CUARENTA Y CUATRO
LOBO
M e encuentro frente a ella, tan cerca que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo.
Nuestras miradas están clavadas la una en la otra, el aire está cargado de una tensión eléctrica y de unas ganas casi insoportables que nos devoran.
Veo en sus ojos el mismo deseo que me quema a mí.
Ese iris verde me hace arder en un éxtasis desenfrenado.
Solo de pensar que es a mí a quien pertenece me llena de orgullo y poder. Mía.
—De rodillas —le ordeno con voz grave y firme.
Ella obedece al instante, bajando despacio hasta quedar arrodillada frente a mí, con una expresión hambrienta que me pone aún más duro. Sabe lo que viene y lo quiere. Lo quiere todo.
Rodeo mi polla con mi mano derecha, ya tan erecta, gruesa y palpitante que hasta duele.
Empiezo a meneármela con lentitud, disfrutando cada segundo.
Deslizo la mano desde la base hasta la cabeza con movimientos largos y controlados, apretando lo justo para que las venas se marquen más.
Giro un poco la muñeca al llegar arriba, rozando el glande sensible con el pulgar.
Me arde por dentro la necesidad de follármela, pero aún no.
Ella no aparta la mirada ni un segundo, siguiéndome con los ojos, respirando cada vez más agitada.
Siento como sube el líquido preseminal, brillante y espeso.
Lo dejo gotear y, con la punta de mi polla, lo esparzo por su rostro.
Primero por sus mejillas, luego por sus labios, marcándola con él.
Termino metiendo la cabeza entre sus labios entreabiertos, solo lo suficiente para dejarle probarlo.
Ella, ansiosa, va a abrir más la boca para metérsela, pero yo la retiro de golpe.
—No —le digo, siendo un poco brusco, con un gruñido—. Estamos jugando.
Ella gime de frustración, pero sus ojos brillan todavía más de pura lascivia.
Sigo masturbándome delante de su cara, cada vez un poco más rápido, pero aún controlo.
Mi mano sube y baja con fuerza, haciendo que mi polla se hinche más y más.
La estancia se llena del sonido que produzco al pajearme con tanta brusquedad.
Ella me mira como si estuviera hipnotizada, jadeando bajito, con la boca entreabierta y la respiración entrecortada.
Verla así, tan excitada solo con mirarme, me lleva al límite.
Estoy a punto de explotar. Se me contraen los huevos y la polla palpita con fuerza en mi mano. No aguanto más.
La agarro con fuerza por los brazos, la levanto sin esfuerzo y la giro.
Echo su torso sobre el respaldo del sofá, siendo muy brusco, inclinándola hasta que su culo queda perfectamente expuesto y en alto.
Sin darle tiempo a reaccionar, le meto toda la polla de un solo empujón fuerte y profundo en el coño ya empapado.
Empiezo a follarla duro, salvaje, clavándosela hasta el fondo con cada embestida.
Mis caderas chocan contra su culo con golpes secos y potentes.
Ella intenta gritar de placer, pero yo le tapo la boca con la mano, apretando fuerte mientras sigo follándola sin piedad, hundiéndome una y otra vez en ella, deseando marcarla tanto que no pueda caminar sin pensar ni un solo segundo en mí.
Quiero ser el que domine su mente, su cuerpo, su alma.
Sigo follándola con fuerza, mi polla entra y sale, pero necesito más. Necesito que sepa con exactitud quién manda.
Me inclino sobre su espalda, pegando mi boca a su oído.
—¿Quieres que siga? Si aceptas, no hay vuelta atrás, cara mia —le gruño con la voz ronca.
Ella asiente con desesperación, gimiendo contra mi palma.
—Confío en ti. Hasta el final —consigo oír su respuesta ahogada.
Eso es todo lo que necesitaba.
Salgo de su coño de un tirón, dejando un vacío que la hace quejarse.
Me agacho rápido, cojo el cinturón que había tirado al suelo antes al desnudarme y vuelvo a colocarme detrás de ella.
Lo paso por delante de su cara, metiendo la correa entre sus dientes.
Tiro fuerte hacia atrás y lo aseguro en su nuca, apretándolo bien, haciendo un nudo firme para que no se suelte.
El cuero se le queda bien hundido en la boca, abriéndole los labios y silenciándola por completo.
Si nos descubrieran por sus gritos y tuviéramos que parar por ello, se desataría una guerra en este mismo instante difícil de acabar. Estoy tan cachondo y encendido que podría dejar que todo mi alrededor se hundiese bajo mis pies y yo no pararía de follarla hasta que me corriera en ella.
Y ahora sí. Desato todo lo que llevo dentro.
El animal salvaje, primitivo y brutal que, de normal, controlo.
La agarro fuerte de las caderas y vuelvo a clavársela con embestidas brutales, profundas, castigándola con cada golpe.
Esta vez es el sonido de mi pelvis chocando contra su culo el que llena la habitación.
Y es mucho mejor que el anterior. Sus gemidos quedan amortiguados por el cinturón.
Pero aún no tengo suficiente. Quiero sentir mi polla más apretada. Mucho más.
Le separo los cachetes con las manos y miro su ano fruncido. Escupo mucha saliva desde arriba, viendo cómo cae y resbala por su entrada. Froto la cabeza de mi polla contra ella, extendiendo el líquido, lubricándola. Y sin más aviso, empujo.
Se la meto por el culo de un solo golpe fuerte, abriéndola sin piedad. Su cuerpo se tensa y sé que quiere gritar, pero el cinturón se lo impide. Solo sale un sollozo ahogado.
La euforia me invade. Verla así, controlada, amordazada, con el culo lleno de mi polla… Es jodidamente perfecto.
—Esto es lo que te mereces —gruño mientras le penetro el ano con fuerza salvaje, cada vez más profundo y más rápido—. Después de todo lo que he tenido que ceder por ti, después de todo lo que he aguantado.
La embisto sin compasión, sujetándola fuerte de las caderas, tirando de ella hacia atrás para que reciba cada centímetro. Mis huevos golpean contra su coño mientras le destrozo el culo. Sigo follándola más duro, más animal, más profundo, perdido por completo en el placer oscuro y dominante.
De repente me fijo en ella. Su cabeza ha bajado, colgando hacia adelante, derrotada. Ya no forcejea, ya no gime con esa mezcla de placer y resistencia; solo está ahí, sometida, respirando agitada a través del cinturón.
Algo dentro de mí se rompe.
Joder, ¿qué estoy haciendo?
Me doy cuenta en ese instante de lo brusco, de lo animal que me he puesto. He perdido el control por completo. Salgo de su interior con rapidez, casi con culpa, sintiendo cómo su ano se cierra al instante. Con rapidez le desato el cinturón de la nuca, aflojándolo. La correa cae al suelo.
Ella sigue inclinada sobre el respaldo del sofá, temblando. Me acerco por detrás, con el pecho todavía agitado del esfuerzo, y trato de abrazarla con cuidado, rodeándole la cintura con los brazos para levantarla y pegarla contra mí. Quiero calmarla, quiero pedirle perdón con mi cuerpo.
Pero ella reacciona con rabia. Me empuja con fuerza usando los dos brazos, alejándome de ella. Sus ojos están llenos de ira y de las lágrimas que ha derramado.
—No me toques —escupe con una mezcla de dolor y furia en el tono.
Se gira para clavarme la mirada, respirando con dificultad.
Tiene el rostro enrojecido y el pelo revuelto.
La excitación se me enfría de golpe al ver su reacción.
Extiendo una mano hacia ella, pero me detengo antes de tocarla.
No quiero hacerle más daño. Ese pensamiento claro y conciso recorre mi cuerpo junto con un sentimiento de dolor y culpa.
Desvío la mirada de ella. Me visto con rapidez, dejando desabrochada la camisa y colgando la chaqueta en mi antebrazo. Ella necesita que yo desaparezca de su vida cuanto antes.
Justo antes de salir por la puerta, me vuelvo.
—Lo siento —me disculpo siendo muy sincero.
Ella no me contesta; solo contiene las lágrimas, y me odio por ello. Voy a dejarla sola, obligándola a recuperarse de nuevo sin nadie, teniendo que hacerse cargo de su vida. Y yo prometí que eso no pasaría nunca más.
Pero no puede ser. He visto el miedo en ella, el dolor, la rabia. Y yo… No podré contenerme porque no sé ser y actuar de otra forma. Soy así, un animal salvaje.
No podemos estar juntos. Ahora comprendo que estamos en puntos muy diferentes. Voy a salvarla, eso no ha cambiado. No dejaré que nadie le haga daño. Hablaré con Rina y me inventaré una excusa para que la tenga recluida y nadie abuse de ella. Algún día la sacaré de allí.
Pero desapareceré de su vida. No dejaré que se hunda y se corrompa, y menos ella, que aún brilla con su inocencia y su dulzura.
Pero eso no quiere decir que pueda seguir sin mí.
No permitiré que ningún hombre la toque, nadie podrá mirarla con cariño.
No ha dejado de ser mía. Es solo que no estaré cerca.
Solo la cuidaré en las sombras, acechando, siendo el lobo que soy.
Cruzo el umbral dejando toda mi razón de ser en aquel piso, con el amor de mi vida. Porque aunque no podamos tener una relación, yo ya sé que nunca nadie podrá ocupar ese lugar que ella ha llenado con su ternura, su bondad y su carácter.
Nos vemos en otra vida, cara mia .