Lobo (Mafia Italiana 2) TREINTA Y OCHO
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TREINTA Y OCHO

CARA

M i corazón aún late con fuerza por esas declaraciones llenas de sentimiento. No puedo seguir enfadada con él. Ni puedo ni quiero.

La necesidad de tenerlo me hace atraerlo hacia mi boca. Dejo caer la manta mientras mis labios lo devoran con desesperación. Los míos se mueven contra los suyos de forma desenfrenada. Él me muerde el labio inferior mientras mi lengua busca la suya en un arranque de pasión.

La diferencia al beso de antes es abismal. Este sí demuestra deseo, este sí grita lujuria. Me invade con un hambre voraz.

Ciro , repito su nombre en mi mente.

Él responde con la misma urgencia que yo. Sus manos bajan por mi espalda, apretándome contra su torso.

—Te necesito, joder —jadeo entre besos.

—Te aseguro que no más que yo a ti.

Esa voz ronca me derrite de pies a cabeza.

Un escalofrío que me recorre entera. Sin pensarlo, salto y me monto en sus caderas, rodeándole la cintura con las piernas.

Mis brazos se enredan en su cuello, los suyos aprietan mi culo provocándome más excitación.

Sigo besándolo como si el mundo se fuera a acabar.

Él gruñe, me aprieta contra su erección mientras empieza a caminar hacia el sofá.

De repente, se escucha un sonido seco. El cristal cruje bajo su pie.

—Me cago en… —maldice dando un sobresalto.

Pierde el equilibrio. Todo pasa tan rápido que no puedo hacer nada al respecto.

Intenta sujetarme, pero caemos los dos. Mi trasero impacta contra el suelo.

Al momento, siento un dolor agudo y punzante en la palma de mi mano derecha, la que he apoyado por acto reflejo.

Un trozo de cristal se ha clavado profundamente.

Esto nos pasa por ir comiéndonos a besos y olvidarnos de nuestro alrededor.

Ninguno de los dos nos acordábamos del jodido vaso roto.

Al recordar la expresión de pánico de su rostro al caernos, la risa me sale sin control. Me carcajeo de forma divertida.

—¡Ay, me he clavado un cristal! —exclamo entre carcajadas. Me miro la mano—. ¿Ves? Hasta el universo conspira para que no lleguemos al sofá. Yo creo que el mensaje de que no puedo estar contigo es claro y conciso, ¿no crees? —bromeo muerta de risa.

Él se incorpora con rapidez, lleno de preocupación al ver mi mano. Tiene el pie ensangrentado, pero ni caso le hace. Solo existo yo.

—A la mierda el universo —dictamina con seguridad—. ¿Estás bien? Déjame ver. No te rías, esto es serio. No te muevas.

Intenta incorporarse para revisar el corte, pero yo sigo riéndome, con lágrimas en los ojos por la mezcla de dolor, adrenalina y pura felicidad.

—Estoy bien, estoy bien —afirmo divertida, todavía riendo tirada en el suelo—. Duele, pero… míranos. Discutimos, nos besamos como locos, luego caemos al suelo como idiotas que somos y aun así, Ciro, solo quiero seguir besándote.

Él niega con la cabeza mientras me escucha, pero veo cómo se le escapaba una media sonrisa boba cuando menciono su nombre por primera vez. Me inclino hacia él para volver a besar sus labios. Mi hambre no se ha ido. Quiero más, mucho más.

—Déjame curarte la herida y luego soy todo tuyo, cara mia —habla con ese tono que tanto me provoca deseo.

—¿Y tu pie? —insisto rozando mi nariz con la suya.

—Tú eres más importante. —Me besa en a frente con dulzura.

Se incorpora entre los cristales. Al parecer no le importan nada. Solo se preocupa de levantarme en brazos para que yo no pase por ellos. Escucho el crujir del cristal bajo sus pies hasta que llega a un parte donde no hay. Me deja con lentitud en el suelo.

El timbre de la puerta suena haciendo que mi cuerpo pegue un pequeño repullo de la sorpresa.

Nunca nadie ha llamado a la puerta. No puedo tener visitas, así que es imposible que sea nadie que conozco.

La única que podría tener ese poder sería Rina o Santoro.

Abro mucho los ojos dirigiéndolos a Ciro para que entienda mi asombro.

—Shhh —sisea él caminando con sigilo hasta la mesita del salón. Coge su arma y noto sus músculos tensarse alerta ante la situación.

Puede ser el guardia del edificio. Él está ahí para asegurarse de que ninguna nos traemos hombres o hacemos nada indebido. Quizá ha escuchado todo el ruido que hemos hecho. Sí, seguro que es eso. Mi cuerpo está paralizado aunque mi mente vaya a mil por hora.

“Actúa, idiota”, me grito en mi interior.

Freno a Ciro con la palma de una mano para que no haga nada. Me acerco a la mirilla de la puerta.

Carraspeo.

—¿Quién es? —pregunto con voz dulce e inocente.

Veo al guarda del edificio, un hombre de unos treinta años, muy fuerte y con el rostro de no estar muy contento, supongo que por haber tenido que venir aquí a comprobar que todo esté bien. Tengo que hacer el papel de mi vida.

—¿Puede abrirme? —inquiere él a través de la puerta.

“No puedo, capullo”, contesto en mi interior.

Le hago señas a Ciro para que recoja todas sus pertenencias, ropa, tabaco, móvil y demás. Seguido le hago el gesto de que voy a abrir. Recojo el abrigo que me quitó del suelo y me lo abrocho para ocultar mi desnudez.

Ojeo cómo recoge todo con rapidez. Se lo pega al pecho y le digo con las manos que se vaya a mi habitación.

Él niega con la cabeza con la expresión muy seria.

Se pone detrás de la puerta. Abro los ojos y le transmito con ellos que es mala idea.

Él, con una calma apabullante y sin palabras, me responde que abra la puerta.

Ruedo los ojos.

Al fin, la madera chirría dejando ver al gorila que inspecciona al momento mi salón desde la alfombrilla de fuera. Frunzo los labios. Oculto mi mano en la espalda para esconder el corte.

—¿Pasa algo? —Le sonrío ocultando mi nerviosismo.

Él no contesta, solo visualiza todo el espacio desde un rincón hasta el otro. Abro un poco más la puerta para hacerle ver que no escondo nada. De reojo veo a Ciro con el arma, preparado para actuar. Estamos tan cerca del desastre que el aire deja de salir por los pulmones.

—Se han escuchado muchos ruidos —afirma al fin el guardia.

—Ay, perdona. Llegué de La Nonna y me puse la televisión.

Estaba tan cansada que me quedé dormida en el sofá y supongo que le habré dado voz sin querer mientras dormía.

El sexo me deja sin energía y no me he enterado de nada.

Al despertarme vi que era una película de esas inútiles donde hay muchos tiros y policías.

Mira, hasta sigo con la misma ropa —me señalo el abrigo con la mano libre.

El tipo asiente con movimientos lentos, creo que pensando si creérselo o no. Después de unos segundos de pura tortura, habla.

—De acuerdo. Descansa, Axa —pronuncia.

Le sonrío inundando por fin mi pecho de aire. Mi pulso se relaja. Acabo de salir ilesa de otra más.

Cierro la puerta despacio para que él no note la urgencia. Me echa una breve mirada antes de bajar por la escalera.

—Axa mis cojones —me sobresalta el tono furioso de Ciro—. Odio que te llamen así. Los mataré a todos.

—Tranquilo, sé muy bien quién soy y lo que valgo, Ciro, y gracias a ti. Lo que digan los demás ya no importa —le aseguro con una sonrisa.

Porque estoy dispuesta a jugarme el cuello por una vida con el jodido Lobo.