio.

Qué adorable, se preocupa por mí. Sería un buen amigo si pudiéramos serlo. Pero en verdad, nos estamos jugando demasiado el cuello con esta “relación de amistad”.

Mi madame lleva toda la semana con un humor de perros.

No sé lo que le pasa, pero está en todo momento riñendo, dando voces y ordenando.

A mí de momento me ha dejado en paz. Me he vuelto un poco invisible al tener a alguien pagando por mí.

Me da rabia tener que agradecerle en mi mente a Ciro que me esté dando este respiro y esta tranquilidad.

—¿Tienes aceitunas? —pregunto a Marcel.

Él me mira con el ceño fruncido. Sé que le he cambiado de tema. Cree que no me importa lo que esté pasando a mi alrededor, y es verdad. Me la suda muchísimo, sinceramente. Mientras a mí no me afecte, Rina puede chillar todo lo que quiera.

—No quedan. Llevas toda la semana arrasando con el almacén —responde hastiado.

Eso es un facto. No he podido para de comer, y lo empiezo a notar en mis piernas y culo.

Cuando me pongo el pijama, me queda un poco más apretado.

Supongo que Rina, al estar tan obcecada en los problemas que tiene, no se ha dado cuenta de ese detalle, así que creo que tengo un poco de tiempo para bajar de peso. Pero empezaré mañana, hoy no quiero.

—Pues dame otra cosa. ¿Qué tienes por ahí? —insisto mirando la vitrina.

Marcel se vuelve y comienza a buscar, pero apenas le da lugar a hacerlo cuando Rina llega hasta mí con los ojos desorbitados y el sudor empapando su frente.

—Tú. —Me señala con despotismo—. Prepárate, que el señor Fabianni viene hacia aquí. —Su vista se centra en mis muslos y noto cómo su expresión se enfurece más—. Y deja de comer, que te estás poniendo gorda. —Me coge del mentón—. Las gordas aquí no valen nada.

De repente, mi estómago se cierra. Intento tragar saliva, pero la boca se me ha quedado seca.

Toda mi calma se ha esfumado. Estaba segura de que volvería a sentir este miedo.

La protección y seguridad que sentía con Ciro las he seguido sintiendo aun sin estar él porque me tiene comprada y me estaba acomodando.

Pero no sé qué insinúa ahora Rina al decir que Gennaro viene.

¿Y qué pasa si aparece? No puede tocarme. No estoy en venta.

Creo.

Noto la mirada curiosa de Marcel puesta en nosotras. Está enterándose de todo.

—Perdón, Rina. Lo solucionaré —pronuncio.

—Y tanto que lo harás. Ve al baño y echa todo lo que tengas en el estómago, que lo quiero más plano que nunca. ¡Vamos! —me ordena en un grito.

Me sobresalto con el chillido. Mi espalda se tensa. Joder, ¿por qué la toma ahora conmigo? ¿Es que ya se ha cansado de las demás? Suspiro obligándome a tranquilizarme. Pongo los pies en el suelo para ir hasta el baño, pero apenas me muevo cuando siento su mano agarrarme con fuerza el brazo.

—Ya es tarde. Ni se te ocurra irte —susurra con un tono cargado de tensión. Mi vista se dirige hacia donde la tiene ella. Gennaro Fabianni está entrando por la puerta—. Mete barriga, zorra. Espero que no le des asco o tendrás problemas muy serios.

Frunzo el ceño sin entender nada de lo que está pasando.

Intento buscar con la mirada a Marcel, que está en la otra punta de la barra ordenando botellas y ni siquiera me mira.

No sé ni para qué lo hago, de todas formas, él no podría hacer nada al respecto.

Pero me siento mejor teniendo un medio cómplice.

Por lo menos puedo desahogarme a mi manera.

El corazón me late con cada paso que da Gennaro.

No puede ser si es lo que creo. Yo tengo dueño.

No puedo volver a tener sexo con ese. Ni con él ni con nadie.

No quiero volver a ser la que era. No cuando ya sé lo que es sentir, lo que es vivir.

Mis pesadillas se hacen realidad cuando Rina esboza una sonrisa perversa.

—Consiéntelo. Espero que salga bien follado esta noche —murmura ella en mi oído.

¡¡¡¿QUÉ?!!!