Lobo (Mafia Italiana 2) TREINTA Y SIETE
48%

TREINTA Y SIETE

CARA

¿C ómo? Le he dejado ver mi interior, le he contado cosas muy íntimas, he confiado en él, y acaba de romper esa confianza en mil pedazos. Mis terrores imaginarios se materializan. Me ha seducido hasta el punto de manipularme a su antojo. Mis sospechas no eran infundadas.

Y ahora ¿qué? Acabo de cavar mi propia tumba y le he dado el poder de acabar conmigo.

Y todo porque le he abierto mi corazón. Entre tanto éxtasis pensaba que era real, que aunque estuviera mal que disfrutara con un hombre, a él sí le gustaba yo de verdad.

Y, seamos sinceros, incluso pensé en darle una oportunidad y vernos a escondidas.

Dos veces que lo he hecho con él, dos veces que he tenido orgasmos.

Lo impensable para mí se ha hecho realidad.

Me negaba a dejarlo ir y me ha apuñalado. Ha roto todo lo que podría haber pasado entre nosotros. Ahora no estoy segura de si podría haber existido. Seguramente solo buscaba este momento, mi confesión.

—Maldito hijo de la gran puta —suelto en español poniéndole entonación en cada palabra.

Mi ira aumenta por segundos. No sé cuál es el motivo de esta traición, pero es lo que menos me importa en este instante.

Me siento muy decepcionada. Lo fulmino con la mirada mientras saco su miembro de mi interior avanzando hacia delante.

Me tapo con la mata rodeándola en mi torso.

Noto mi cara hervir, la sangre ebulle por todo mi cuerpo. Tengo ganas de matarlo.

Me han fallado muchas veces en mi vida, pero, joder, de él duele mucho más. Con sus acciones he llegado al punto de dejarlo entrar en mi interior. Cuando la traición viene de parte de alguien que te importa, lo sientes como si te hubieran arrancado el corazón y lo hubieran pisoteado.

Aun está sintiendo el orgasmo. Se agarra la polla y la menea para que eche los últimos restos de semen sobre mi sofá mientras su cabeza se echa hacia atrás disfrutando de la sensación. Una imagen muy erótica si no fuera porque le reventaría la cabeza ahora mismo.

—Sé que no ha sido la mejor forma de decírtelo, cara mia , pero tenía que hacerlo. No podía permitir que tu preciosa boquita dijera un nombre que no es el mío —expone guardándosela dentro de la ropa interior.

Coge el paquete de cigarrillos de la mesita baja. Saca uno y lo pasea por sus labios.

—¡Eres un cerdo! Has traicionado mi confianza —bramo con ira contenida—. Me la has jugado.

Me doy cuenta de la forma en la que le estoy hablando.

Si esto lo hubiera hecho alguna vez con algún integrante de la mafia, no estaría moviendo la lengua ahora mismo.

Los gusanos ya habrían acabado hasta con mis huesos.

Y no sé porque, pero con él siento que puedo ser yo misma y reclamar lo que me venga en gana aun habiéndome llevado esta decepción.

Se enciende el pitillo con calma fingida. Sé que está nervioso, apenas se puede ver el temblor de su mandíbula o de sus manos, pero me doy cuenta de cada detalle. Está más rígido de lo normal, aunque supongo que estará acostumbrado a aparentar esa tranquilidad que lo caracteriza.

—Sé que estás dolida, pero esto tenía que pasar tarde o temprano —asegura poniéndose de pie.

—¡Te importo una mierda! Me has manipulado todo este tiempo —escupo furiosa. Doy dos pasos atrás viendo que avanza hacia mí—. ¿Con qué fin? Porque te juro que no entiendo nada.

Es de la mafia contraria. ¿Quiere retenerme o secuestrarme para hacer algún cambio con La Camorra? ¿O solo quiere hacerme daño por pertenecer a ella? No encuentro ningún motivo.

—Cálmate. Solo te he dicho mi nombre, pero no cambia nada. Mis sentimientos son los mismos. No hay ningún motivo enrevesado que puedas pensar. Me… gustas mucho Cara —aclara con sosiego.

Esa última frase me enfurece aun más. Es que ya no confío nada en él. Si me ha mentido con eso, ha podido hacerlo con más cosas.

—No me creo una mierda de ti, desgraciado —maldigo con odio en mi idioma natal. Insultar se me da mejor así y me siento más cómoda.

— Cara mia … —me ofrece su palma.

Antes de que pueda continuar, mi vista se va hacia el mando de la televisión.

Se lo lanzo con todo mi odio queriendo romperle la cabeza mientras con una mano me agarro la manta para no quedarme expuesta.

Él, con agilidad, lo esquiva. Luego lo intento con el vaso que me trajo con agua.

Vuelve a evadirlo. El cristal estalla en la pared de enfrente haciéndose añicos.

Andrea, o Ciro o como se llame, avanza con decisión hasta mí, ya no tiene la misma calma que antes. Ahora tiene el ceño fruncido, su expresión y actitud han cambiado por completo. Abre un poco el cristal de la ventana que tiene a centímetros y tira el cigarrillo.

Antes de que llegue a mí, observo su pistola. ¿De verdad podría hacerlo? Nunca he cogido un arma, no sé utilizarla, pero supongo que no hace falta mucho para saber. Solo es apretar el gatillo, ¿no? ¿Sería capaz? ¿Lo odio tanto como para matarlo de verdad? Yo… quería…

Mis ojos se llenan de lágrimas. Me duele que él sea quién me haya fallado. De verdad pensaba en apostarlo todo por nosotros aunque me jugase la vida. Yo, que siempre me he caracterizado por mi lealtad y mi fidelidad hacia La Camorra, y estaba dispuesta a echarlo todo por la borda por él.

Claro que se merece el puto tiro. Me inclino hacia la mesa con rapidez, pero él me intercepta antes de llegar. Alargo la mano, pero me retiene contra la pared alejando mi objetivo de mí.

—No dejaré que te hagas daño —afirma rozándome los labios con los suyos—. Te enseñaré a utilizarla si quieres, pero no permitiré que la cojas sin saber usarla.

Me revuelvo. Quiero apartarlo. Obligo a mis músculos a trabajar haciendo acopio de toda mi fuerza.

—¡No me toques! —grito fuera de mí, encolerizada.

—No quieres matarme de verdad. Lo sabes. Solo es el dolor hablando por ti —declara con la respiración agitada—. Sé que dentro de ti sabes que yo soy real, que me importas. Y que esto no significa nada, solo un cambio de nombre. Mi corazón sigue siendo tuyo. Siempre lo será.

—Eres el enemigo. No debes estar aquí. Si lo supieran… —hablo con la voz rota y lágrimas resbalando por la mejilla. Mi mente solo busca excusas para alejarlo de mi corazón.

—Me jugaría la vida las veces que hiciera falta para estar a tu lado.

Me expondría ante todos si eso significa una vida contigo —susurra con voz ronca contra mis labios—.

Joder, Cara, me tienes obsesionado. Desde que te conocí he dejado mis negocios de lado porque solo busco la forma de verte, aunque tenga que recorrerme todos los días seis horas de ida y vuelta de coche solo para diez minutos.

Su declaración parece tan real. Quiero creerlo, todo mi interior quiere hacerlo. Pero también tengo miedo de darle una oportunidad y que me la juegue. ¿Y si esto es solo parte de su manipulación? ¿Y si soy una simple ficha dentro de su juego?

—No puedo creerte —sollozo.

En su expresión puedo notar cómo su interior se rompe. Sus ojos se apagan, la mandíbula se le tensa y contiene la respiración como si estuviera asimilando mis palabras.

—Tendré que demostrártelo —sentencia con la voz ronca de dolor.

Entonces, de repente, su boca cae sobre la mía con una necesidad nacida del miedo.

No me besa como la otra vez, no me está provocando ni jugando con mis labios.

Su respiración es temblorosa. Agarra mis mejillas con las manos para apretarme más contra él.

Su intensidad me expresa toda la desesperación que posee.

—¿Esto te parece mentira? —jadea en un susurro—. Siempre serás tú. Desde que entraste en mi vida ya no habrá hueco para nadie más en ella. Te pertenezco, Cara, igual que tú a mí. Haz conmigo lo que quieras. Soy tuyo.

Dejo de respirar. Mi pecho arde. Me vuelve a besar acallando todas mis dudas, haciéndolas desaparecer sin esfuerzo.

Él me ha dado el poder de tener su corazón, y eso derrite todas mis barreras.

Nunca había sentido esto. No ahora, sino desde que comenzó nuestro encuentro.

Por todo, sus acciones, sus palabras, su actitud.

En medio del beso, entiendo que dejaría que me rompiera el corazón todas las veces que hiciera falta solo por cómo me hace sentir.

Estoy enamorándome del jodido Don de La Cosa Nostra.

Mierda.

—Dime que me crees. Dilo. Si no, soy capaz de ir ese maldito club y liarme a tiros aunque me cueste la vida, Cara.

Si tengo que demostrarte que me importas matando a toda la puta Camorra lo haré.

Aunque no salga vivo de ello —propone con desesperación en su tono—.

¿Ves esto? —Señala la venda de su costado—.

Me reconocieron en La Nonna. Renato me persiguió con sus hombres para darme caza y casi no salgo vivo.

¿Y sabes qué? Lo volvería a repetir una y otra vez.

Aunque no me hables y me frustre. Aunque me odies. Porque lo que yo siento es de verdad.

Mi cuerpo tiembla ante sus palabras. Su urgencia de demostrarme sus sentimientos me abruma.

Puedo ser una tonta por volver a creerle.

Puedo estar cometiendo el mayor error de mi vida.

Pero solo de pensar que va a ir a club y exponer su vida al peligro por mí hace que mi corazón se pare en seco y sienta un terror irrefrenable de perderlo.

—Te creo —sentencio con seguridad.

Lo has conseguido.

Soy tuya.