TREINTA Y TRES
CARA
M e pone nerviosa que Marcel me dedique todo este tiempo esa mirada inquisidora.
De vez en cuando sus ojos se van a mi cuello amoratado.
Evito dirigir la vista hacia él. Vuelvo a ojear el reloj de pared.
Se hace muy tarde. Hoy no vendrá Andrea.
Me lo imaginaba por lo de ayer, porque supongo que tendrá que tener reposo para que se cure esa herida.
Ayer entró Rina echa un huracán por la habitación al poco de irse Andrea.
Yo me estaba limpiando la sangre en la ducha del cuarto de baño.
Se asomó y al verme llena del líquido carmesí, su sonrisa se hizo grande.
Percibí satisfacción por su parte. Eso quiere, que suframos, que nos humillen y nos peguen.
—Enhorabuena —dijo, y se marchó llevándose todos los billetes.
Al salir comentó que se quedaba con todo por mi mal comportamiento de los días anteriores. ¿Y quién soy yo para rebatirle? Tuve que callarme y largarme a casa cuanto antes.
En realidad, ahora mismo el dinero es lo que menos me importa.
No dejo de pensar en lo que sucedió, cómo me sentí.
Mi corazón late deprisa cada vez que lo recuerda.
Es la primera vez que he sentido placer con la polla de un tío, y no ha hecho falta tocarme el clítoris como hago en casa.
No sabía que eso podía pasar, que podías correrte con solo la penetración.
Vuelvo a sentir cómo entraba en mí, llenando cada rincón de mi ser, cómo me llenaba de su líquido cuando llegó al éxtasis. Dios, me empapo al imaginarlo.
¡Cielo santo! Me cuesta tragar el sorbo del vaso solo de pensarlo.
Pongo el vodka en la barra ejerciendo mucha fuerza.
Marcel se da cuenta y vuelve a mirarme. Se acerca con lentitud, pendiente de los movimientos de Rina.
Ya he llamado la atención del camarero lo suficiente para que vuelva a sacarme conversación y, si soy sincera, es lo que menos quiero en estos momentos.
—¿Fue demasiado brusco Andrea ayer contigo? —pregunta con disimulo recogiendo una parte cercana a mí.
—No —contesto seca.
¿Por qué es tan entrometido? Debería ceñirse a su trabajo y punto.
—¿Estás bien? —insiste.
No. No lo estoy. Me ahogo solo de pensar que me gusta un tío que está casado, que me gusta tanto que me tiro día y noche pensando en él.
Solo quiero que sepas que me pondría en peligro las veces que hiciera falta solo por tener unos minutos contigo , me dijo.
Mi corazón dejó de latir en ese momento.
Ahí me confirmó que no es alguien de La Camorra buscando un fallo mío.
Es solo un tío que se ha obsesionado conmigo, pero no es justo.
Está engañando a su familia. Los demás solo vienen a follar y van escogiendo mujeres distintas porque no les importan.
Pero a Andrea se le nota el trato especial que tiene conmigo por la cantidad obscena de dinero que deja, por las órdenes de que nadie me toque y por la forma en que me trata.
Y yo todo lo veo mal porque siento que no puedo frenar mi corazón.
Se está volviendo cada vez más imprescindible para mí.
Mírame, no ha venido hoy y debería de estar alegre porque no tengo que acostarme con él, pero me muero de inquietud y preocupación por saber si está bien.
Echo de menos su voz, sus caricias, su mirada única.
Aguanto el nudo en el pecho. Tengo tantos sentimientos que estoy abrumada.
—Estoy bien —respondo al fin a Marcel.
En esas dos palabras resumo mi estado de confusión. No debo mostrar mis sentimientos, y menos a un desconocido.
—Si necesitas hablar, aquí estoy. No todo el mundo es como piensas. Solo necesitas saber diferenciar quién sí y quién no. —Me guiña un ojo antes de volver a sus quehaceres.
¿Qué significa eso? Si estás aquí es porque algún trato tienes con la mafia y eso quiere decir que perteneces a ella. No hay nadie que esté en el círculo de la familia que no sea propiedad de ella. La Camorra te consume, te transforma y te escupe siendo la persona que ellos quieren.
Niego con la cabeza dando el último trago. Veo a Rina acercarse a paso firme y rápido.
—Axa, vete a casa. Hay varios clientes interesados en ti. No dejan de observarte y si sigues aquí sin cliente, no podré aguantarlos mucho más —afirma inquieta—. Le prometí exclusividad al señor Ricci, y eso haré —añade.
Guardo una sonrisa de satisfacción. Está protegiéndome hasta en la lejanía. Mi estómago da un vuelco solo de pensarlo. Esos detalles me llevan más a la locura.
—Vamos, rápido. —Me coge del brazo de forma brusca para que me levante del taburete—. Vete por detrás, que no vean que te he enviado a casa.
Reacciono y me pongo en marcha. Ella se acomoda el cabello, yergue la espalda y emprende el camino de vuelta como si no sintiera inquietud alguna. Una verdadera mentirosa y farsante.
La noche cerrada cae sobre mí. Solo tengo ganas de llegar a casa y acurrucarme en mi sofá a lamentarme de mis decisiones.
Y no debería hacerlo. Nunca en el pasado he actuado de esta forma tan destructiva.
Nunca me he permitido venirme abajo. Estar alerta es lo que me ha mantenido con vida, y ahora mi vida se ha descontrolado.
Mi mente confundida lucha por buscar una solución. Tengo que enmendarla. Como sea.
Al abrir la puerta de casa, me duele tanto la cabeza que tengo que fruncir el ceño para fijar la vista en la cerradura.
Ya me dolía antes de salir, y por lo que veo el alcohol ha aumentado la dolencia.
Al entrar, lo primero que hago es descalzarme.
Caminar en tacones teniendo la mente tan embotada no es seguro.
Dejo la luz apagada para no forzar la retina.
Al pasar por el salón, percibo una silueta en el sofá.
Oh, Dios mío.
Mi corazón se acelera. ¿Habrá sido enviado para matarme?
Pero ¿qué he hecho ahora? ¿Será que Andrea no era de fiar?
Este es mi fin. Salir corriendo no es una opción.
Si es un asesino experto, antes de que yo llegue a la puerta ya me habrá quitado la vida.
Podría pedirle ayuda al vigilante, pero ¿quién me garantiza que me estará de mi parte?
Quizás haya recibido órdenes de dejarlo pasar.
Mi sangre se hiela, rezo al cielo para salir ilesa de esta situación.
Este no puede ser mi final. No quiero morir.
Mi pecho late tan fuerte que amaga con salirse.
—Hola, cara mia —escucho esa voz que tanto conozco en la oscuridad.
Como por arte de magia, mi pulso se calma, y eso que no sé si sigue siendo una amenaza o no. Pero me tranquiliza lo justo para que pueda al fin mover mis extremidades. Levanto la mano para encender la luz.
Al pulsar el interruptor, me encuentro a Andrea tumbado de forma cómoda.
Su posición no es de estar alerta ni da la impresión de que suponga una amenaza.
Más bien parece que esta es su casa en vez de en la mía.
Tiene los zapatos quitados, la chaqueta, también y la camisa remangada por los antebrazos, que los tiene cruzados detrás de la cabeza.
Mi vista se va hacia la pistola que descansa sobre la mesilla baja que queda a su mano. Él ve que la miro y supongo que me nota preocupada por lo que me dice a continuación.
—Espero no haberte asustado. —Se levanta rápido con las manos en alto—. No pienses ni por un segundo que yo te haría daño —finaliza con un quejido.
Se habrá hecho daño en el costado. La adrenalina va desapareciendo de mi cuerpo dando poder al dolor de cabeza. Me martillea más que antes. Por inercia, me toco la frente y cierro los ojos.
—¿Te encuentras bien? —su tono transmite preocupación.
A pesar del dolor, cuando finaliza la pregunta ha llegado hasta mí y me acerca hacia su pecho poniendo las manos en mi espalda.
—¡Me cago en mi puta madre! Claro que me has acojonado, imbécil —vocifero en español.
Lo empujo con los restos de la adrenalina que me quedan en el cuerpo.
Se queda pensativo unos segundos. Creo que me ha entendido, porque levanta la comisura de su boca levemente. Me presiono las sienes para ver si se alivia un poco.
—Perdona, no era mi intención —asegura en tono divertido—. ¿Te duele la cabeza? —cambia el tono.
Asiento con los ojos cerrados. Me están entrando náuseas del dolor tan fuerte y no puedo ni hablar.
—Espera, relájate —me pide con amabilidad.
Pasa sus brazos por detrás de mis rodillas. Me levanta, pegándome hacia su pecho. No puedo revolverme. Me duele demasiado. Tampoco es que quiera, la verdad.
Mi corazón bombea ahora de forma diferente. Su olor me llega y casi entro otra vez en éxtasis. Me deja en el sofá con una delicadeza que me desarma. ¿Por qué tiene que tratarme así? ¿Por qué mi corazón no entiende que esto no está bien?
Me acaricia la mejilla con dedos ásperos, pero su efecto en mí es lo contrario, casi me derrito por su suavidad hacia mí.
Entonces, se va de mi lado. Odio tenerlo tan presente y me odio más cuando, siguiendo con los ojos cerrados, percibo que ha vuelto sin ni siquiera tocarme.
—Necesito que te incorpores un poco para que te tomes este analgésico —pide.
¿Cómo sabe dónde tengo las medicinas? Eso me hace meditar sobre ello.
Ha estado más veces en mi casa y yo sin saberlo.
Ya pensaré en ello. De momento, hago lo que me pide.
Me trago la pastilla junto con un poco de agua que me da en un vaso.
Que por cierto, sabe hasta dónde está mi vajilla.
¿Qué más sabrá de mí? Supongo que visto lo visto, todo.
Sin abrir los ojos, porque estoy mareada, percibo que él me está desabrochando el nudo del abrigo.
¿Quiere sexo? Me es imposible ahora mismo.
No puedo moverme, pero no sé si pararlo porque tampoco sé si le sentará mal y me castigará.
Me recuerdo que yo soy una simple marioneta y que me debo en todo momento a la mafia.
No quisiera que me mataran por ello. Rina me aseguró que yo elegiría a mis clientes y que yo tenía el poder, pero esa afirmación siempre es relativa.
Habiendo pagado Andrea cantidades indecentes por mí, yo ya no tengo poder de decisión, soy íntegramente de él.
Aun así, cuando noto cómo la tela me deja al descubierto el abdomen, sin poder remediarlo le freno su mano interponiendo la mía.
—No voy a hacerte nada, cara mia . Solo quiero quitarte el abrigo para taparte y que estés cómoda —afirma en tono divertido.
Ese modo de hablarme también me revolotea en el estómago.
Nadie me había hablado así. Solo me dan órdenes—.
Además, cuando te haga el amor, quiero que estés en plenas facultades para que sientas cómo tu mundo soy yo, cómo puedes llegar a tocar el cielo solo conmigo.
Y la próxima vez, no seré tan suave —dictamina dejando una promesa firme.
Mi cuerpo se tensa hasta el punto de aparecer un escalofrío que me recorre por cada poro de la piel. Pero no por miedo, por puro placer.
Dejo que controle mi cuerpo. Apoya mi cabeza en su antebrazo, noto en mi nuca sus músculos. Me quita con dulzura la prenda. Apenas siento la desnudez porque en segundos ya tengo la manta puesta sobre mi cuerpo.
Entonces, noto sus labios sobre mi frente. Ese beso tan protector me vuelve a dejar sin palabras. Me abruma tanta atención. Parece un sueño. Mi realidad no es esta.
—Te dejo descansar. Pensaba hablar un poco contigo, pero no estás en condiciones. Hasta mañana.
Sus dedos vuelven a rozarme la mejilla.
Madre del amor hermoso…
Debería dejarlo ir. Esto no está bien. No debería entrar nadie en casa, y mucho menos tratarme así. Estoy sobrepasando muchos límites.
—Por favor, quédate. —Lanzo la mano al aire buscando su piel. Mis ojos siguen cerrados.
No contesta. Por un segundo dejo de respirar esperando escuchar la puerta cerrarse.
Pero no.
Retira la manta para acurrucarse conmigo en este espacio tan pequeño, como si fuéramos una pareja, como si no viviéramos por y para la mafia.
Por mucho que me cueste aceptarlo, babeo por este hombre.
Y mi corazón se ha rendido por completo ante él.