CUARENTA
CARA
A ntes de salir de casa, hoy sí he comido.
Me moría de hambre. Me he hecho un revuelto tan grasiento como bueno estaba.
Dios mío, estaba riquísimo y solo de pensar en él se me vuelve a hacer la boca agua.
No sé qué me pasa, pero mi estomago solo reclama comida a todas horas.
También debo decir que he decidido poner todo de mi parte para dejar de seguir en piloto automático.
Estoy dispuesta a salir del modo de supervivencia para disfrutar del viaje, de la vida.
Cuando se ha ido Ciro, he podido dormir como un bebé, relajada, sin presión y con el corazón feliz. Al levantarme, ordené y limpié un poco todo lo que me quedó por recoger de la noche anterior, pero haciéndolo con una sonrisa bobalicona en el rostro.
Espero que venga hoy. Es verdad que Rina ayer cumplió su trato, y viendo lo visto, seguirá haciéndolo. Quiero volver a verlo, y eso que estuve con él hasta esta mañana y son poco más de las seis de la tarde.
Mi mente divaga recordando todo lo que me hizo, cómo me trató, cómo me sentí. Sus caricias, sus gestos dulces, sus ojos brillando cuando yo llegaba al orgasmo. La de veces que me dio un vuelco el corazón con sus palabras.
“Soy tuyo”.
“Te necesito”.
“Me tienes obsesionado”.
“Me jugaría la vida las veces que hiciera falta por ti”.
Pero ¿cómo no voy a estar así? En la vida había sido la prioridad de nadie. Y solo de pensar en él, mi alma suspira.
Antes, Rina se ha enfadado al verme la mano vendada. Cree que a “Andrea” le dejaré de gustar si me ve así, porque “dejo de ser vistosa”. No sé cómo lo haré, pero quiero salir de aquí. Por primera vez en todos estos años, quiero hacerlo, intentarlo.
No sé cuánto tiempo aguantaremos a escondidas.
La gente de la mafia es muy desconfiada y está todo el tiempo revisando que se cumplan las normas.
A mí me tenían un poco de lado porque me he ganado su confianza.
Aunque con los últimos acontecimientos, creo que se ha perdido un poco.
Rina se pasa todos los días enfadada conmigo, cosa que antes no.
—Hoy estás resplandeciente —me sobresalta la voz de Marcel.
Frunzo los labios para ahogar una sonrisa. Solo iba a ser simpática, pero tengo a mi madame pendiente de mí desde lejos. Señalo con los ojos hacia ella y el camarero entiende al segundo lo que le digo porque sin dirigirme la palabra se va hacia el lado opuesto de la barra.
Bebo un sorbo de mi vaso. Espero que el alcohol aplaque mi apetito, porque he notado ya mi estómago crujir dos veces.
Mi compañera, Rua, se acerca a mí, contoneándose, con la barbilla alta y una mirada felina.
Se pone a mi lado para pedir bebidas al camarero para su cliente y ella.
Después, me echa un breve vistazo y vuelve la mirada la frente.
—Vaya la que tenías formada esta noche. Temí no verte más cuando subió el guardia a tu casa —susurra en voz baja mirando hacia la estantería con vasos.
Lejos de ser una engreída, su tono demuestra preocupación. Actúa de esa forma en el club porque es la manera en la que la quieren ver sus clientes. Otro puto papel. Todas somos un hacha en ello. Podríamos producir una película y ganaríamos un Oscar.
—¿Qué se escuchaba? —pregunto interesada bajando la cabeza para hacer como la que mira a sus tacones.
Ella es la que vive justo debajo de mí.
—Dios mío, Axa —pronuncia al pensarlo—. Ojalá me hubieran hecho disfrutar así alguna vez en mi vida. Luego escuché voces, tenías un enfado monumental. Espero que no lo hayas matado y esté descuartizado en tu frigorífico —finaliza riéndose disimuladamente.
Mi cuerpo se tensa. Rezo porque no haya escuchado la conversación en sí.
Si ya es malo que sepa que estuvo un hombre conmigo en casa, que sepa que ESE hombre es el enemigo de La Camorra, es mucho peor.
De repente, dejo de tener hambre, se me cierra la boca del estómago y se me esfuma toda tranquilidad.
Rua es buena persona, pero es como yo: no creo que me cubriera jugándose el pellejo. Me destaparía.
—¿Qué escuchaste si se puede saber? —inquiero queriendo parecer serena.
Ella esboza media sonrisa.
—Nada, tranquila. Te preocupa más que haya escuchado una conversación que sepa que se ha acostado un tío contigo por placer —enfatiza en la última palabra—. Pero no te inquietes, soy una tumba.
Coge las bebidas y justo al darse la vuelta, me guiña un ojo.
Sé que esconde la verdad. Ha tenido que escuchar más de lo que dice.
No fuimos discretos, eso es verídico. Mi pulso se acelera al pensar que estoy atrapada, perdida.
Aunque haya insinuado que me guardará el secreto, yo no me fio de nadie.
Aquí la información es poder, y ella ahora mismo lo tiene sobre mí.
—Te ha cambiado por completo la cara —me dice Marcel limpiando con una bayeta la parte donde ha estado Rua.
—Estoy bien —miento.
Él frunce el entrecejo. Resoplo al pensar que también ha escuchado todo lo que me ha dicho mi compañera. Cada vez estoy menos segura en este lugar.
Para mi tranquilidad, Ciro entra por la puerta con el rostro imponente. Está muy serio. Su porte es espectacular. Camina con una seguridad que me hace volver a suspirar. Rina repara en su presencia al momento. ¿Cómo no? ¿Quién no ha podido darse cuenta de que está aquí?
Sin hablarme y sin cambiar su expresión, entrelaza su mano con la mía para guiarme hasta la planta de arriba, como ha hecho siempre.
¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho para que esté así?
Busco en mis pensamientos algún momento que me haga entender su actitud.
Nos despedimos bien, me llenó de besos y se fue jurándome que nos veríamos muy pronto porque no podía estar sin mí.
Mi pecho se encoge de tristeza. Ha llegado a tener tanto poder en mí que siento que si desapareciera de mi vida, no podría superarlo.
—Andrea, perdona. —Rina nos corta el paso dirigiéndose a Ciro con ese tono de corderito degollado—. Quería pedirte disculpas por el aspecto de Axa. No te imaginas cuánto sentimos que tengas que pagar por una puta herida. —Señala mi mano.
Su frase me impacta. Es lo que soy. Era. Pero, joder, cómo duele escucharlo así, tan directa. No pienso dejar que me afecte. Trago saliva para que me resbalen sus palabras y dejen de hacer daño.
Me recompongo, fuerzo mi espalda a erguirse y a esbozar una sonrisa.
—No te preocupes, me gustan cuanto más rotas, mejor. Así cuando yo juegue, no se distinguirá si fui yo o no —declara Ciro en tono prepotente—. Tengo una pequeña obsesión por abrir lo que ya está agrietado. Ya sabes, Rina, despacio —finaliza en tono sexy y provocador.
Mi madame se ruboriza. Aparta la mirada y esconde una sonrisa.
Quiere parecer profesional, pero es otra guarra más.
Los celos surgen como un volcán a punto de estallar.
¿Qué cojones le pasa a este capullo? ¿A qué viene tontear de esa forma con la que sabe que es una de las causantes de mis desgracias?
Hace horas me juraba amor eterno, prácticamente.
Aprieto su mano entrelazada con la mía, fuerte.
Si no puedo reventarle la cabeza, le destrozaré la mano.
Mi mirada asesina se clava en su rostro, pero él no me la devuelve, solo está sonriéndole a Rina como un maldito gilipollas.
—Con tu permiso, voy a destensarme del día tan duro que he tenido —le anuncia a ella.
Esta se gira para irse con evidente aspecto de estar más que contenta. Yo diría, más bien, cachonda perdida. Y eso que le puede llevar a Ciro más de veinte años.
En vez de sentir decepción o tristeza, solo puedo pensar en las ganas que tengo de llegar a la habitación y reventarlo a hostias.
Mira que me han hecho cosas deplorables —me han maltratado, violado, humillado—, pero nunca he sentido tanta furia ni tanta rabia comparada con lo que me produce cualquier ínfima acción de él. Porque él me importa, y duele tanto que siento que es capaz de romper mi corazón si se lo propusiese.
Sin quererlo, él ya es parte de mí.