Lobo (Mafia Italiana 2) CUARENTA Y UNO
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CUARENTA Y UNO

CARA

C iro me lleva a paso militar por el pasillo.

Sí que parece que tiene ganas de desquitarse conmigo.

Me muerdo la lengua para no formar un escándalo aquí fuera ante la vista de todos.

Miel está entrando con un cliente unas puertas más allá, él le coge del culo con fuerza y le muerde el cuello mientras ella abre la puerta.

Al entrar en nuestra habitación habitual, hincho los pulmones de aire y me preparo para decirle todo lo que pienso.

Antes de que yo pueda decir una sola palabra, Ciro me tapa la boca con una mano y pega mi espalda al yeso más cercano.

La otra mano la pone en mi espalda, pegando su pecho al mío con ansia.

—Antes de que saques la española que llevas dentro, déjame explicarte —susurra con su rostro muy cerca de mí.

Su expresión ha cambiado, ya no parece el hombre frío y despiadado de antes—.

Si queremos que no sospechen de nuestra relación, tengo que actuar así.

Odio este lugar, odio a Rina. No quería venir.

Iba a esperarte en tu casa, pero solo de pensar que te estaban mirando otros tíos, me ponía enfermo.

Roza su nariz con la mía en un gesto lleno de dulzura y desesperación. Lo empujo para poner espacio entre los dos. Necesito pensar, y con él tan cerca no puedo. Me nubla el juicio.

—No parecía eso cuando te estabas insinuando a Rina —escupo furiosa—. En realidad, no sé nada de ti. No sé si tienes esposa, hijos… y yo soy tu distracción o “juguete”. No sé si todo lo que me dices es real. No sé…

Me calla invadiendo mi boca con la suya en un beso desesperado.

Tiene diecinueve años por lo poco que sé sobre él, y vive en algún lugar cerca de Roma, con su hermana pequeña, hermano y madre.

También lo acompaña en todo momento un lobo, pero lo dudo; no creo que tenga amaestrado a un animal tan salvaje.

Eso dicen de él en esta mafia. Esa información la saben todas mis compañeras.

Pero quitando eso, no sé nada más. No sé ni siquiera si todo eso es real.

Puede ser que tenga a su mujer esperando en casa y esa información no haya llegado al enemigo.

Agarra mis nalgas con las dos manos y me atrae hacia él con un ansia viva. Pongo las manos en su pecho para separarlo, pero no lo consigo. Le doy un pequeño mordisco en el labio inferior con toda la rabia que tengo.

—Joder, cara mia —maldice soltándome.

Le suelto un guantazo en su mejilla izquierda. El sonido retumba en toda la habitación. De su labio cae un hilillo de sangre. Entrecierro los ojos, dejando ver la ira que tengo acumulada.

—¿Cada vez que nos separemos vas a tener estos celos?

¿Estas dudas? ¿Es que no tienes suficiente con todo lo que hablamos?

¿Con todo lo que te he demostrado? —espeta guardando toda su ira—.

Me encanta que seas tan posesiva, Cara, Dios sabe lo dura que me la pones al comportarte así.

—Se chupa su labio de forma muy sexy —. Pero lo que no permitiré es que creas que lo nuestro no es real.

Me dijiste que confiabas en mí, que me creías.

—Pues ahora no estoy segura —refiero en tono enfadado.

Por un momento pienso en mis acciones, en lo atrevida que estoy siendo.

Si esto lo hiciera con cualquier otro, ya estaría muerta.

Pero con él es distinto, no siento que tenga que cohibirme ni sobrevivir.

Él siempre me ha dado esa seguridad para actuar como me ha dado la gana.

Nunca me ha dado ninguna advertencia ni nada por el estilo.

Y eso me hace creer que quizá estoy siendo demasiado paranoica.

Soy yo la insegura, la que tiene un problema.

Al fin y a cabo, solo he aprendido a sobrevivir, no a sentir. Y ahora me doy cuenta de ello.

—Está bien. Cuando te pones así, es imposible hablar contigo. Mira que lo intento —dispone en tono decepcionado—. La batalla campal que formamos en tu casa no podemos permitírnosla aquí, así que será mejor que me vaya.

Se gira para irse, pero antes de que pueda alejarse le agarro el brazo.

Él me lanza una mirada interrogativa. Frunzo los labios sin saber qué decir.

No quiero que se vaya. Me gusta estar con él.

Ya aprenderé a manejar mis inseguridades, mis emociones.

Espero hacerlo antes de que él se harte de mí por mis comportamientos inmaduros.

—No me dejes sola —murmuro en un hilo de voz con mucha vergüenza.

Ciro niega con la cabeza, pero más allá de verlo enfadado lo que veo es una sonrisilla aparecer en su rostro.

—Ven aquí —me llama en tono dulce abriendo los brazos—. Pienso aguantarte toda la vida, cara mia . TODA. LA. VIDA.

Sus bíceps musculosos me rodean el cuerpo, haciéndome sentir protegida, querida. Me transmite con él toda su calidez y ternura. Aleja todas las dudas. Abraza todos mis miedos. Me desarma por completo. Mi armadura se esfuma, dejando paso a un cariño incondicional.

Suspiro dejando salir toda la tensión acumulada.

Su perfume me llega y cierro los ojos disfrutando del momento. ¡Ay, lobito! He caído en tus garras y soy yo la que no quiero que me sueltes.