Lobo (Mafia Italiana 2) TREINTA Y NUEVE
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TREINTA Y NUEVE

CARA

L os primeros rayos de luz entran por la ventana.

No quiero ni imaginarme lo poco que hemos dormido.

Tampoco me importa, porque dentro de que he sentido el dolor más grande de toda mi vida, también ha sido el día más feliz hasta el momento.

Sus declaraciones han sido claras y concisas.

Me ha hecho ver tanto en acciones como en palabras que le importo, que soy su prioridad.

Y es lo más bonito que me ha demostrado nadie nunca.

Me ha sacado el trozo de cristal de la palma, me ha desinfectado el corte y luego se ha puesto a hacer el desayuno con lo poco que tenía en la despensa.

Yo he aprovechado para recoger todo el destrozo que he hecho.

El mando de la tele ha muerto. Pongo cara de circunstancia cuando veo los trozos esparcidos por el suelo.

—No te preocupes por eso. Lo solucionaré —escucho a Ciro.

Me agacho para recoger los pedazos. Tendré que usar los botones de la propia pantalla.

—No, es mi problema. Me buscaré otro, tienen que tener repuestos en las tiendas, ¿no? —pienso en voz alta.

Ciro me sorprende pegándose a mi espalda.

Me levanta para girarme hacia él. Aunque se ha puesto los pantalones, sigue con el torso desnudo y mi vista se va sola hacia esos músculos que me vuelven loca.

Me he adueñado de su camisa. Me queda un poco grande y me tapa todo el cuerpo hasta la mitad de los muslos.

—Tus problemas son los míos. Y mi dinero es tuyo. Te sacaré de ahí y te vendrás a vivir conmigo —declara rozando mis labios con dulzura.

Mi corazón da un vuelco al escucharlo. No podemos ser unos insensatos. Debemos actuar siendo más inteligentes que ellos.

—No te precipites, Ciro. He escuchado muchas habladurías de las guerras que os traéis entre manos las dos bandas. No permitiría que empezaras una por mí —le contradigo poniendo distancia entre nosotros para pensar mejor.

—Por ti no solo empezaría una, sino que cruzaría todos los límites habidos y por haber.

Suspiro. ¿Por qué tiene que ser tan perfecto? Me quedo embobada mirándolo y se me escapa una risita tonta.

—Vamos, ya está el desayuno hecho. —Me besa la frente.

Otro gesto que hace que me revoloteen cientos de mariposas en el estómago. Es tan dulce, tan cariñoso conmigo y tan atento que parece mentira que sea un jodido mafioso.

No me suelta la mano hasta que me deja en el sofá. Todo un caballero. Trae tazas de café junto con un poco de pan tostado. Les ha puesto aceite, tomate y un poco de jamón york. Después de haber derrochado tanta energía, me muero de hambre.

Él me da de comer de su mano. Otra primera vez. ¿Dejaré de suspirar por este hombre alguna vez?

—Ya volé una vez La Nonna. Puedo hacerlo de nuevo —insiste con el tema.

—No. Si destrozaras el lugar, nos llevarían a otro mientras, y no sabemos si con más seguridad o en qué condiciones —respondo siendo realista.

Chasquea la lengua, mostrando un poco de frustración. Recuerdo aquel día. Estaba enfadada con Maia y me moría de la ansiedad hasta que volvió al monasterio pensando que había muerto. Tenía que haber aprovechado más el tiempo con ella. Guardo mi pena enorme en un rincón. No es momento.

—¿Qué piensas? —Ciro me lo ha notado.

—En mi amiga, la que te dije que echo de menos. Solo recordaba aquel día y… —se me quiebra la voz—. Odio con todas mis fuerzas a Pantera —dirijo mis sentimientos a la ira que le profiero—. Espero que haya muerto.

Pienso en las palabras de Santoro. Le puso una trampa a Vivaldo y esperaba que murieran todos en ella.

—No lo está —afirma en tono despectivo—, pero lo estará.

Asiento dándole mi visto bueno. El desgraciado tuvo suerte y salió vivo de aquello. Bebo un sorbo de café.

—¿A tu amiga la maltrataba ese capullo? —pregunta después de masticar un poco del pan.

—La manipuló. Jugó con sus sentimientos.

La enamoró y fue su perdición. Acabó en medio de una guerra y…

—no puedo seguir, así que cambio de tema—.

Por eso he sido tan prudente contigo. Nosotras no hemos conocido el amor.

El cabrón supo jugar muy bien su papel, y pensaba que tú estabas haciendo lo mismo.

Ciro me coge de la barbilla para que lo mire a los ojos.

—Yo nunca te haría eso. Eres mi vida, Cara. Yo no voy por la vida jugando. Me gusta ir de frente. Siempre —pronuncia firme.

Le dedico una sonrisa. Le dije que confiaba en él y eso haré. Tampoco puedo evitarlo. Yo no mando en mi corazón, y se ha adueñado de él.

Me ofrece más pan. Lo acepto sin dilación. Apoyo las piernas por encima de las suyas. Todo el contacto con él es poco. Su móvil suena. Miro la pantalla sin querer.

—Perdona. —Bajo la cabeza avergonzada de haber invadido su privacidad.

—Tienes todo el derecho del mundo. —Me levanta la barbilla—. Tú mandas, Cara. Soy tuyo. Contesta tú.

Me tenso al oírle. Estamos haciendo esto en la clandestinidad. ¿Cómo voy a hablar con alguien de su entorno para descubrirnos?

Él sonríe ante mi estado de nervios.

—Es solo mi hermano. Él sabe todo de mí. Fue quien me dejó aquí anoche y creo que quiere saber si todo va bien —me explica echando la espalda hacia atrás—. Supongo que no está acostumbrado a que pase la noche con ninguna chica y no ha recibido noticias mías en todas estas horas. Estará preocupado.

Me señala el móvil haciéndome un gesto con los ojos. Mierda. ¿Por qué estoy tan nerviosa? Trago saliva. Miro la pantalla. “Elio”. Creo que he escuchado hablar de él, ¿Bestia le llaman? Dicen que es muy sanguinario y sádico. Deslizo la imagen por la pantalla. Seguido, pulso el altavoz.

—Menos mal, imbécil, ya creía que te había pasado algo —escucho a través de la línea.

—¿Hola? —contesto con voz débil y tímida.

—¿Ciro? ¿Quién eres? ¿Dónde está mi hermano? —su tono ha cambiado. Se ha puesto alerta.

Mi espalda se tensa. Ciro se da cuenta y me la acaricia con cariño. Sonríe divertido y vuelve a señalarme el móvil.

—Soy… soy Cara. Ciro está… está bien —balbuceo.

—¿Y por qué no se pone él? —insiste nada convencido.

Me entra mucho calor. El pulso se me acelera y siento que me va a dar un ataque al corazón. A Ciro se le escapa una pequeña risa al ver mi estado. Eso detona mi enfado hacia él.

—Eso digo yo —respondo con contundencia—. Habla con tu hermano y deja de hacer el payaso. —Le tiro el móvil al abdomen con fastidio.

Él se encoje por el golpe y alza su risa resonando por todo mi salón.

“Capullo”, le deletreo con a boca sin hablar. Me levanto como un muelle. Estoy muerta de vergüenza, así que voy a la cocina a por un poco de agua.

—¿Me ha dicho payaso? —escucho la voz de Elio en tono divertido.

—Me lo ha dicho a mí. —Se ríe estando muy cómodo en mi sofá.

—¿Cuándo hemos intercambiado las tornas? Normalmente las mujeres me lo dicen a mí —aclara Elio ya en tono despreocupado—. Se ve que has pasado muy buena noche, hermanito —cambia de tema.

—Bueno, ha sido... peculiar —responde pensativo.

Y tanto. Todavía recuerdo la batalla campal.

Termino de llenar el vaso. Le doy un sorbo y lo dejo encima del fregadero. Vuelvo al sofá a paso lento. Me dejo caer ya más calmada. Miro el pan y me lo llevo a la boca para seguir saboreándolo.

—No quiero detalles —interrumpe Elio con rapidez.

—¿Yo sí tengo que escuchar todas las guarradas que tú haces y tú las mías no?

—discrepa Ciro. Al escucharlo escupo el pan casi atragantándome.

No pensará contarle nuestras intimidades a su hermano, ¿no?

Lo fulmino con la mirada. Él le quita hierro guiñándome un ojo—.

Tampoco es que te las fuera a contar —añade.

—Mueve el culo y baja —exige Elio.

Ciro frunce el ceño.

—No me jodas que has estado toda la noche ahí.

Me quedo quieta escuchando la respuesta.

—Por supuesto. No iba a dejarte solo en territorio enemigo.

Para ser el bestia que dicen, yo no lo veo así.

No sé qué habrá hecho, pero se ve que quiere a su hermano hasta el punto de ponerse en peligro por él.

Me imagino al pobre esperando toda la noche en el coche, alerta, sin saber si tendría que enfrentarse a hombres a vida o muerte.

Mi corazón se ablanda y frunzo los labios aguantando la lástima que me produce.

—Eres imbécil de verdad, Elio. Te di una orden, ¿cuándo aprenderás a acatarlas? Soy tu jefe —endurece Ciro su tono.

—Antes de eso eres mi hermano, y puedes darme todas las órdenes que quieras, pero cuando estés a salvo. Mientras crea que me necesitas, me paso tu mandato por la polla. No tardes, que me muero de hambre —finaliza la llamada.

Frunzo los labios de nuevo al ver que Ciro se pasa la mano por el pelo, frustrado.

—Tranquilízate. Es normal que se preocupe por ti. Tu hermano me cae bien. —Le doy un beso en los labios despacio, con cariño.

Ese comentario le hace reír.

—Eres la primera persona que me dice que le cae bien —asegura con tono desenfadado.

Me río por sus palabras. Me he criado entre rumores, traiciones y venganzas. En poco tiempo he descubierto que no hay que juzgar a las personas a la primera. Igual que Ciro me ha sorprendido, puede que también lo haga Elio.

Quizá los buenos no son tan buenos, ni los malos tan malos.