Lobo (Mafia Italiana 2) CUARENTA Y TRES
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CUARENTA Y TRES

CARA

M e he quedado dormida en sus brazos. He sentido que no había lugar mejor donde quisiese estar, un placer que hace unos días era impensable para mí.

Creía que tenía los días contados en la mafia y que hasta que llegara mi final yo obedecería.

Pensaba que no me quedaba otra. Pero él me ha hecho sentirme querida, válida, cuidada.

Es mi salvación.

Cuando me despertó, lo hizo de forma muy sutil y suave. Dándome besos por toda a cara. Metió la mano por dentro de la chaqueta y me acarició el cuerpo con lentitud y siendo tan atento y cuidadoso que casi gimo de placer.

Mi trabajo es el sexo duro, sin miramiento, sin roces cariñosos. Y que él sea totalmente lo contrario, me hace suspirar del placer tan grande que siento. Insistí, me senté encima de él y pedí más con urgencia.

Me rechazó. Decía que no me haría el amor en aquel prostíbulo, que él no sería así conmigo. Es la primera vez que lo hacen, que me apartan y me evitan, y, ¡joder!, más mariposas han revoloteado en mi estómago. Sus acciones me hacen rendirme ante él por completo.

Saludo al guardia, que esta vez está merodeando por el vestíbulo de mi bloque.

No sé cómo hace Ciro para subir sin ser visto, pero no me extraña sabiendo a lo que se dedica.

Mi corazón está acelerado, me urge volver a verlo y tener contacto con él.

¿Y si ha decidido irse a casa? Quizá para él no es importante venir a verme.

Me dijo que lo haría, pero quizá ha cambiado de opinión.

Las dudas vuelven a invadirme. Trago saliva aguantando las lágrimas.

No termino de atravesar la puerta cuando noto cómo me cogen en brazos y cierran de un portazo. A oscuras y sin ver su rostro, ya sé quién es. Por su agarre, su tacto, su perfume. Mi pecho se agranda de emoción.

—No hace ni cinco minutos que nos hemos separado y ya me moría por verte y tenerte otra vez —susurra con voz sensual en mi oído—. Ahora sí, voy a adorarte como tu cuerpo lleva pidiéndome toda la noche.

—¿Elio está esperándote? —pregunto al acordarme de que su hermano nunca lo deja solo.

—A la mierda Elio, Cara. En tu mente solo tengo que existir yo. El único que te hará feliz para el resto de tu vida, ¿entiendes?

Me besa con una pasión desenfrenada. Su lengua invade la mía mientras pega mi espalda con fuerza a la pared. Me demuestra su intensidad apresando mi cuerpo con el suyo. Agarra un mechón de mi pelo y ladea mi cabeza. Succiona, lame, mordisquea mi cuello. Gimo de placer.

—Estas horas me han parecido eternas, cara mia .

Se aleja unos centímetros, jadeando, con el pecho subiendo y bajando acelerado. Mi sexo se empapa al momento. Verlo tan desesperado por mí me pone aún más cachonda. Me siento afortunada. Y no solo eso. Con él me siento una jodida diosa. Invencible. Deseada. Útil. Y vista.

—Cara, te prometí hacerte el amor, pero quizá sea un poco más brusco. Si ves que no aguantas o no te gusta, dímelo —declara con voz ronca, llena de lujuria.

Asiento con la cabeza sin poder hablar. Me cuesta tragar saliva.

Lo veo tan violento y fuera de sí ahora mismo que no sé si podré soportarlo.

Una parte de mí se oprime por el miedo, pensando que no quiero que sea como todos.

No quiero que me maltrate, que me golpee o me haga daño.

Pero otra, confía en él. Sé que no hará nada que me incomode. O eso quiero creer.

Se lanza hacia mi cuello de nuevo. Enrolla mi pelo en una mano y tira con fuerza hacia el lado. El mordisco que me dio antes lleno de sensualidad se convierte en uno feroz. Él gruñe al soltarme la piel. Está conteniéndose.

—Confío en ti —las palabras salen en un hilo de voz de mi garganta.

Me quita el abrigo de un tirón, sin nada de cuidado.

Su mirada lasciva me recorre todo el cuerpo.

Se relame los labios. Joder. Es tan sexy que le dejaría hacerme todo lo que quisiera.

Me lleno de valentía al estar tan caliente.

Levanto una mano para ponérsela en el pecho.

Lo freno. Él aguanta bajo una retahíla de gruñidos imitando a un animal salvaje.

Con mis dedos recorro el borde inferior de mi sujetador. Sus ojos recorren con ansia cada camino que trazo. Al llegar al broche de atrás, lo desato. Dejo mis pechos al desnudo ante su atenta mirada anhelante.

Hace el ademán de acercarse, pero vuelvo a ponerle la mano en el pecho. Él vuelve a seguir mi petición. Sonríe de forma siniestra. Juraría que le arde la piel de lo que se está guardando ahí dentro.

Esta vez recorro con lentitud el borde de mis bragas brasileñas de encaje negro.

No aparto la vista de la suya, aunque en esta solo existen mis dedos y mi ropa interior.

Aguanto unos segundos, con el borde de la ropa interior justo en el comienzo de mis pliegues.

Le dejo ver mi vagina depilada. Paseo las yemas por ella, recorriéndola con círculos.

Sin mediar palabra, me insiste con el rostro para que termine. Las manos le tiemblan. Sus ojos tan únicos brillan tanto que es difícil no quedarse embobada mirándolos.

—¿Puedo? —consigue decir con voz grave.

Sé que se muere por tocarme, pero niego con la cabeza. Me siento poderosa al tener el control. Dejo caer mis bragas de una vez hasta el suelo.

—Ahora tú —le indico señalando la camisa.

Estoy desnuda por completo y no me siento expuesta. No como otras veces. Al revés, es como si tuviera el control, y es que en realidad él me lo ha dado.

Él acata mis órdenes y se quita toda la ropa. Pero no como yo, sino con rapidez, como si le quemara. Me sale una risa al ver que eso no ha sido nada provocador ni sexy .

—¿Ya? —insiste al haberse quitado todo en pocos segundos.

Me muerdo el labio inferior para no reírme más.

Mi corazón late con fuerza mientras estoy de pie frente a él, completamente desnudo bajo la oscuridad de la habitación.

Solo la luz de la luna, que se cuela por la ventana, nos ilumina.

Mis ojos recorren su cuerpo con un hambre que apenas puedo contener, mi sexo arde entre mis piernas.

Dios, su torso es una obra maestra. Los músculos de su pecho son firmes y definidos, hinchándose con cada respiración profunda que toma. Las líneas de sus abdominales se marcan bajo la piel, que tiene un poco bronceada. Luego me fijo en la V que está muy marcada en sus caderas.

Está siendo un suplicio enorme aguantarme. Es irresistible.

Puedo ver las venas marcadas recorriéndole los hombros y bajando por los brazos, palpitando.

Percibo toda su fuerza bullendo justo debajo de la superficie.

Pero lo que más llama mi atención es su miembro.

Grande, erecto y apuntando hacia mí con una arrogancia deliciosa.

La cabeza está hinchada y brillante por la excitación.

Sé que está listo para abrirme y llenarme por completo.

Mi interior se contrae solo de mirarlo, imaginando esa bestia dura empujando dentro de mí, llenándome, reclamándome.

Él me mira con una expresión juguetona, una sonrisa ladeada en los labios y una ceja apenas levantada. Sabe lo que estoy pensando. Me demuestra la diversión que siente y la arrogancia que tiene al verme devorándolo con la mirada.

—Te mueres por él, ¿verdad? —murmura con voz ronca, y yo solo puedo asentir, mordiéndome el labio.

Estoy empapada. Mis pezones están duros, mi clítoris palpita y un hilo caliente de líquido de la misma excitación ya me recorre los muslos.

Me muero por sentirlo dentro. Profundo. Duro.

Sin piedad. Estoy dispuesta a dejar que haga de todo conmigo, que me rompa por detrás, por delante, que me ate, que me folle la boca, que me llene hasta que no pueda caminar.

Cualquier cosa, lo que sea, solo por sentirlo. Lo aceptaría todo. Todo.

Necesito que Ciro me haga gritar de placer.

Doy un paso hacia él con la respiración agitada, muriéndome de deseo y lamentándome por haberlo frenado antes.

Y él es ahora quien me frena.

No puede ser.