TREINTA Y CUATRO
LOBO
E lla me deja un hueco a su espalda poniéndose al borde.
Me siento tan eufórico de que me haya pedido que me quedara que el dolor de la herida queda en un segundo plano.
Me quito la camisa y la dejo sobre el respaldo.
Desabrocho el cinturón, también lo dejo a un lado.
Después me bajo los pantalones quedándome en calzoncillos.
No permitiré que haya ropa por medio cuando se trata de nosotros dos.
No faltaré a mi palabra. Le dije que no pretendía tener sexo, pero solo hasta que ella esté bien o preparada.
Porque en lo que a ella se refiere, todo mi cuerpo se ahoga en la necesidad de tenerla.
De poseerla.
De devorarla.
Y de adorarla.
Hago el mínimo esfuerzo posible para no hacer fuerza con el abdomen al tumbarme. Me costó una charlita del doctor Mattia. Menos mal que pude escondérselo a mi madre. Solo de pensar en la mirada reprobatoria de Sofía Barone, mis músculos se tensan. Mi madre siempre ganará las batallas. Siempre.
—Estás muy caliente —pronuncia Cara al acercar mi pecho a su espalda.
Paso el brazo por debajo de su cabeza y atraigo más su cuerpo hacia mí. No quiero dejar ni una molécula entre nuestra piel. Menos mal que el lado que queda sobre el sofá es el bueno. Hasta el destino aprueba nuestra relación, porque no para de ponerme facilidades.
—Ni te lo imaginas —bromeo.
—Hablaba sobre la temperatura, no sobre…, bueno… es que… no sé si me explico —balbucea. Su cuerpo se ha tensado un poco.
—Tranquila, sé que te pongo nerviosa —murmuro en su oído.
Ahogo una risa. Ella lanza el codo hacia atrás para golpearme. Me da justo en la herida. Suelto un quejido de dolor aguantando el daño que me ha hecho.
—Ay, perdona. —Se gira con rapidez. Con los ojos abiertos me toca el costado con cariño—. ¿Se te ha abierto de nuevo? Por Dios, qué tonta soy.
Inhalo y exhalo controlando el dolor. Solo por su preocupación merece mi perdón.
—No digas eso nunca más. No eres tonta. Un poco torpe sí, tonta no —arremeto para seguir bromeando y que deje de estar inquieta por el gesto.
Vuelve a lanzar la mano para pegarme, pero se la freno con la mía siendo más rápido. Entrelazo nuestras manos. Me las llevo a la boca y le beso los nudillos con lentitud, clavando mi mirada en la suya.
— Cara mia —murmuro en tono provocativo—, duerme. Lo necesitas, y yo necesito que estés bien.
Su rostro refleja placer. Entiendo que esté así al ser atendida de esta forma. No me imagino por todo lo que habrá pasado. Nuestros labios están muy cerca, tanto que puedo notar su aliento.
Recuerdo que Elio me está esperando abajo. Mierda.
—Tengo que mandar un mensaje —expongo incorporándome un poco para llegar a la mesita donde dejé el móvil.
Echo el torso sobre el de Cara para escribir con una mano. Ella se mueve dejando su cuerpo hacia arriba. Su respiración choca contra mi cuello. Sentirla tan cerca hace que mi polla se endurezca de forma involuntaria. Termino de escribir.
“Vete a casa, me quedo a dormir con ella. Mañana me recoges”.
Suelto el móvil con urgencia. Giro el rostro y rozo mis labios con los suyos. Joder. Me vuelve loco. Me está costando horrores controlarme y no follármela ahora mismo. Me fuerzo a volver a mi posición de antes. De nuevo, la acerco todo lo que puedo.
—No te imaginas la fuerza de voluntad que tengo cuando se trata de ti —digo en un hilo de voz al verla tan tranquila sobre mis brazos.
Escucho su respiración profunda. Se ha quedado dormida.
Conmigo.
No lo haría si no se sintiera segura, y eso es lo único que pretendo. Que vea que no hay nada mejor que estar conmigo porque es lo que tendrá que soportar toda la vida.
No pienso soltarla.
Es mía.
Ya lo entenderá.